
Mientras Washington endurece su estrategia para contener la presencia china en América Latina , intenta poner límites a procesos económicos, tecnológicos y comerciales que llevan décadas desarrollándose. Para la Argentina, el mayor riesgo es comprar una rivalidad ajena y reducir su autonomía precisamente cuando un mundo multipolar multiplica las opciones.
Hegel escribió que “el búho de Minerva levanta su vuelo al anochecer” : la filosofía comprende una época cuando esa realidad ya ha desplegado sus principales tendencias. La imagen resulta apropiada para observar la renovada ofensiva de Estados Unidos destinada a contener la presencia china en América Latina. Cuando Washington intenta levantar nuevos cercos , China lleva décadas construyendo comercio, infraestructura, tecnología y relaciones de largo plazo en la región.
Las últimas actuaciones del embajador estadounidense Peter Lamelas son una expresión de esa estrategia. Primero fueron las presiones sobre una cooperativa argentina para que no contratara a Huawei y las advertencias sobre visas; luego llegaron sus declaraciones sobre Vaca Muerta , las inversiones estadounidenses y la seguridad de los datos, hasta pretender vincular esas decisiones con la seguridad nacional de ambos países.
Estados Unidos tiene derecho a determinar su estrategia de seguridad y defender sus intereses. China también. Pero existe un límite elemental: la seguridad nacional estadounidense la define Washington; la seguridad nacional argentina la definimos los argentinos. El problema no es que un embajador estadounidense defienda los intereses de su país . El problema es el silencio del Gobierno argentino cuando esa defensa avanza sobre decisiones que corresponden a nuestras instituciones.
Los episodios tampoco están aislados. Un reciente informe de la Oficina de Política Comercial y Manufacturera de la administración Trump incluyó a la Argentina dentro de una red de más de 40 países considerados potenciales nodos utilizados para triangular productos chinos y eludir aranceles estadounidenses. Brasil aparece incluso en una categoría de mayor riesgo. Huawei, Vaca Muerta y ahora las cadenas comerciales empiezan a conformar piezas de un mismo tablero .
Ese tablero está definido por la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense y por el denominado Corolario Trump de la Doctrina Monroe, que busca reafirmar la preeminencia de Estados Unidos en el Hemisferio Occidental. La diferencia con otras épocas es que la competencia del siglo XXI no se libra solamente en términos militares: alcanza telecomunicaciones, inteligencia artificial, datos, puertos, minerales críticos, energía, infraestructura y cadenas globales de suministro .
Pero allí aparece una enorme paradoja. Mientras Argentina parece dispuesta a importar la rivalidad estratégica entre Washington y Beijing , Estados Unidos y China están aprendiendo a administrar esa misma rivalidad. Después del encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Beijing en mayo, ambas potencias acordaron avanzar hacia una relación de Estabilidad Estratégica Constructiva y crearon una Junta de Comercio y una Junta de Inversiones para institucionalizar aspectos centrales de su interdependencia.
Según datos oficiales chinos, alrededor de 80.000 empresas estadounidenses han invertido en China. Las cadenas productivas, los mercados y los intereses cruzados acumulados durante décadas hacen extraordinariamente costoso un desacople absoluto. Las dos potencias compiten, pero cuando sus intereses lo requieren negocian . Argentina corre el riesgo de asumir los costos de una confrontación que ni siquiera quienes la protagonizan están dispuestos a llevar hasta sus últimas consecuencias.
Huawei constituye un buen ejemplo de por qué el búho de Minerva parece levantar vuelo tarde . La empresa está en Argentina desde 2001 y, después de un cuarto de siglo, forma parte de distintas capas del ecosistema de telecomunicaciones. Por supuesto, cualquier proveedor tecnológico debe someterse a rigurosos estándares argentinos de seguridad. Pero una cosa es establecerlos soberanamente y otra excluir empresas por decisión o presión de una potencia extranjera.
Hay además una enseñanza tecnológica más profunda. Durante años, Estados Unidos buscó restringir el acceso de Huawei a semiconductores, software y tecnologías críticas. Sin embargo, cada nuevo bloqueo generó incentivos para que la empresa y el ecosistema tecnológico chino desarrollaran alternativas propias, aumentaran su inversión en investigación y buscaran mayor autonomía . El cerco que pretendía frenar a China también la obligó a innovar: cada muro terminó generando un nuevo camino.
Esto no significa que el ascenso tecnológico chino sea inevitable ni que China carezca de vulnerabilidades. Significa algo diferente: su capacidad de planificación, su inversión en innovación y su horizonte de largo plazo hacen insuficiente cualquier estrategia basada únicamente en restricciones. Cuando se intenta detener un proceso tecnológico que lleva décadas desarrollándose, muchas veces se termina acelerando aquello que se buscaba evitar .
El problema argentino es todavía mayor porque nuestro alineamiento automático con Washington coincide con el deterioro de las relaciones con Brasil y China , nuestros dos principales socios comerciales por intercambio total. Brasil es además nuestro principal socio industrial y el Mercosur constituye una plataforma fundamental para numerosas manufacturas argentinas. China es un mercado central para alimentos, energía y minerales y una fuente potencial de inversión, infraestructura y cooperación tecnológica.
En un mundo multipolar, esa posición podría constituir una ventaja extraordinaria. Argentina podría relacionarse simultáneamente con Estados Unidos, China, Brasil, Europa y las economías emergentes para diversificar mercados, atraer inversiones, incorporar tecnología y aumentar su capacidad negociadora. Milei está haciendo lo contrario: en un mundo que ofrece más opciones, Argentina está eligiendo tener menos.
La contradicción se profundiza cuando la política exterior se transforma en militancia ideológica. Milei ha viajado al exterior para participar de actividades partidarias y apoyar dirigentes opositores, incluso en Brasil, deteriorando el vínculo político con el gobierno de Lula . Un Presidente puede tener afinidades personales, pero cuando actúa internacionalmente representa al Estado argentino. La política exterior no puede convertirse en la internacionalización de una facción política: debe representar los intereses permanentes de todos los argentinos.
La licitación del Belgrano Cargas expone otra contradicción: los pliegos restringen empresas controladas por Estados extranjeros, una disposición presentada como “cláusula anti-China” . Un gobierno que reivindica la competencia termina reduciéndola por razones geopolíticas, con menos oferentes y potencialmente mayores costos. La selectividad es evidente: mientras limita empresas chinas, celebra Argentina LNG de YPF con Eni y XRG, perteneciente a ADNOC, compañía estatal de Abu Dhabi. El problema ya no parece ser el capital estatal, sino qué Estados son políticamente aceptables para invertir en Argentina.
La paradoja es mayor porque buena parte de la modernización del Belgrano Cargas se realizó con financiamiento y equipamiento chino. Y China ya está profundamente integrada a sectores estratégicos argentinos, desde Vaca Muerta hasta los bienes de capital del RIGI . Milei intenta desacoplar políticamente a Argentina de China mientras su modelo económico la acopla cada vez más a su industria y demanda de recursos: exportamos alimentos, energía y minerales e importamos manufacturas, maquinaria y tecnología, debilitando capacidades propias. El resultado puede sintetizarse así: alineamiento geopolítico con Washington, dependencia industrial de Beijing y primarización de Argentina .
Existe finalmente un problema de desarrollo. Si Argentina excluye empresas o inversiones por presiones externas, reduce competencia, debilita su capacidad negociadora y puede encarecer infraestructura. Si simultáneamente abandona una política industrial y tecnológica propia, la relación con China tenderá a profundizar una matriz conocida: alimentos, energía y minerales a cambio de manufacturas y tecnología .
La experiencia de Brasil muestra otra posibilidad. Una estrategia nacional permite utilizar la relación con China para atraer inversiones productivas, construir cadenas industriales y desarrollar cooperación en áreas como energía, espacio, inteligencia artificial y nuevas tecnologías. China sabe qué necesita de Argentina. Estados Unidos sabe qué pretende de nuestro hemisferio. Brasil sabe cómo quiere insertarse en esta transformación. La pregunta es cuál es la estrategia argentina .
La respuesta no puede ser reemplazar una dependencia por otra. Debe ser recuperar autonomía para utilizar la competencia entre potencias como una oportunidad de desarrollo, atraer inversiones de distintos orígenes, incorporar proveedores nacionales, exigir transferencia tecnológica y agregar valor a nuestros recursos. En lugar de aceptar una nueva división del mundo en áreas de influencia, Argentina debería ampliar sus opciones y construir su propio margen de maniobra .
El búho de Minerva levanta vuelo al anochecer porque comprende una realidad cuando ésta ya se encuentra desplegada . Quizás esa sea la mayor enseñanza del intento actual de cercar a China: mientras algunos intentan reconstruir los límites del mundo de ayer, Beijing lleva décadas preparándose para el mundo que viene. Argentina debería dejar de elegir tutelas y empezar a construir su propio lugar en ese futuro.
(*) Sabino Vaca Narvaja fue embajador argentino en China
Fuente:
La Nación
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
.jpg)
Redes