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Eligió el deber antes que el deseo y perdió al amor de su vida: 19 años después, la encontró en el mismo lugar


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Hay historias de amor que no empiezan con un beso, ni con una promesa, ni siquiera con una palabra. Empiezan con una sensación: el famoso flechazo . Esa certeza inexplicable que se instala en el cuerpo como si siempre hubiera estado ahí. Porque hay personas con las que el cuerpo respira distinto . Definitivamente.

En 2006, Buenos Aires no estaba quieta, más bien atravesada por una tensión constante, sacudida por hechos que parecían sacados de una novela y por cambios que alteraban la vida cotidiana . Ese año ocurrió el célebre robo al Banco Río de Acassuso, una granizada feroz castigó techos y parabrisas en pleno invierno y, hacia octubre, fumar en espacios cerrados dejó de ser una costumbre permitida. Mientras todo eso sucedía, Carlos llegaba a la Capital desde otra ciudad por razones laborales: un curso de un año vinculado a su trabajo en la Armada Argentina. Nacido en General Pico, La Pampa, hacía años que vivía con la valija a medio desarmar, instalado por tiempo prestado, contando los meses, sabiendo que su estadía tenía fecha de vencimiento .

Ana, oriunda de Ciudad Evita, trabajaba en el mismo edificio, aunque en otra área. Se cruzaban en los pasillos, en el ascensor, en esos saludos breves que no prometen nada… hasta que lo dan todo .

El flechazo no fue cinematográfico. No hubo música de fondo ni frases memorables. Fue sutil y, por eso mismo, profundo: una mirada que se detuvo un segundo de más, una conversación que dejó una vibración rara en el pecho , la sensación —tan antigua como el amor— de reconocer a alguien sin saber de dónde. “La primera vez que la vi estaba con su ambo azul. Me impactó su hermoso pelo castaño oscuro, su preciosa piel, su nariz que parece tallada, su simpatía ”, enumera recorriendo su propio rostro como si fuera el de Ana, y remata con fuerza: “ Me enamoré instantáneamente de ella ”.

Para Ana, la vida no era simple. A sus 36 años, estaba terminando una relación y tenía un hijo de apenas un año: un bebé frágil por quien organizaba el mundo alrededor de sus horarios y necesidades . Y Carlos, de 33 años, también cargaba su propia historia: estaba divorciado desde 2004 y era padre de una nena que entonces tenía siete años y ocupaba el centro de su vida .

Luego de meses de cruzarse por los pasillos, lograron concretar una verdadera cita. Se encontraron en un café en la esquina de Avenida Corrientes y Panamá , cerca de su trabajo. “El mismo bar donde nos reencontramos 19 años después”, se apura en spoilear. Y aunque ambos venían con trayectoria, reconocen que ese momento fue incomparable. Porque hay sensaciones, que aunque repetidas, son únicas: “La primera vez que nos besamos fue como el beso con tu primer amor: nervios, alegría, todo junto. Y mirá que ya habíamos tenido relaciones anteriores cada uno. Fue mágico y hermoso ”, asegura con emoción.

Empezaron a verse en septiembre de 2006. Al principio sin etiquetas, sin apuros. Luego, con una intensidad que los sorprendió a ambos. “Después de eso no podíamos vivir sin vernos. Era puro amor ”.

Sucede que cuando alguien se entrega, dos almas se encuentran: “Yo venía herido por mi separación, pero Ana me enseñó a amar de nuevo. Tal es así que siempre le decía que un minuto antes de morir me iba a acordar de ella e iba a recordarla como quien me enseñó lo que es el amor ”, se desnuda Carlos en su ansia por descubrir lo que significa Ana en su vida. Y sí, la ternura es revolucionaria. “Esta historia siempre la conté a mis posteriores parejas, para que sepan esa parte mía”, remata intentando aclarar que todo lo que pudo haber pasado entre “la primera y la segunda temporada de Ana”, fue relleno.

Lo suyo creció en silencio. En el trabajo nadie de su entorno podía confirmarlo, pero todos lo intuían . “Quizás sospechaban pero no nos vieron juntos”, cuenta con picardía. Ellos jamás lo blanquearon. Se encontraban a escondidas, compartían risas contenidas, mensajes discretos, pequeños rituales robados al horario laboral. El secreto los unía. Les gustaba esa burbuja invisible que habían construido dentro de un mundo lleno de normas .

La familia de Ana, en cambio, sí conoció a Carlos. Lo recibió con calidez, con esa sabiduría silenciosa de quienes entienden que algunas historias no necesitan explicaciones. Entre ellos se armó un vínculo genuino, simple, verdadero .

Carlos y Ana se enamoraron profundamente. De ese amor que no hace ruido, pero cala hondo. De ese amor que no promete eternidades, pero se siente invencible. “Fueron cuatro meses de amor intenso”, revela soñando despierto con el pasado, y pronuncia una frase que, puede sonar trillada pero en él, cobra todo el sentido: “ Cada vez que estábamos juntos era tocar el cielo con las manos ”.

Una notificación. Un traslado laboral. Bahía Blanca. El sur de la provincia de Buenos Aires.

Carlos quedó devastado . Podía seguir en Capital. Tenía argumentos, tenía un amor que lo sostenía. Pero en Bahía Blanca estaba su hija, todavía pequeña, viviendo con su madre. Una nena que necesitaba a su papá cerca, presente, disponible. Tenía que elegir.

No fue una elección heroica. Fue una elección dolorosa, silenciosa, adulta. “No crezcas, es una trampa”, le habían dicho alguna vez, pero é l todavía sólo podía escuchar a la razón .

En diciembre de 2006 se fue con el corazón roto, dejando atrás un amor que no había terminado, pero tampoco podía continuar. “Imaginate la tristeza terrible que tenía”, aporta con un gesto marchito.

No hubo reproches. No hubo escenas. Sólo esa amargura seca que dejan las decisiones correctas cuando duelen demasiado. Simplemente se dejaron de ver. Como si olvidarnos fuera solamente dejar de vernos .

Y la vida, que nunca pregunta si uno está listo .

Ambos decidieron mirar ahí donde sucede la vida: adelante. Tuvieron otras relaciones. Algunas felices, otras truncas. Personas que pasaron, intentos de construir algo nuevo, aprendizajes. El nombre del otro quedó guardado en algún rincón de la memoria, como una foto que no se mira todos los días, pero tampoco se tira .

En marzo de 2025, Carlos volvió a ser enviado por la Armada a Buenos Aires. La ciudad lo recibió distinta, pero algo en él continuaba buscando lo mismo . Por razones laborales regresó al edificio donde Ana trabajaba. Fue a verla. Preguntó por ella. Ese día no estaba. “Sentí pena porque realmente quería verla. Vi a casi todos los conocidos de la época en que estuve en 2006, después de charlar les dije que por favor le dieran mis saludos a Ana, pero ella me dijo que nadie le comentó nada”, relata él con el diario del lunes.

No volvió. El trabajo lo llevó por otros caminos. Pero la idea de ese reencuentro inconcluso quedó flotando, como una puerta que se abre y se cierra demasiado rápido.

En mayo hizo otro intento. Le pidió a un muchacho conocido que trabajaba con Ana que le pasara su número . El mensaje nunca llegó. “Tal vez se olvidó”, pensó. Tal vez no era el momento. Tal vez el destino, caprichoso, todavía estaba acomodando las piezas . “Me hizo acordar a la película Loco por Mary, cuando Ben Stiller le dice al detective que le pase el contacto de Mary”, comenta Carlos divertido y agrega entre risas: “¡ La vida es una comedia !”

Carlos siguió con su vida. Pensó que quizás Ana estaba casada, en pareja, feliz. No quiso invadir . Aceptó la idea de que algunas historias sólo existen para enseñarnos algo.

Hasta que apareció una señal mínima .

La prenda tenía una marca particular que a Carlos le llamó la atención . “No tenía marca, digamos que era genérica, una chomba color azul. Pero el detalle es que tenía el logo del ancla de la Armada Argentina en el pecho del lado izquierdo y sobre la manga izquierda una pequeña bandera argentina”, detalla Carlos con entusiasmo, y aclara: “Como mi amigo no pertenece a la Marina, me causó curiosidad dónde la consiguió ”. Entonces preguntó de dónde había salido. Y ahí fue que todo volvió a comenzar …

Ese fue el instante exacto en que el pasado y el presente se tocaron .

La fecha quedó grabada: 28 de septiembre de 2025.

Carlos pidió su número. Le escribió con una excusa simple, casi ingenua. Ana respondió. La sorpresa fue mutua. La alegría, inmediata. Quedaron para tomar un café y “ponerse al día” , como si diecinueve años fueran apenas un paréntesis .

Cuando se vieron, ocurrió lo imposible. Ana estaba ahí. No igual en lo físico, sino en lo esencial. En la mirada, en la risa, en esa forma única de habitar el mundo. El flechazo volvió a ser instantáneo, como si nunca se hubiera ido . “Es difícil ponerlo en palabras”, admite Carlos.

Como si la vida hubiera cerrado un círculo con una precisión poética .

“Mi plan original cuando vine a Capital era estar dos años, retirarme y volver a Bahía Blanca o radicarme en algún lugar de Argentina”, introduce. Hoy, Carlos y Ana ya no se esconden . Construyen un proyecto de vida juntos. Comparten charlas largas, caminatas, silencios cómodos. Se eligen sin miedo, con la gratitud de quienes saben que el amor verdadero no siempre llega rápido, pero cuando llega, llega para quedarse . “Ahora, quiero terminar mi servicio en Capital y acompañar a Ana lo que me quede de vida”.

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Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.


Fuente: TN


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