En uno de los tramos más solitarios y ventosos de la Ruta Nacional 40, donde el paisaje se extiende sin límites y el silencio domina la escena, una cúpula metálica oxidada rompe la monotonía de la estepa. Allí, en el paraje La Leona, a unos 100 kilómetros de El Calafate, vive completamente solo un hombre de 35 años que decidió abandonar la vida urbana para instalarse en un observatorio astronómico abandonado desde hace décadas.
Ese hombre eligió una existencia extrema, lejos de las ciudades y del ritmo cotidiano que, según cuenta, lo había llevado a un límite personal. Creció en Puerto Deseado, pasó por distintas localidades patagónicas y llegó a un punto de quiebre marcado por la rutina: alquiler, servicios, trabajo y volver a empezar. Fue entonces cuando tomó una decisión radical. Aislarse del mundo y vivir con lo mínimo, en plena estepa santacruceña.
El observatorio, hoy deteriorado por el paso del tiempo y el clima hostil, se convirtió en su hogar. No hay comodidades. El agua del río cercano, de origen glacial, no es apta para el consumo diario, por lo que depende de bidones que traslada desde El Calafate o de la ayuda ocasional de viajeros que se detienen a observar la cúpula y terminan colaborando con provisiones.
Aun así, no está completamente desconectado. Una antena de internet satelital le permite mantener contacto con el exterior y paneles solares le brindan energía limitada para usar el celular algunas horas al día. Dos perros lo acompañan en la soledad. “Cuando estoy solo me conecto con el universo”, resume, convencido de que el silencio y la oscuridad son bienes que la vida moderna ha perdido.
Pero detrás del aislamiento hay un motivo más profundo. Su presencia en ese punto del desierto no es casual. Dice que su propósito es cuidar un legado familiar y, especialmente, la tumba de su tío, un referente mapuche que vivió durante años en esas tierras. Cuando supo que el lugar podía quedar completamente abandonado, decidió mudarse para resguardar ese espacio y mantener viva la memoria.
El sitio donde vive tiene también una historia singular. La cúpula formó parte de un ambicioso proyecto científico impulsado en las décadas de 1930 y 1940, cuando se planificó una estación astronómica destinada al estudio del cielo del hemisferio sur. Se construyeron edificios y se cedieron tierras para el desarrollo del observatorio, pero la falta de presupuesto y continuidad política hizo que el proyecto quedara inconcluso y finalmente fuera abandonado hacia los años 70.
Hoy, ese sueño científico truncado es un símbolo extraño de la Patagonia profunda: un observatorio sin telescopios, castigado por el viento y el frío, habitado por un solo hombre que eligió una vida austera, introspectiva y alejada de las reglas del mundo moderno.
Quienes pasan por la Ruta 40 suelen disminuir la velocidad, mirar con curiosidad la cúpula solitaria y preguntarse qué lleva a alguien a vivir allí. La respuesta no está en la postal ni en la excentricidad, sino en una búsqueda personal: romper con la lógica de trabajar más para tener menos y encontrar sentido en el silencio de la estepa.
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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