Durmió en la calle, trabajó en un circo y se jubiló como colectivero: La historia del hombre que emocionó a todos


“Ya extraño el colectivo, el recorrido y a mis compañero. No sé qué voy hacer”.

Sostuvo con una mezcla de pena y emoción en la voz Claudio Canario, el hombre que conmueve las redes por la despedida sorpresa que recibió el domingo 30 de mayo a minutos de terminar su ultimo recorrido al mando del interno 9 de la línea 109, en la pasó 24 años.

Durante la última vuelta fue escoltado por un auto que hacía sonar una sirena y llevaba globos rojos y un cartel en la parte trasera que decía: 

“Feliz jubilación, tío Canario”. 

En la esquina de Baigorria y Bermúdez, en Liniers, lo esperó su jefe para agradecerle los años de trabajo y al llegar a la terminal sus colegas y compañeros le tenían otro homenaje.

“Viví un día inolvidable, no me lo esperaba... (suspira) Perdón que me emocione, pero fue muy emotivo para mi por todo lo que hubo en medio de esta gran sorpresa”.

Dijo Canario.

“Claudio, ¿siempre adelantado? ¡Usted está suspendido de por vida! Usted no trabaja más en esta empresa”, finge enojo Adrián Pérez, el Presidente de la empresa, que quiso ser parte de un momento tan especial y remata: “¡Gracias por pertenecer!”.

Como puede, le responde: 

“¡Muchas gracias, Adrián! Yo estoy acá gracias a vos, no me lo olvido. Gracias por cumplir mi sueño, ¡gracias!”

 Y continuó su recorrido hasta Liniers donde algo más lo esperaba: sus colegas de la línea 39 llegaron con un choche antiguo y los de la línea 64 llevaron el histórico modelo de Mercedes Benz Eivar 1114, el primer modelo que el ahora jubilado manejó.

Reviviendo sus homenajes, dice que lo que más lo hizo emocionar fue que “el Presidente de la empresa me esperó en la ultima parada de la tercera vuelta para saludarme y hacer ese video que ya sé que lo están pasando en todos lados” y, dándose un tiempo para tomar aire, explica el porqué de sus lágrimas: “Adrián está de duelo. 

Hace unos días perdió al amigo que consideraba un hermano y que se haya tomado la molestia y el tiempo en este momento para hacer lo que hizo me llena de orgullo y emociona porque a él le debo todo. Es como digo en el video: cumplí mi sueño gracias a él”, reconoce sin impedir ahora que el llanto se apodere de sus emociones.


No es para menos. Claudio siempre soñó con manejar un colectivo de la línea 109 y lo logró porque Adrián Pérez se ocupó personalmente de que ingresara como chofer. Primero le tocó el turno de la tarde y en la última década hacía el recorrido de Liniers hasta Puerto Madero por las mañanas.

Su jornada comenzaba a las 7:00, pero él llegaba a la terminal de Liniers a las 5:30 para acondicionar la unidad y dar las tres vueltas. 

“Mi compañero me entregaba el colectivo impecable, pero a mi me gusta, me gustaba perfumarlo —corrige el tiempo verbal asumiendo que aquello ya es pasado—, abrir bien todas las ventanas y lustrarlo antes de empezar”.

Recordó aquella costumbre que tomó a los 21 años y que este lunes, estrenando jubilación, por primera vez no realizó.

No es el único que se emociona con este homenaje. Walter, uno de sus amigos y compañeros se quiebra al hablar de Claudio: 

“Es un fenómeno. Trabajé con él 14 años y ¿Qué decirte? Es un tipazo y se lo va a extrañar mucho, pero nos vamos a seguir viendo. Nos jubilamos juntos, a mi me tocó el viernes” 

Contó y explicó esa familiaridad: 

“La 109 tiene estas cosas poco comunes que es sentirnos como una familia de verdad. Nos cuidamos todos y los que se jubilan suelen venir a visitarnos porque extrañan mucho. Ya nos pasará lo mismo”.

La historia del hombre que cumplió los sueños de su niñez

No recuerda cómo ni cuándo, pero además de saber que desde siempre le gustó manejar, los colectivos le llamaban la atención. Será, quizás, porque su dura infancia tomaba un respiro cuando los choferes de la línea 88 lo llevaban a dar unas vueltas en los años que dormía en Plaza Miserere o porque miraba pasar las viejas unidades Mercedes Benz 1114 mientras barría las veredas y limpiaba las mesas de un bar que ya no existe en Liniers a cambio de unos pebetes.

Claudio nació en el Hospital Alvear y vivió con su madre en el Amparo Maternal de Núñez hasta los 5 años. Luego se mudaron a La Rioja, donde hizo el primer grado, y de regreso a Buenos Aires pasó por varias localidades. Detalló: 

“Viví en Lanús; en la casa de una tía, en Merlo; después en Moreno con mi papá; en la casa de un amigo; en Morón y en Villa Adelina; en la plaza de Once, dormí en los trenes del Sarmiento... Así andaba. Un poco más grandecito, me escondía en la Galería de Liniers para poder dormir bajo techo hasta que un día me descubrieron y me echaron”.

Esboza una risa de resignación y cuenta que luego trabajó limpiando en un circo que estaba sobre la Ruta N°3, en La Matanza. Allí cobró el primer dinero.

“En ese circo viví en un tráiler unos dos meses y me pagaban por semana. Con mi primer sueldo, a los 12 años, me compré un tarro grande de dulce de leche y lo comí todo, creo que hasta me empaché. Me gustaba tanto el dulce de leche que comprar ese tarro era en lo único que pensaba”.

 Recordó y con tristeza en su voz, agregó: 

“Fueron años que no quisiera recordar. No me gusta decir que no fui feliz, fueron tiempos difíciles”.

A los 21 años, por intermedio de la esposa de su padre, Claudio consiguió su primer empleo como chofer de colectivo. 

“Empecé en 1986 en la línea 327 de Paso del Rey. Yo vivía por ahí y me gustaba ser el chofer del barrio y llevar a los vecinos, o tocarles bocina cuando los veía caminando por la veredas”.

Revivió el primer tiempo en el trabajo que siempre soñó.

“Creo que me sentía importante conduciendo un colectivo porque, de alguna manera, por un rato me sentía como el conductor de todas esas personas a las que llevaba a su destino. Y siempre fue así porque para mi lo más importante era no solo manejar sino dar un servicio al pasajero y eso hice los últimos 10 años en la 109 porque me daba cuenta de que subían muchas mamás con sus hijitos para ir a los hospitales y que por no conocer la zona se bajaban después; entonces cantaba las paradas con tiempo para que se pudieran preparar y bajar bien”.

Señaló y lamentó que en este año y medio de pandemia se perdió bastante el contacto con los pasajeros.

Pero no todo fue color de rosas en su vida de chofer de colectivos. 

“En 1991, sufrí un robo terrible. Era pleno invierno y terminado el recorrido nocturno en un lugar muy oscuro (el cruce de Derqui) unos hombres que hicieron seña de parada, subieron y robaron. Nos sacaron todo: la recaudación, la plata a los pasajeros, nos dejaron sin ropas y se llevaron el colectivo. Nos dejaron tirados en medio de la nada, no sabíamos cómo hacer hasta que luego de un rato largo, por suerte alguien escuchó el pedido de ayuda y llamó a la policía”.

Sin querer quedarse con lo malo tras 35 años de buenas anécdotas, reconoce: 

“También hubo de las buenas y fue la mayoría de las veces. Como cuando los turistas me pedían permiso para sacar fotos al colectivo porque lo tenía lindo, con muchas cosas y todo eso les gustaba. También tuve pasajeros que se hicieron conocidos porque llevarlos todos los días a sus trabajos, otros que que me felicitaban por las atenciones o la manera de manejar, con todo eso me quiero quedar".

Admitió otra vez con la voz quebrada.

Pero la anécdota que más recuerda y desea compartir fue cuando ingresó a trabajar a la empresa que deseaba. 

“Siempre quise trabajar en la 109 y me convertí en un fanático de mi trabajo. Estando en otra empresa miraba estos colectivos con unas ganas (se ríe). Me encantaban por cómo se veían, todos eran nuevitos y tenía un amigo que trabajaba ahí y me hizo de puente”.

Resumió y contó que desde hacía mucho tiempo conocía a quien luego fue su jefe.

“Lo conocí un día que fue a la otra empresa y le llamó la atención la manera en que yo limpiaba mi unidad; me lo presentaron y hablamos un rato sobre los colectivos. Y cuando yo ya estaba en la 109 nos cruzamos en un festejo y me saludó. Él me reconoció y me dijo: ¿No te acordás de mi? Y la verdad que no me acordaba aunque le vi cara conocida y me recordó aquella tarde. Yo le hablé normal y me preguntó: ¿Vos sabés quién soy?, y me dijo su nombre. ¡No lo podía creer! Era el Presidente de la empresa”.

Recordó el momento en que supo que su ingreso a esa compañía se debió por aquella buena impresión que había causado tiempo atrás.

Claudio no sabe qué hará en su tiempo libre, aunque admite que no está acostumbrado a estar sin hacer nada. 

“Empieza una nueva etapa y hay que disfrutarla. Pasé muchas cosas arriba del colectivo. El contacto con la gente no siempre fue lindo, pero esto es lo que siempre amé. Después de tanta pasión, que nunca se va a jubilar, llegó la hora de descansar”.

Finalizó.




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