
Crecer en los años 90 suele asociarse con una infancia más libre, juegos en la calle y menos pantallas. Sin embargo, un análisis reciente difundido por medios internacionales y basado en conceptos de psicología del desarrollo sostiene que esa independencia tan recordada no siempre nació de una crianza mejor, sino de una realidad más dura: muchos chicos debieron arreglarse solos desde temprana edad .
El enfoque fue retomado por especialistas al analizar cómo el contexto familiar puede influir en la capacidad de resolver problemas y gestionar emociones sin ayuda constante.
Los resultados mostraron que los niños que crecieron en los años 90 , por lo general con padres más tiempo fuera de casa , menos supervisión cotidiana y mayores responsabilidades domésticas , tendían a desarrollar más autonomía emocional que generaciones criadas bajo un control más intensivo desde edades tempranas.
Una revisión y análisis de investigaciones previas sobre estilos de crianza, autonomía infantil y desarrollo emocional , citadas por especialistas en psicología evolutiva explica sobre la llamada “generación latchkey”, chicos que pasaban más tiempo solos en casa por trabajo de sus padres, desarrolló ciertas habilidades por adaptación al contexto.
Este concepto fue estudiado durante décadas en sociología y psicología infantil para describir a chicos que debían resolver tareas cotidianas sin supervisión adulta constante.
Los investigadores analizaron distintos estudios y observaciones vinculadas al desarrollo emocional infantil y a los estilos de crianza en la vida cotidiana.
El objetivo fue evaluar si el entorno familiar en el que crecen los niños puede relacionarse con su capacidad para manejar emociones, frustraciones y conflictos diarios. Los resultados indicaron que los chicos que tuvieron que enfrentar pequeños problemas por sí solos con mayor frecuencia solían desarrollar habilidades de autonomía emocional.
Es decir, tenían mayor capacidad para entretenerse por sí mismos, resolver conflictos cotidianos o regular sus emociones sin depender de la intervención inmediata de un adulto.
Los especialistas explican que la infancia es una etapa clave para desarrollar habilidades emocionales y sociales.
Cuando los chicos enfrentan pequeños desafíos cotidianos, discuten con amigos, se equivocan o deben buscar soluciones propias, pueden aprender a tolerar la frustración, tomar decisiones y manejar sus emociones.
Además, los entornos con menor intervención constante suelen fomentar la creatividad , la iniciativa personal y las relaciones sociales más espontáneas .
Por este motivo, los investigadores señalan que el estilo de crianza puede influir de forma directa en la forma en que los niños desarrollan su independencia emocional. Pero remarcan que en muchos casos no fue una estrategia educativa consciente, sino una consecuencia de jornadas laborales extensas, crisis económicas o menor disponibilidad de tiempo adulto.
El análisis también destaca que la autonomía emocional depende de múltiples factores vinculados al entorno familiar, social y educativo. Entre ellos se encuentran:
Según los especialistas, promover estos aspectos puede contribuir a un desarrollo emocional más sólido durante la infancia.
Los investigadores concluyeron que, aunque el acompañamiento adulto sigue siendo fundamental, ofrecer espacios donde los niños puedan explorar, equivocarse y resolver situaciones por sí mismos podría favorecer habilidades clave para la vida adulta. También remarcaron que idealizar el pasado puede ocultar que muchas veces esa independencia surgió por necesidad y no por elección.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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