
Alejandro Peralta aprendió desde muy temprano que la vida puede cambiar en cuestión de segundos cuando el destino lo puso a prueba siendo un niño en un pequeño campo del sur bonaerense, donde vive. Hoy tiene 18 años, vive en Mayor Buratovich, en el sur de la provincia de Buenos Aires, forma parte del seleccionado argentino de natación adaptada y acaba de completar una nueva evaluación en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CENARD). Y hay más: fue abanderado de su escuela técnica y sueña con estudiar medicina.
Cuando habla del futuro lo hace con naturalidad y metas claras: quiere convertirse en profesional de la salud y también representar a la Argentina en los escenarios deportivos más importantes del mundo .
Pero para entender por qué cada logro tiene un valor especial hay que viajar varios años atrás, a una noche que todavía conserva intacta en su memoria. “Apenas tenía seis años, estaba por cumplir siete cuando me pasó el accidente ”, recuerda sobre el momento en el que quedó atrapado en una máquina agrícola.
Su padre trabajaba en el campo y él era uno de esos chicos que disfrutaban acompañarlo. Le fascinaba seguirlo entre máquinas, galpones y tareas rurales. Era una costumbre familiar. Por eso aquella noche parecía una más. “Estaba muy acostumbrado a ir con mi papá al campo. Lo acompañaba siempre. Me acuerdo que era de noche, cerca de las 12. Tengo muy presente ese momento y después como que aparece un vacío. Lo siguiente que recuerdo es que estaba dentro de la máquina ”, repasa en diálogo con TN .
El accidente ocurrió en un establecimiento rural de la zona de Teniente Origone, muy cerca de su pueblo. Las lesiones fueron gravísimas. Durante mucho tiempo la pelea pasó por sobrevivir . “Después me desperté en el hospital José Penna, en Bahía Blanca. Ya estaba operado y tenía mucho dolor. De todo lo que pasó en el traslado no recuerdo casi nada, fue como si se me hubiera borrado”, rememora.
Sin embargo, cuando reconstruye aquella etapa, Alejandro no se detiene únicamente en el sufrimiento. Lo que aparece una y otra vez es el recuerdo de las personas que estuvieron cerca . “Tengo recuerdos muy lindos del hospital. Los médicos, las médicas, los enfermeros, las enfermeras. Todos me hicieron sentir acompañado. Para mí fue muy importante el trato que tuvieron conmigo durante toda la recuperación”, sintetiza. La amputación fue en la zona de las rodillas .
Pasó semanas internado en el Hospital Penna. Mientras otros chicos de su edad pensaban en útiles escolares y juegos, él comenzaba a enfrentarse a una realidad completamente distinta. El regreso a casa tampoco fue sencillo: “Empecé primer grado en silla de ruedas. Todavía no tenía prótesis. Fue una etapa difícil porque tenía que adaptarme a una vida totalmente distinta”, evoca.
Pero si algo distingue a Alejandro es que nunca habla desde el resentimiento . Cada vez que aparece una dificultad, inmediatamente aparece también una persona que le tendió una mano. En su historia abundan los nombres propios, vecinos que organizaron campañas solidarias, personas que colaboraron para comprar las primeras prótesis, familias que aportaron dinero y amigos que acompañaron. “ Gracias a toda la ayuda que recibimos pude conseguir mis primeras prótesis . Para mí eso significó volver a empezar. Volver a la escuela, a caminar y a integrarme a una rutina”, enumera.
Aquellas prótesis fueron mucho más que una herramienta médica: representaron una puerta de regreso al mundo . “Yo era un chico muy activo antes del accidente. Me gustaba moverme, hacer cosas, jugar. Recuperar la confianza me costó bastante y no fue de un día para otro”, agrega.
La infancia siguió su curso. La primaria transcurrió entre aprendizajes, amistades y desafíos . Más tarde llegó la secundaria. Y también la necesidad de encontrar un deporte con el que pudiera identificarse.
Antes del accidente había jugado al fútbol y se destacaba como arquero. Por eso intentó volver a vincularse con distintas actividades . Probó básquet, patín y fútbol nuevamente. Pero todavía no encontraba su lugar. “Yo creo que lo más difícil fue descubrir cuál era el deporte para mí. Probé varias cosas y todas me gustaban, pero sentía que faltaba algo”, evoca.
La respuesta apareció donde menos la esperaba: hace tres años comenzó a nadar . Al principio no había sueños de medallas ni de seleccionados nacionales. La natación era parte de un proceso de rehabilitación. “Empecé más que nada por rehabilitación. No era que me volvía loco o que estaba pensando en competir pero algo empezó a cambiar. Dentro del agua encontraba una libertad que no había sentido en otros deportes ”, reflexiona. Las limitaciones parecían desaparecer. Los movimientos se volvían naturales. Y, sin darse cuenta, comenzó a disfrutar cada entrenamiento.
El punto de inflexión llegó cuando participó en los Juegos Bonaerenses. “ Ahí me di cuenta de que verdaderamente me gustaba . Toda la experiencia me encantó y lo que parecía una actividad complementaria se transformó en una pasión”, recuerda.
Después llegaron las competencias en Mar del Plata. Primero una medalla de bronce y más tarde una de oro. Finalmente, el reconocimiento de personas que conocían mucho más del tema que él. Una de ellas fue un referente del deporte, Ariel Quassi. “Cuando me convocó por primera vez para competir estaba muy nervioso. Yo no sabía bien qué esperar”, dice.
La convocatoria correspondía a una competencia internacional organizada por el Comité Paralímpico Argentino. Alejandro viajó con una única idea: demostrar que podía estar a la altura . “Yo quería competir. Quería demostrar que verdaderamente valía para la natación”, recuerda.
Y la devolución que recibió lo sorprendió. “Ariel fue uno de los primeros que me dijo que tenía potencial. Que podía llegar lejos si seguía entrenando . Aquellas palabras tuvieron un efecto inmediato porque hasta ese momento yo soñaba, pero no necesariamente imaginaba un camino tan grande”, completa. “Creo que ahí empecé a darme cuenta de que podía aspirar a más”, agrega.
Desde entonces los avances no se detuvieron. Fue convocado para evaluaciones de alto rendimiento . Compitió en Mendoza y en Buenos Aires. Mantuvo tiempos que despertaron expectativas dentro del cuerpo técnico nacional. Y hoy integra el seleccionado argentino de natación adaptada. Días atrás regresó de Paraná, Entre Ríos, donde quedó primero en 50 metros y logró un muy buen tiempo en los 100 metros.
Mientras habla, sin embargo, evita cualquier gesto de grandilocuencia. Prefiere enfocarse en quienes lo ayudaron a llegar hasta acá. Entre esos nombres aparece Manuel Diez, un vecino que tuvo un papel fundamental. “Manuel me ayudó muchísimo. Me acompañó, me llevó a entrenar y estuvo presente cuando más lo necesité”, dice.
También menciona al Uno Bahía Club, la institución donde actualmente entrena. “Ellos me becaron. Me dieron una oportunidad enorme. Y la lista sigue con vecinos, comerciantes y personas de Bahía Blanca y Neuquén, gente que jamás había hablado conmigo pero que decidió colaborar cuando supieron de mi historia”, repasa. “La verdad es que hay algo muy emocionante en saber que personas que no te conocen te ayudan igual. Sentir ese apoyo es una alegría enorme”, completa. Hace una pausa y agrega: “Es difícil describirlo con palabras. Saber que hay tanta gente buena alrededor es algo que te llena el corazón ”.
Ese acompañamiento sigue siendo fundamental porque cada competencia implica viajes, estadías y gastos que muchas veces resultan difíciles de afrontar para una familia trabajadora. Por eso en Buratovich suelen organizar rifas y distintas iniciativas para recaudar fondos.
Alejandro se convirtió en una especie de orgullo colectivo. Es el chico que nunca dejó de intentarlo , el joven que aprendió a reconstruirse y el deportista que representa mucho más que un resultado.
A la par de los entrenamientos también sostiene otro objetivo que considera igual de importante: está terminando la secundaria técnica . El año pasado fue elegido abanderado y ya decidió qué carrera quiere estudiar. “Me gustaría estudiar medicina. Pienso mucho en eso. Me interesa la traumatología infantil o alguna especialidad relacionada”, anticipa.
Quienes conocen su historia encuentran cierta lógica en esa elección. Después de todo, buena parte de su infancia transcurrió rodeado de médicos, enfermeras y profesionales de la salud que lo ayudaron a atravesar los momentos más difíciles. Quizás por eso hoy siente la necesidad de devolver algo de todo lo que recibió.
Mientras tanto sigue soñando con entrenamientos más exigentes y competencias internacionales. Con la posibilidad de representar a la Argentina cada vez más lejos. Y con un objetivo que aparece inmediatamente cuando le preguntan dónde se imagina dentro de algunos años. “ Mi sueño es llegar a unos Juegos Paralímpicos ”, asegura, mientras sonríe y completa la idea. “También quiero terminar mis estudios y convertirme en médico. Las dos cosas son importantes para mí”, agrega.
Cuando mira hacia atrás, Alejandro reconoce que hubo momentos en los que jamás imaginó este presente. Pero también aprendió algo fundamental: “Que la gente crea en vos cambia mucho las cosas. Y que uno mismo aprenda a creer en sí mismo también”.
Alejandro dice estar convencido de que las medallas pueden acumularse, los tiempos pueden mejorar y los récords pueden romperse. Pero las victorias más significativas pasan por otro lado: una de ellas fue el día en que decidió que aquel accidente no iba a definir los límites de su vida. Desde entonces, cada brazada es una manera de demostrarlo.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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