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La psicología dice que quienes se disculpan todo el tiempo por cosas que no son su culpa no sólo son educadas


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¿Te encontraste alguna vez pidiendo disculpas por algo que no fue tu culpa? ¿O conocés a alguien que vive diciendo “perdón” hasta por preguntar la hora? Aunque desde afuera puede parecer solo una muestra de buena educación o empatía, la psicología advierte que detrás de las disculpas constantes suele haber mucho más que amabilidad .

Según especialistas, el hábito de pedir perdón por todo puede ser una respuesta automática aprendida en la infancia , en especial en personas que crecieron en ambientes donde había tensión, miedo al conflicto o la sensación de tener que cuidar el ánimo de los demás.

El psicoterapeuta estadounidense Pete Walker definió este mecanismo como “fawn response” o respuesta de apaciguamiento : una tendencia a complacer y calmar a los demás para evitar enojos o rechazos. Con el tiempo, esa reacción se vuelve tan automática que la persona entra en “modo prevención” y pide perdón casi sin darse cuenta.

Un estudio de la investigadora japonesa Masako Kageyama , publicado en la revista Healthcare, fue más allá: los adultos que de chicos tuvieron que cuidar emocionalmente a padres con problemas de salud mental mostraron niveles de angustia tres veces más altos que quienes no pasaron por esa situación.

Aunque socialmente se confunda con educación o sensibilidad, vivir pendiente de no incomodar a los demás puede generar agotamiento emocional, ansiedad y dificultad para expresar necesidades propias . La persona deja de actuar con espontaneidad y empieza a priorizar siempre la reacción ajena antes que su propio bienestar.

Frases como “perdón por molestar”, “perdón por preguntar” o “perdón por tardar” aparecen incluso cuando no hay ningún error real. Con el tiempo, esto puede afectar la autoestima y la capacidad de poner límites.

Los especialistas insisten: dejar de pedir perdón por todo no significa volverse indiferente o menos empático . Al contrario, se trata de aprender a distinguir entre la empatía saludable y la culpa que no corresponde.

Reaprender a poner límites emocionales y a no cargar con responsabilidades ajenas es un proceso que lleva tiempo, pero es clave para recuperar la espontaneidad y el bienestar propio.


Fuente: TN


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GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo