
Alicia González es una psicóloga especializada en relaciones afectivas que analiza cómo las personas construyen sus vínculos y por qué, en ocasiones, les cuesta alejarse de quienes les generan malestar. En una de sus reflexiones sobre las relaciones, propone dejar de utilizar la distancia como una forma de castigo y empezar a tomar decisiones en función de lo que uno aprendió de esa experiencia.
“No te vayas de la vida de alguien para darle una lección, andate porque vos aprendiste la lección” , plantea la psicóloga. La frase invita a revisar los motivos por los que una persona decide terminar un vínculo: no es lo mismo alejarse para provocar una reacción en el otro que hacerlo porque se reconoció que una relación ya no ofrece lo que se necesita.
Su reflexión parte de una situación frecuente: ¿qué ocurre cuando una persona permanece en una relación esperando que el otro cambie, la valore más o finalmente comprenda el daño que le provocó?
Para González, irse de una relación con la expectativa de que la otra persona reaccione puede mantener el vínculo emocional incluso después de la separación . Si la decisión está orientada a que el otro extrañe, se arrepienta o modifique su comportamiento, la atención continúa puesta en lo que haga o deje de hacer esa persona.
La psicóloga planteó que muchas veces la esperanza de que algo cambie, el miedo a equivocarse y la dificultad para aceptar que una relación ideal quizá nunca llegue a existir hacen que resulte difícil marcharse.
El problema aparece cuando una persona expresa reiteradamente sus necesidades, pero las situaciones que generan malestar se mantienen. En esos casos, seguir buscando explicaciones o esperar una reacción puede prolongar el desgaste emocional.
La propuesta no consiste en dejar de sentir cariño de un día para otro ni en terminar una relación ante el primer desacuerdo. Se trata de reconocer cuándo la expectativa de que el otro cambie empieza a pesar más que la realidad del vínculo y evaluar si existen condiciones para construir una relación diferente.
La frase de González también cuestiona una forma de afrontar las separaciones: alejarse para que el otro sufra las consecuencias, se arrepienta o comprenda lo que perdió.
Cuando la distancia se utiliza con ese objetivo, la decisión puede convertirse en una forma de mantener la expectativa de recibir una respuesta. La persona se va físicamente, pero sigue pendiente de si el otro la busca, la extraña o finalmente reconoce sus errores.
En cambio, aprender de una experiencia implica revisar qué ocurrió, qué necesidades no encontraron respuesta y qué límites son importantes para uno mismo. La decisión de terminar un vínculo puede seguir siendo dolorosa, incluso cuando existe claridad sobre los motivos.
Esto tampoco significa que haya que dejar de extrañar o que las dudas desaparezcan inmediatamente. Alejarse de alguien no exige dejar de sentir, sino poder reconocer que los sentimientos no siempre alcanzan para sostener una relación que genera malestar.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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