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Por qué la derrota de Trump no cambiará la política de América Latina

La aplastante victoria de los demócratas en las elecciones de medio término cambió el mapa político de Estados Unidos. Con un Partido Republicano en shock, que debe empezar a pensar en la sucesión en 2028, Trump queda en la incómoda posición de “pato rengo”, es decir, un presidente sin reelección que deberá gobernar sus dos últimos años sin el control de ninguna de las cámaras.

¿Cuánto incidirá este escenario en el margen de maniobra internacional de Trump? En materia comercial, la nueva Cámara podrá someter a escrutinio la política arancelaria, por ejemplo, intercediendo en la revisión del Tratado de Libre Comercio con México y Canadá (T-MEC), que Trump se niega a renovar.

Pero el cambio más significativo seguramente se produzca en Medio Oriente. Según las encuestas a boca de urna, tres de cada cuatro votantes señalaron la guerra con Irán como un factor importante de su voto y un 62% la consideró un error . En septiembre, un intento de poner fin a la ofensiva militar había fracasado en el Senado por apenas dos votos, una diferencia que la nueva mayoría en esa Cámara está en condiciones de revertir.

Otra consecuencia de la derrota es que puede reconfigurar la puja entre las facciones que se disputan la política exterior del trumpismo. Por un lado, está el grupo de los “primacistas”, quienes sostienen que Estados Unidos debe ejercer un liderazgo global y actuar como gendarme del orden internacional, con presencia militar en todos los frentes y alianzas firmes, entre ellas la de Israel. Marco Rubio, el senador Tom Cotton (el congresista más joven del país) o el periodista y escritor Mark Levin son algunos de sus referentes. El segundo grupo, conocido como restrainers, está en el núcleo duro del movimiento MAGA y tiene como figuras al vicepresidente JD Vance, al gurú de la alt-right Steve Bannon y al comunicador Tucker Carlson. Este sector plantea que Estados Unidos debe terminar con las guerras lejanas libradas por motivos ideológicos o civilizacionales y concentrar los recursos en la rivalidad con China. En el último año la guerra con Irán se volvió el eje de la discordia, porque para los restrainers contradice la promesa del “America First” de no embarcar al país en nuevas guerras.

En esta disputa, el resultado electoral del martes parece darle aire a los restrainers . Al día siguiente de la elección, Vance escribió en X que la razón de la derrota era “obvia para casi todos” y citó una encuesta que ubicaba el fin de la guerra como la primera condición para recuperar a los votantes perdidos. Rubio, que llegó a definir la guerra como un “favor” a Estados Unidos y al mundo, sale en cambio golpeado, incluso en Florida, donde su antigua banca en el Senado fue retenida por menos de tres puntos en un estado que Trump había ganado por unos 13 en 2024.

Ahora bien, que un giro en Medio Oriente resulte esperable no implica que vaya a ocurrir lo mismo en América Latina. Hay al menos cuatro razones que exceden el resultado electoral y permiten pensar que la Doctrina Donroe (la reedición del principio de Monroe que reivindica la total primacía estadounidense en la región frente a potencias como China) seguirá en pie e incluso podría profundizarse en los próximos dos años. Funcionan como círculos concéntricos, que van de lo individual a lo partidario, lo institucional y, finalmente, lo estratégico, el más amplio y el más difícil de revertir.

En primer lugar, Trump conserva margen y motivos para actuar en la región. Sin la presión de la reelección y con un Congreso hostil, los presidentes se sienten menos condicionados por la agenda doméstica y, a la vez, sin margen para avanzar en ella. Como mostró Philip Potter, director del Centro de Políticas de Seguridad Nacional de la Universidad de Virginia, esa combinación empuja a los “patos rengos” hacia afuera, con más diplomacia presidencial, más acuerdos ejecutivos y más uso de la fuerza. Por caso, George W. Bush respondió a la derrota legislativa de 2006 con el envío de más tropas a Irak y Barack Obama anunció el deshielo con Cuba seis semanas después de perder el Senado en 2014. Además, Trump conserva herramientas de coerción y chantaje que no requieren aval legislativo. Una son los aranceles, que ya fueron impuestos a casi 20 países de la región. La otra es la revocación de visas, que alcanzó al entonces presidente colombiano Gustavo Petro, al expresidente costarricense Óscar Arias y a jueces de la Corte Suprema brasileña.

A esto hay que sumar la personalidad de Trump, quien construyó su figura pública sobre la grandeza y la medición permanente de su lugar en la historia. El líder republicano, quien tiene un retrato de Monroe junto a su escritorio en el Salón Oval, podría buscar en la región el legado que Medio Oriente le niega. A diferencia de Irán, Europa o Asia, las acciones en la región son más “baratas”. En este marco, Cuba aparece como el candidato evidente. Tras la captura de Maduro, el presidente anticipó que la isla “es la siguiente”, y la caída del régimen comunista le permitiría atribuirse algo que ninguno de sus antecesores logró y, de paso, sepultar el legado de Obama.

La segunda razón es partidaria. Las facciones republicanas, que disienten en cuestiones como la guerra en Ucrania o Medio Oriente, coinciden en su mirada sobre América Latina. Si bien los restrainers cuestionan las guerras lejanas e ideológicas, lejos están de rechazar la política intervencionista en la región. Steve Bannon , por caso, reclamó tras la reelección de Lula que Washington rompiera relaciones diplomáticas y cortara todo el comercio con lo que calificó como un régimen “marxista”. Para esta corriente, el Hemisferio es perímetro de seguridad propio y terreno central de la disputa con China. De allí que Rubio (quien impulsó la captura de Maduro, la presión por un cambio de régimen en Cuba y las sanciones contra el juez brasileño Alexandre de Moraes) pueda quedar debilitado en la interna republicana sin que eso afecte una agenda intervencionista que también es compartida por el bando opuesto.

En tercer lugar, la doctrina se apoya en la inercia institucional de agencias estatales alejadas de los focos de la política partidaria. Buena parte de la estrategia estadounidense hacia la región se diseña y ejecuta desde el Comando Sur, que en el último año reconvirtió la lucha contra el narcotráfico en una guerra contra el “narcoterrorismo” y donde la construcción de China como amenaza avanzó con independencia del partido gobernante. En los informes anuales de sus comandantes ante el Congreso, China aparecía apenas cuatro veces en 2015. En 2021, con Biden en la Casa Blanca , ya era la amenaza más nombrada, y en 2024 sumó 78 menciones, casi el doble que Rusia, la segunda. A ello se suma una arquitectura que se densificó este año, desde el Escudo de las Américas, que ya reúne a más de una decena de países, hasta el comando de guerra autónoma creado en abril por el Comando Sur y el nuevo Comando del Hemisferio Occidental del Ejército.

Por último, y sobre todo, la reedición de la Doctrina Monroe excede a Trump, al movimiento MAGA y a los republicanos. Su corazón es restringir la presencia china en sectores estratégicos como puertos, inteligencia artificial, infraestructura crítica, energía y minerales. Y la caracterización de China como principal amenaza es uno de los pocos consensos que sobreviven a la polarización política norteamericana. En efecto, el gobierno de Biden consolidó buena parte del giro iniciado por Trump, empezando por los aranceles contra Beijing.

En el Congreso abundan, además, iniciativas bipartidarias como la resolución de la demócrata Jeanne Shaheen y el republicano Ted Budd para contrarrestar la influencia china en América Latina.

De esta forma, un Congreso demócrata podrá cuestionar los ataques contra lanchas en el Caribe, pero difícilmente discuta el objetivo de limitar la presencia china en la región. Por eso es el factor de mayor peso. Gane quien gane en 2028, la competencia con China seguirá ordenando la política hacia la región , aunque con otra intensidad y otros métodos.

Nada de esto implica que el escenario esté cerrado. El presupuesto de defensa le da a la Cámara de Representantes una palanca concreta y el costo de vida puede volver impopular cualquier nueva aventura militar. Pero esos frenos pesan menos en una región donde la coerción se ejerce sobre todo con aranceles, sanciones y visas. Lo más probable, entonces, es que un presidente frenado en Irán y sin agenda doméstica encuentre más incentivos que antes para endurecer la presión sobre la región, empezando por Cuba.

En definitiva, la paliza electoral puede recortar el margen de maniobra de Trump en Medio Oriente o en materia comercial. En América Latina, en cambio, operan incentivos individuales, partidarios, institucionales y estratégicos que apuntan a la continuidad de la Doctrina Donroe y, posiblemente, a su profundización. Para los gobiernos latinoamericanos, lo más prudente sería planificar los próximos dos años sin esperar un repliegue de Washington en la región. Todo indica, más bien, lo contrario.

*El autor es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional de San Martín e investigador del CONICET


Fuente: La Nación


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