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Creó una ONG para ayudar a chicos enfermos y tiene como inesperado padrino a Francis Mallmann


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Una mañana de un día de 1997, el doctor Horacio Aziz (71) atendió a un paciente con su familia en su consultorio del área de trasplante hepático del Argerich. Le mandó, como era de rigor, a hacerse una serie de estudios. Siguió atendiendo pacientes, hasta que a la tarde salió del hospital de La Boca y se fue a buscar el auto que había dejado estacionado a un par de cuadras.

Y ahí se encontró a la familia. En el Parque Lezama.

—¿Yo no los vi hoy a la mañana? —les preguntó el médico.

—Sí, pero no tenemos donde estar —le respondieron.

Casi 30 años después, Aziz recuerda el momento con Clarín y la voz se le quiebra por primera vez, como va a suceder más de una vez a lo largo de la charla. “No sabés cómo me impactó, una tristeza profunda en el corazón. Me di cuenta de que todo el esfuerzo que se hace en la salud pública, queda diluido frente a las necesidades humanas esenciales : un baño, una cama, un plato de comida caliente, un lugar donde estar cobijado”, se diluyen sus palabras a medida que reflexiona.

Ese momento cambió su vida . Tomó la decisión de que había que construir un hogar para los pacientes que venían del interior a recibir un trasplante hepático, y que no tenían recursos para alojarse en el tiempo que lleva todo el proceso, tanto los estudios y consultas previas como en la internación previa y posterior a la intervención. Mandó una carta al Gobierno nacional diciendo que necesitaba una ayuda: no económica, sino un lugar .

Al tiempo tuvo respuesta: le ofrecieron un edificio de 4.200 m2 que había pertenecido a Líneas Marítimas Argentinas, una empresa naviera estatal que se desarmó durante el menemismo. “ Estaba completamente abandonado . Me dijeron que me lo podían dar en comodato, pero yo me tenía que hacer cargo de todo, incluidas las deudas del edificio. No tenía luz, ni agua, ni nada: eran sólo galpones donde arreglaban los motores de los barcos”, describe Aziz.

Pero al revés de desmoronarse, que es lo que podría haberle sucedido a cualquiera, el médico asegura que sintió “mucho alivio en mi corazón” . “Tengo un lugar. Ahora todo depende de la convicción que le quiera poner”, pensó.

Y la convicción que le puso fue mucha. Golpeó montones de puertas y fue logrando la ayuda económica de empresas y personas para conseguir los materiales y el trabajo necesario para la remodelación. Fueron cinco años, hasta que logró inaugurar la sede de la Fundación Argentina de Trasplante Hepático (FATH) .

“Ahora tengo 120 camas en 45 habitaciones, todas con baño privado, no como elemento de lujo sino como sostén de la dignidad , de lo que uno pretende para uno y sus seres queridos”, se enorgullece.

Pero no es solo eso. Hay muchos intangibles que no se miden en camas. Por ejemplo, el consultorio odontológico, el soporte escolar para los chicos y la alfabetización para los adultos. “Muchos papás aprendieron a leer y escribir transitando una quimio o un trasplante de sus hijos” , apunta.

Aziz no lleva la cuenta de cuántos pacientes y sus familias han pasado por la fundación. Sí explica que lo que en un comienzo estuvo pensado sólo para quienes recibieron un hígado, terminó ampliándose a todo tipo de pacientes “del interior, como decimos acá en Buenos Aires” que deben afrontar un tratamiento complejo y no cuentan con los recursos de alojamiento . “Jamás le dije que no a nadie. Los que me requieren vienen y vemos cómo se acomoda”, dice.

En 2013, la Legislatura porteña nombró a Aziz personalidad destacada de la Ciudad en el ámbito social. “No tengo ya mamá ni papá para que sientan orgullo, pero me posibilitó seguir logrando donaciones para la fundación”, sonríe.

Pero hace una década, sucedió algo clave para el doctor y su trabajo . Consiguió un padrino, un embajador, casi inesperado de la tarea titánica que hace desde ese rincón de La Boca: Francis Mallmann .

“Hacía mucho que quería dar con él para pedirle que hiciera una comida para recaudar fondos con los que solventar los gastos de estos pacientes con necesidades muy importantes, pero nunca pude llegar a él. Hasta que un día, yo estaba en el aeropuerto de Bariloche, volviendo de dar una charla médica. Y lo veo, rodeado de tanta gente, que me dio vergüenza molestarlo. Pero en un momento, le da un beso a una bebé que estaba en brazos de una señora. Me acerco a la señora, le doy una tarjeta mía y le pregunto si puede llegar a él para ayudarme. ‘¿Cómo no voy a llegar?’”, me respondió. La señora era Vanina Chimeno, pareja del cocinero , y la bebé era su hija Heloisa.

Aziz le agradece profundamente a Vanina (“Ella no me conocía y creyó, y uno en la vida tiene que creer para poder ver ”) porque a los pocos días, la secretaria de Francis lo llamó y el chef organizó la primera cena dentro de la fundación en 2014. Desde entonces, todos los años Mallmann contribuye con su talento solidariamente para ayudar a la FATH. El último sábado, estuvo cocinando para casi cien personas en el restaurante El Mercado del Faena Buenos Aires; con el hotel como aliado, ya es la cuarta edición de estas cenas en Puerto Madero, donde el año pasado había llevado a cocinar a dos bodegones míticos de La Boca, El Obrero y Don Carlos , también completamente a beneficio.

“Vanina sintió que había un mensaje muy lindo y muy fuerte en lo que Horacio quería y me lo recordó una semana: ‘¿Lo llamaste? ¿Lo llamaste?’. Hasta que lo llamé, hablé con él y empezamos a pensar qué se podía hacer. Y a lo largo de los años hemos ido creciendo para que ellos puedan recaudar fondos y subsistir ”, repasa Mallmann.

También rememora con cariño las cenas en la fundación desde 2014, cocinando en un salón y una parrilla que tienen en la sede de La Boca. Hicieron ya una decena, y pasar a un restaurante como El Mercado les permitió no sólo mejorar la recaudación sino también darle mayor visibilidad para el trabajo de la fundación. No es un padrino “formal” (y de hecho hace varias cenas de recaudación al año para ayudar a otras obras solidarias), pero Mallmann reconoce un afecto por la FAHT.

“ Es una obra muy linda . Pensar en los niños... Un niño que viene del interior a operarse y tiene un lugar donde dormir con sus padres hasta que el médico le dice ‘Podés volverte’”, dice Francis y rescata la persistencia de Aziz para sostener la fundación en momentos muy difíciles.

Mallmann cuenta que viaja mucho y que está solo dos noches al mes en Buenos Aires. Y el doctor revela que cuando el chef "viene a La Boca, toca el timbre y pasa . Me pregunta como estamos, qué planes tenemos. Nos acompaña siempre de la mejor manera. Es un ser adorable, más allá de lo profesional. El respeto que nos tiene, cómo valora nuestro trabajo. Me da vergüenza cuando habla de mi persona, de cómo se hizo esto de de la nada, que trabajo honestamente y mostrando que siempre todo es para los demás”.

Reconocido hepatólogo , que integró por años el área de trasplante del Italiano (donde se hizo el primer trasplante hepático del país en 1988) y la del Argerich (donde fundó el programa de trasplante hepático del hospital en 1994), Aziz mide sus logros de una manera inusual. “ El amor de la gente es lo que me embelleció la vida . Uno siempre llega a la conclusión de que recibe más amor del que fue capaz de dar”, afirma.

En su lista de agradecimientos también están las nueve personas que trabajan en la fundación, en particular “las seis chicas de maestranza por quienes tengo una gratitud infernal, son las madres que cuidan a los chicos”. Y por supuesto, Cecilia --su esposa pediatra que se jubiló hace poquito en el Gutiérrez-- “que me acompañó estos 29 años en este trabajo que nos sigue quitando el sueño como cuando éramos jóvenes ”, y a sus tres hijos, Javier, Mariana y Julieta.

La fundación asiste a más de 600 personas al mes y Horacio asegura que ayudar a los más necesitados “le dio un sentido a mi vida más allá del ejercicio profesional. Aprendí lo que no te enseñan y fue muy importante para mi visión del mundo”.

Tiene enorme cantidad de historias, pero elige no contabilizarlas: “ El amor no es un fenómeno cuantitativo . Todos los días uno hace el esfuerzo para que nadie se quede afuera. Porque sigue otro, y uno no es nada sin el otro”.

Sí busca, más en su corazón que en su memoria, una para compartir con Clarín , tomado completamente por la emoción.

“Cuando buscaba el lugar para hacer realidad el sueño de la fundación, atendí a un chico que había necesitado un trasplante por una hepatitis fulminante y trabajaba en un aserradero de madera dura del Chaco. Pasaba el tiempo, y no encontraba nada. Y él me mandó una tabla de madera tallada a mano con el nombre de la Fundación Argentina de Trasplante Hepático. ‘Estoy contento porque ya tenemos la fundación’, me dijo. ‘Ahora busqué usted donde colgarla’ . Hace poco vino a visitarme con sus dos hijos, y le di un abrazo”, relata. Por supuesto, en la pared, estaba la tabla.

Editora de la sección Sociedad.


Fuente: Clarín


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