A la Copa del Mundo 2026 todavía le quedan un par de semanas para determinar un campeón, pero ya hay un continente que puede declararse ganador de una contienda histórica: la de ser considerado el tercero en discordia entre los históricamente dominantes sudamericanos y europeos. En este Mundial, y por primera vez, existió una diferencia sustancial entre el rendimiento y los resultados a favor de las selecciones africanas en relación con las asiáticas , rompiendo la paridad que se extendía casi desde el principio de los tiempos.
“El futuro del fútbol está en África” , sostenía en los años 70 Carlos Bilardo y lo que está ocurriendo en el torneo norteamericano parece refrendar su vaticinio, aunque una mirada más a fondo puede encontrar motivos como para matizar aquella afirmación.
Los números son claros. Desde 2002 hasta 2022, 7 representantes de cada continente lograron superar la etapa de grupos y uno de cada uno de ellos pudieron alcanzar las semifinales (Corea del Sur en 2022 y Marruecos en 2022), aunque ya en ese lapso otros dos equipos africanos habían conseguido llegar hasta cuartos de final (Senegal en 2002 y Ghana en 2010), un anticipo casi imperceptible de lo que se estaba gestando. Mucho más lejos habían quedado la victoria de Corea del Norte sobre Italia que le permitió acceder a cuartos de final en 1966, y el sorpresivo avance de Camerún a esa misma fase en 1990.
Este año la distancia se estiró de manera súbita. África clasificó a 9 de sus 10 selecciones para los 16avos de final , 5 como segundas de sus respectivos grupos y 4 como una de las 8 mejores terceras. Por el contrario, la performance de los 8 combinados asiáticos participantes (Australia, si bien juega las eliminatorias dentro de la Confederación de Asia, ni geográfica ni culturalmente puede ser considerado como integrante de ese continente) fue exactamente inversa: Japón fue el único en pasar a la etapa de playoff , en tanto los otros 7 cayeron eliminados de manera prematura, 5 de ellos luego de quedar últimos en sus zonas.
El detalle de rendimiento permite ver aún con más claridad la ventaja que tomó África. Hasta la fecha, sus equipos disputaron 40 partidos, con 11 triunfos, 12 empates, 17 derrotas, 52 goles a favor y 57 en contra (los tunecinos “contribuyeron” con 12). Por su parte, los de Asia jugaron 25 partidos, con 8 empates, 15 traspiés, 2 módicas victorias (Corea del Sur ante República Checa y el 4-0 de Japón a Túnez), 22 tantos a favor y nada menos que 66 en contra. En enfrentamientos directos la tendencia fue la misma: 4 veces ganaron los africanos, 1 los asiáticos y se registraron 2 empates.
El estudio de las razones que expliquen semejante diferencia seguramente llevará más tiempo, pero en principio se aprecian algunas muy evidentes, como el decidido apoyo económico que la FIFA ha ofrecido al fútbol africano en los años recientes , mayor que el que ha derivado rumbo a Asia, y todo lo que deriva de las masivas migraciones hacia Europa, un fenómeno que se viene produciendo desde hace varias décadas.
En octubre del año pasado, Gianni Infantino señaló que desde 2016 la entidad que preside le otorgó más de 1000 millones de dólares a la Confederación Africana, cifra que trepará hasta 1280 millones cuando termine 2026. Lo hizo en el marco de FIFA Forward, un programa destinado a potenciar el desarrollo del fútbol en zonas con serias dificultades económicas. A través de ese medio, se financiaron 144 proyectos de infraestructura, se construyó de un centenar de nuevos campos de juego, se pusieron en marcha competiciones que no existían y se sufragaron los costos operativos de las selecciones nacionales masculinas y femeninas de muchos países.
La cifra supera lo invertido en Asia , donde el número de proyectos fue menor (96) y los apoyos se volcaron en países donde el fútbol apenas ha comenzado a cuajar, como Bután, Kirguistán, Omán o Singapur, o para empujar el impulso de otros donde recién va tomando impulso. Tal fue el caso de Jordania , que pudo edificar el centro Al Karameh como sede de entrenamiento de su selección; y de Uzbekistán , que recibió 9,9 millones de dólares para potenciar a su combinado nacional. “Es el país que lidera el desarrollo del fútbol en Asia Central gracias a esta financiación , y es fantástico comprobar cómo este esfuerzo se refleja en resultados positivos en el juego”, sostuvo en un reciente congreso Sanjeevan Balasingam, director regional de la FIFA para Asia y Oceanía.
Pero el dinero recibido no es una explicación suficiente para comprender lo que ha estado ocurriendo con las selecciones que representan a África en el Mundial. El dato clave es el volumen de emigrantes que el conjunto de países del continente lleva expulsando hacia Europa desde que comenzaron los procesos de descolonización luego de la Segunda Guerra Mundial, y que las sucesivas guerras y crisis económicas han ido aumentando de manera casi constante.
Según los cálculos de la Unión Europea, 47,5 millones de personas que habitan los países miembros (10,4% del total) nacieron en el extranjero, con Marruecos liderando con holgura la tabla de los lugares de procedencia , y otras naciones como Argelia, Túnez, Nigeria o Senegal ocupando puestos por delante de cualquier país asiático. La cifra, además, no tiene en cuenta los muchos millones que sí son nativos europeos y pertenecen a la segunda o tercera generación de emigrantes.
En 2021, la FIFA modificó la regla del “derecho de sangre” ( ius sanguinis ), ampliando a quienes hayan nacido en el extranjero las posibilidades de competir defendiendo la camiseta original de sus padres o abuelos, y los países africanos son los principales beneficiados. Las decenas de miles de descendientes del sur del mar Mediterráneo que realizan su formación futbolística en los clubes de Francia, España, Alemania, Inglaterra, Italia, Países Bajos y Bélgica integran un gigantesco semillero que empieza a dar sus frutos.
En este Mundial, 69 de los 289 jugadores “extranjeros” (Nicolás Paz, por ejemplo) integran selecciones que nominalmente son africanas , pero que cuentan en sus filas con un porcentaje de jugadores nacidos y criados en Europa más alto que el de los nativos del propio país.
Esta facilidad no se da entre las naciones asiáticas en general , y mucho menos en las que han intervenido en el actual torneo. El mayor caudal de emigrantes de Asia a Europa, que es donde se concentran las principales academias, proviene de sitios donde el fútbol todavía no se ha convertido en un fenómeno cultural de masas. Chinos, hindúes, bangladeshíes, pakistaníes y en los últimos años sirios e iraquíes componen el grueso de esa población.
En cambio, los descendientes de japoneses, coreanos, iraníes o de alguno de los países del Golfo que son habituales protagonistas de los grandes certámenes son una minoría. En esta oportunidad, Jens Castrop , lateral izquierdo alemán de madre coreana, fue el único nativo europeo convocado por una selección de Asia.
A estas cuestiones se le añaden aspectos culturales que también deben ser tenidos en cuenta. Como bien señalaba Bilardo, “en África todavía se juega en la calle”. Esta pasión por el fútbol continúa siendo el pan de cada día, así como el sueño de salvación económica, para los jóvenes del continente con mayores índices de pobreza y precariedad del planeta. En Asia, sólo en las últimas décadas algunos pueblos, los que suelen ganar las eliminatorias para jugar mundiales, empezaron a compartir esa identificación con el fútbol, aunque la relación sigue estando lejos de la que existe en Argentina, Brasil, Inglaterra, Italia, Alemania o España, por poner algunos ejemplos.
Japón ya se planteó este tema como un problema a solucionar, y desde 2005 trabaja en planes de difusión masiva del fútbol en edades infantiles. Pretenden que sea la punta del ovillo que lo transforme en pasión nacional e impulse el surgimiento de cracks para aspirar a pelear un título de campeón en el futuro.
El proceso, sin embargo, será necesariamente lento. “Los japoneses entendieron que para vencer a los gigantes no basta con chispazos de talento; se necesita una ejecución técnica perfecta y una disciplina inquebrantable. Su fútbol es una escuela de orden donde el sistema potencia cada movimiento individual. Su mentalidad es precisión pura, un equipo donde todos entienden su rol y sostienen el plan táctico sin fisuras”, analiza Alex Fábregas, egresado de la Universidad del FC Barcelona y coach de futbolistas. Durante el Mundial de 2002, el neerlandés Guus Hiddink, que dirigía a la selección de Corea del Sur que obtuvo el cuarto puesto, señalaba que “lo más difícil de mi trabajo es conseguir que en el momento de tomar ciertas decisiones mis jugadores improvisen, olvidándose de las órdenes tácticas” . En otras palabras, los que lideran el fútbol asiático aún necesitan incorporarle potrero a su obediencia natural.
El concepto es exactamente opuesto al que ha frenado durante décadas el progreso de las selecciones africanas en los grandes torneos, siempre criticadas por su falta de concentración y orden dentro de la cancha, un déficit que se va corrigiendo, aunque todavía no del todo. Las derrotas sufridas por varios de los equipos del continente en los minutos finales de los partidos (Costa de Marfil con Alemania y Noruega; RD Congo frente a Inglaterra, Sudáfrica contra Canadá y, sobre todo, Senegal en 16avos de final contra Bélgica), pueden deberse a errores técnicos individuales, distracciones colectivas, algún discutible fallo arbitral o, por supuesto, virtudes de sus rivales, pero la repetición de esa circunstancia invita a suponer que puede no tratarse de una casualidad.
Norteamérica 2026 ha abierto un nuevo horizonte. África ha dado muestras suficientes de sus condiciones para competir de igual a igual con las potencias históricas del fútbol. Sólo le falta un paso para comenzar a ganar también los partidos importantes. Por lo pronto, ya estableció una distancia llamativa con un fútbol asiático al cual, según lo visto, le queda mucho más camino por recorrer para acercarse a la élite.
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Fuente:
La Nación
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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