Todo empezó con una detención, un error y una escena casi
absurda. Pero lo que siguió fue una historia tan intensa como imposible:
Esmeralda y Cristian se eligieron sin tocarse… y todavía no saben cómo afrontar
este amor prohibido.
¿Cuántas veces escuchamos el famoso “yo no buscaba nada”?
Pero como enseñó Freud, el “no” viene a negar aquello que en el inconsciente
deseamos con fervor.
Esmeralda tenía una vida armada. Un matrimonio de más de
quince años, cuatro hijos, una rutina estable. “Yo no buscaba nada”, dice
pisando el palito. Había aprendido a moverse en el mundo de las energías, de lo
espiritual, de lo invisible. Creía en lo que no se ve. Pero no creía —“ni por
un segundo”— que algo así pudiera pasarle. Jamás le había sido infiel a su
marido. “Ni siquiera con el pensamiento”. Hasta ese día.
Todo empezó en el invierno de 2022, una semana después de su
cumpleaños. “Estaba acompañando a mi marido a vender una moto. Íbamos
discutiendo re mal y yo empecé a sentir algo raro, cada vez que siento eso en
el estómago algo termina pasando”. Su esposo había comprado el vehículo por las
redes para revenderlo, sin saber que era robado. Hubo denuncia, operativo,
golpes, detención. De pronto, su vida quedó atravesada por un entorno
desconocido.
Una vez en la comisaría, Esmeralda esperaba sentada en el
piso de lo que llaman “el buzón”, una celda improvisada donde el tiempo se
vuelve espeso. Afuera todo era ruido; adentro, una especie de suspensión. Pensaba
en sus hijos, en su marido, en lo que vendría. Cuando levantó la vista, en
medio del caos, apareció él: Cristian, el jefe de calle.
Apoyado contra una pared, mirando el celular. Jeans, remera
azul con la placa que anunciaba “Policía”, el cuerpo firme, la presencia
imposible de ignorar. Alto, rubio, ojos verdes. “Lo primero que pensé fue: qué
lindo poli”, se sincera efusiva.
En medio de la tensión, hubo algo más. El “poli” fue el
único que se acercó a preguntarle si estaba bien, si había tomado agua, si
necesitaba algo. Mientras todo alrededor era hostil, ese hombre le transmitió
algo inesperado: calma. “Me dio paz y seguridad. Y al mismo tiempo, no entendía
nada. Era amor y odio por la situación. En ese momento fue el único de todos
los que estaban ahí que estaba preocupado por mis hijos y que me den agua, que
me hidrate. Me preguntaba si estaba bien.
“¡Sentí mucha protección!”, recuerda como quien habla del
instante mágico. Esmeralda sintió –y siente cada vez con más ardor– una mezcla
de sensaciones: por un lado estaba deslumbrada por algo que ni ella entendía.
“Jamás había mirado a otra persona en mis 16 años de casados, y que me pasara
algo así”, dice todavía anonadada de su propia novela. “Fue un momento
angustiante, horrible… pero cuando lo vi, fue como si algo se encendiera.
Pensé: no puede ser que exista un policía tan lindo”. No era solo físico. Era
otra cosa. Algo inmediato, inexplicable.
Ella tenía 40. Él, 27. Durante los días en que su marido
estuvo detenido, Esmeralda iba a la comisaría a llevarle comida. Y ahí empezó
algo mínimo: miradas, saludos, pequeños gestos. Cristian no era un hombre
amable. Más bien lo contrario. Callado, seco, distante. Pero con ella era
distinto. “Se acercaba, me hablaba, me preguntaba cómo estaba”.
Esmeralda estaba completamente sola. Sus padres estaban de
viaje, sus hermanos vivían en el exterior, y de golpe tenía que sostener todo:
cuatro hijos, abogados, trámites, pánico. “No entendía nada de ese mundo. Iba
todos los días a la comisaría y me sentía desbordada”. Y en esa película de
terror, Cristian volvía a aparecer. ¿A rescatarla?
A la semana, cuando Esmeralda fue a retirar unas
pertenencias, pasó algo que le quedó grabado en el cuerpo. “Me agarró fuerte de
la cintura. Muy fuerte. Me fui… pero es el día de hoy que todavía tengo esa
sensación”, dice mientras se abraza a sí misma. Fue un gesto mínimo, casi
invisible para cualquiera que estuviera mirando. Pero para ella fue un quiebre
hermoso.
Nada más pasó. O eso creyeron. La causa se cerró. La vida
fluyó. Hasta que un día, cuando Esmeralda fue a retirar su camioneta que
permanecía secuestrada, Cristian le pidió el teléfono. “Por cualquier cosa”.
No era por cualquier cosa. Nada es por cualquier cosa. Al
principio fueron mensajes sueltos. Distantes. Dos personas que sabían que había
una línea que no se debía cruzar. Pero esa raya empezó a correrse. “Las
conversaciones siempre las inicia él. Un ‘hola’, un audio… y ya sabemos todo
del otro”, cuenta Esmeralda cambiando sutilmente al tiempo verbal, dando a
entender que este romance sigue más vigente que nunca. Desde aquel entonces, se
escriben todo el día. Borran mensajes. Se esconden. Vuelven a escribir. “Es el
primer mensaje del día. El último. Todo”. Él la tiene agendada como “Rubí”. “Dice
que soy algo que quiere cuidar. Que no quiere que se rompa”. Ella lo tenía
agendado con el nombre de su mejor amiga; ahora directamente no lo tiene
agendado: “Tengo un marido muy celoso y controlador”.
En cierta oportunidad, una excusa absurda —una denuncia por
una obra en su casa— hizo que la policía volviera a tocarle la puerta. Y aunque
él ya no trabajaba en esa zona, de algún modo, estuvo ahí. Ese día, ella le
escribió.
Así, hablaron durante semanas que se hicieron meses. Sin
verse. Todo virtual: “Chats que atravesaban las pantallas”. Hasta que en enero
de 2023 quedaron en encontrarse por primera vez. La cita tenía lugar a cinco
cuadras de la casa de Esmeralda. Cristian la esperaba en su camioneta. Le llevó
un chocolate Milka. “Me dio tanta ternura…”, expresa con lágrimas de emoción.
Hablaron diez minutos. Nada más. Pero antes de que ella se bajara, él avanzó.
El beso fue breve. Suficiente. “Sentí que se detuvo el tiempo. Me fui como
pisando nubes”, tararea como una adolescente. Diez minutos después, él le
escribió: “Todavía estoy saboreando ese beso”.
Ahí algo cambió. Porque el hombre que al principio le había
dicho que solo buscaba sexo… empezaba a mostrarse distinto. Para ella, además,
había algo más profundo en juego. Hacía dieciséis años que besaba la misma
boca. “Fue redescubrirme como mujer. Como si algo en mí se despertara de
golpe”. Él venía de relaciones vacías. Ella, de años de una vida estable. Y sin
embargo, en ese intercambio, algo se profundizó. “Él estaba acostumbrado a otra
cosa, a vínculos superficiales. Y conmigo se empezó a abrir. Yo también. Y ahí
nos perdimos”.
Fue ahí cuando empezó a entender lo que le pasaba: “A mi
marido lo amé mucho. Incondicionalmente. Di todo, incluso después de
infidelidades. Siempre fui la que toleraba, la que perdonaba, la que sostenía.
Hasta que algo se apagó”. Hoy lo siente como un compañero de cuarto. Nada más.
“Adentro mío hay un vacío. No sé si lo amo. Lo que siento por Cristian es tan
fuerte que me desordena todo”.
Al principio se veían poco. Una vez por semana, a veces cada
quince días. “Si hubiera sido por él, todos los días”. Los encuentros eran
breves, improvisados, casi anónimos. Siempre en el auto de Cristian. Nunca fue
un vínculo fácil. Nunca un café. Nunca un lugar público. “Todo era medio
bizarro”. No podían exponerse. Su marido lo conocía. Lo odiaba. Una vez incluso
se cruzaron. Ella estaba con su marido. Él apareció de frente. “Fue horrible.
Bajé la mirada. No pude ni saludarlo”, recuerda. Su marido lo miraba con una
mezcla de bronca y sospecha. Él, desde el otro lado, sostenía la escena en
silencio. “Me destrozó”, admite.
El vínculo creció en la clandestinidad. En los mensajes. En
los encuentros breves. En la tensión constante. Y sin embargo, hay algo que no
pasó. Nunca. “Nos enamoramos de una forma… adolescente. Hace cuatro años que
está enamorado de mí. Me dijo que lo vuelvo loco. Pero nunca estuvimos juntos”,
dice para explicar, con cierto pudor, que jamás tuvieron sexo. Ni una sola vez.
No por falta de deseo. Todo lo contrario. “Me encantaría que pase algo, poder
sentirlo, lo soñé mil veces. Y él me dice también que mil veces soñó conmigo”,
se desata Esmeralda. “Siento que di mucho y recibí muy poco en mi relación.
Desvalorización, maltrato. Y de repente apareció un hombre que me eleva
emocionalmente”.
Imagina ese encuentro, cómo será, pero enseguida la
persiguen los fantasmas: “Tengo miedo porque hace 16 años que solo estoy con la
misma persona. O sea, estuve con un montón de tipos antes, te soy sincera, pero
desde que me puse en pareja con mi marido no lo engañé nunca, no me llamó la
atención estar con nadie. Solo estaba con él”. Y finalmente se desnuda de un
modo casi literal: “Pensarme hoy en la intimidad con otra persona me moviliza
un montón. Tengo esos miedos de, ‘¿Y si estamos y no le gusto?’. Me veo gorda,
no soy gorda igual, pero es un raye mío, ¿me entendés? Tengo un montón de
inseguridades. Y es como que lo imagino mil veces, pero tampoco me animo a dar
ese paso. Y entiendo que a él le pasa lo mismo”. Dicen que en lo inconcluso
sobrevive la fantasía.
Sí hay besos largos, miradas cargadas, momentos al borde.
Pero siempre frenan. “Es como si supiéramos que después de eso no hay vuelta
atrás”. Con el tiempo, entendieron por qué. Miedo. Miedo a lo que vendría
después. A las decisiones que podrían tomar. A romper todo.
“Muchas veces pensé en separarme. Lo hablamos mil veces”,
cuenta. “Él me dice: ‘Compro un terreno, armamos una casa y nos vamos’”. Pero
no es tan simple. “Mi marido lo conoce. Su mujer me conoce. No hay forma de que
esto no explote”. Entonces aparece el miedo. “El problema nunca fue el ahora.
Es el después”.
Entre ellos la intimidad se llama compañía y conexión
profunda. Se consultan, se acompañan, se necesitan. “Lo conozco más que su
propia mujer. Y él a mí más que mi marido”. Pero el cuerpo quedó en pausa. Como
si fuera el único límite que todavía los protege. Creer que el alma necesita
del tacto para ser acariciada es soberbia.
“Cuando nos vemos, a veces nos ponemos tan nerviosos que ni
siquiera podemos hablar como cuando estamos por mensaje”, cuenta. “Él sonríe… y
yo no sé qué decir. Es como si todo lo que fluye en el chat, en persona se
trabara”.
En el medio, la vida continúa. El año pasado Cristian se
casó con su pareja. Esmeralda persiste con su marido. “Pero la nuestra es una
relación hermosa… aunque también es un desgarro constante”.
Hubo intentos de cortar. Bloqueos. Silencios. En agosto del
año pasado, ella no pudo más. “Sentía que no éramos nada”. Lo bloqueó.
Estuvieron casi cuatro meses sin hablar. Cristian no lo soportó. Pidió licencia
psiquiátrica. “Lo lastimé mucho”, reconoce con dolor.
El último diciembre, ella lo llamó. Él atendió. Y volvieron.
Siempre vuelven. Hay algo que los ata que no logran explicar. Un hilo invisible
que ni siquiera ella —que trabaja ayudando a otros a sanar— puede cortar.
“Escucho historias, acompaño procesos… pero lo mío no lo puedo manejar”. Y en
esa contradicción vive. Entre la certeza de un amor inmenso… y la imposibilidad
de hacerlo real.
Una vez, en medio de una discusión, él le dijo: “Decile a tu
marido que lo dejás por el policía que te detuvo”. Suena a película. Pero no lo
es. Es una historia detenida en el punto más incómodo: ese en el que todo
podría pasar… pero no pasa.
Hoy siguen hablando a diario. Hace meses que no se ven. Él
insiste. Quiere verla. Pero le puso una condición: que sea ella quien vaya.
Ella no cede. “Estamos en una lucha de egos”. ¿Qué es el amor sino dos egos que
se anulan con ternura? Y otra vez, el vínculo queda suspendido. Nadie avanza.
Nadie se va.
Cuatro años después, siguen ahí. Amándose. Evitándose.
Sosteniendo algo que no entra en ninguna categoría. Toda evasión confirma cuán
amenazador es aquello que se evita.
“Si hoy tuviera que elegir, lo elegiría a él”, asegura
Esmeralda. Un amor sin cuerpo. Un amor sin decisión. Un amor que, justamente
por eso, no termina nunca. Porque como le confesó Cristian: “Lo único que no
quiero es perderte”. ¿Pero a qué costo?
“Lo que más me duele de esta historia es sentir que conocí a
la persona que considero el amor de mi vida de la manera en que lo conocí y
haberme enamorado con la fuerza que me enamoré”, se desarma Esmeralda. Y
aagrega: “Lo más lindo que me dio es primero el valor como mujer porque me hizo
evolucionar en un montón de cosas y por otro lado el poder encontrar un amor
que es sano, que no te busca por lo sexual, ni por interés; te busca solamente
por lo que sos y te quiere tener ahí, más allá de todo. Que no te quiere
perder. Hoy me puedo morir tranquila porque lo más lindo que me dio es saber
que con Cristian conocí el amor verdadero”.
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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