No importa si hace frío, calor o llueve: una voz se oye, constante, firme y sonriente. “Buenos días”, dice Alicia, y con esas dos palabras logra algo que parece simple, pero no lo es tanto: cambiar el ánimo de todos los que pasan por la vereda de la avenida Rivadavia, en Caballito.
Alicia viaja desde Laferrere todos los días. Se levanta a las dos y media de la madrugada, desayuna unos mates rápidos y sale a tomar el colectivo. A las cinco y media ya está en la zona del Parque Rivadavia. Antes de empezar su jornada, camina varias vueltas a la manzana para “cargar energía positiva”. Después se instala y trabaja hasta la tarde.
Todos los que pasan por ahí la conocen y aseguran que ofrece mucho más que un pañuelito: “Mira a los ojos, te sonríe y te dice buenos días. Y es impresionante cómo todos los vecinos ya la conocemos. Se hizo parte del barrio”, cuenta Joaquín, que entrena en el gimnasio de la cuadra.
Saluda a los chicos que van al jardín, a los adolescentes que caminan rumbo al colegio y a los adultos que van a paso rápido hacia el trabajo. Todos reciben el saludo de Alicia . Y casi sin darse cuenta, volvieron a incorporar una costumbre que parecía olvidada por muchos: responden. “Aprendieron otra vez a decir buenos días” , dice ella, orgullosa.
Detrás de esa sonrisa, hay una historia de lucha. Alicia trabaja para sostener su tratamiento médico. Tiene una enfermedad crónica que requiere medicación diaria. Además, mantiene a su hija, que nació con hidrocefalia congénita y ya atravesó 18 cirugías.
A pesar de todo, no falta nunca; aunque las ventas varíen —a veces más, a veces menos—, hay algo que no cambia: el afecto que recibe.
“Yo me voy feliz por el cariño que me brindan. Eso no lo tenía en el bolsillo”, dice.
Quienes pasan a su lado coinciden: acercarse a Alicia es llevarse una sonrisa, una charla breve, una dosis de energía. “Te llevás un pañuelito, pero también una amiga y una fuerza enorme para vivir”, dice otra vecina.
Alicia explica que el cambio en los vecinos fue radical: de la desconfianza inicial a un vínculo genuino. “Hoy, muchos se acercan no solo a comprar, sino a ayudar, a preguntar cómo estoy, a ofrecer agua o algo para comer”.
Alicia no acepta. Ella se trae de su casa todo lo necesario para atravesar el día y no le gusta pedir ni que le regalen nada.
Con cada “buen día”, construyó algo más grande que un simple saludo: una red de afecto en medio de la rutina diaria. Un recordatorio de que, incluso en las jornadas más difíciles, un gesto mínimo puede hacer la diferencia.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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