Una nueva voz se suma al las denuncias públicas del caso que conmociona a la comunidad educativa del Colegio Palermo Chico .
Otra de las madres denunciantes contra Marcelo Porcel decidió hablar con TN y aportó una perspectiva hasta ahora poco explorada: el lugar que ocupa María Eugenia Llorente , esposa del empresario acusado de abuso sexual y corrupción de menores , en esta trama de terror que la Justicia todavía está desentrañando.
Entre los padres de la comunidad, Llorente generaba afecto y consideración. La recuerdan como una mujer que había sufrido un ACV de joven, episodio que le dejó secuelas en el habla y en la motricidad, pero que siempre logró participar de la vida social del colegio.
La historia del matrimonio también circulaba entre las familias. “Marcelo siempre decía que la había visto y se había enamorado en un instante”, recuerda una de las madres. En los pasillos se hablaba de una unión que algunos describían como conveniente para ambas partes: la familia Llorente, tradicional, pudiente y venida a menos en la provincia de Salta, y Marcelo Porcel, heredero de una fortuna ligada a Argencard y a emprendimientos agropecuarios e inmobiliarios, señalado dentro de su propio entorno como alguien que no encajaba fácilmente en ciertos círculos sociales.
Se casaron, tuvieron cuatro hijos y se integraron sin fricciones visibles a la comunidad del colegio. Él, siempre disponible: organizaba traslados, encuentros, actividades. Su presencia constante generaba confianza.
Según contó la madre que habló con este medio, todo comenzó a mediados de 2023. Su hijo le pidió cambiarse de aula. No quería seguir siendo compañero ni amigo del hijo de Porcel . Ante las preguntas de sus padres, el adolescente sólo repetía que no quería verlo más.
Con el paso de los meses empezaron a circular rumores. En ese momento no se hablaba de delitos sexuales. Las versiones apuntaban como lo máximo del espanto, a apuestas ilegales y consumo de alcohol por parte de chicos de 13 y 14 años en reuniones organizadas en la casa de Porcel.
“ Parecía una locura. Era imposible imaginar que alguien tan querido por la comunidad pudiera estar detrás de algo así ”, recordó la mujer.
A fines de 2023, preocupada y sin certezas, se acercó al colegio. La respuesta fue que necesitaban datos concretos: nombres, situaciones específicas, hechos determinados. La respuesta llegó desde su propio hijo. Molesto, el adolescente comenzó a describir con detalle distintos episodios: consumo de alcohol, apuestas clandestinas, manejo de dinero que Porcel les proporcionaba a los chicos, y encuentros marcados siempre por un mismo código: el silencio .
“No teníamos pruebas, pero nos alcanzaba con que nuestro hijo quisiera alejarse”, explicó la madre. La familia cortó el vínculo.
Reconstruir lo ocurrido fue un proceso lento. Con extrema discreción, la mujer comenzó a reunirse con otras familias, escuchó testimonios, comparó relatos.
“La insistencia de nuestro hijo fue fundamental para no abandonar la búsqueda de la verdad ”, afirmó.
La investigación judicial sigue en curso. Para estas familias existe una convicción que atraviesa todos los testimonios: que la verdad es el único camino posible para reparar el daño sufrido . Un daño provocado, sostienen, por alguien que durante años fue considerado casi un integrante más de la comunidad. Alguien en quien confiaron plenamente, y al que le permitieron acercarse a sus hijos porque creían estar en un entorno seguro.
“Esa confianza fue precisamente lo que volvió todo más doloroso”, concluyen.
Pero hay una cuestión que, según distintas fuentes vinculadas al caso, continúa generando preguntas tanto entre las familias como en el ámbito judicial: cuál fue el rol de María Eugenia Llorente dentro de la dinámica familiar y de los hechos que hoy son investigados.
Las opiniones entre los padres están divididas. Algunos la describen como una mujer de perfil bajo, marcada por sus antecedentes de salud, con escasa participación visible en las actividades sociales. Otros se preguntan hasta qué punto conocía lo que ocurría en su entorno más cercano.
En ese contexto, el abogado Pablo Hawlena , que representa a las familias denunciantes, impulsó distintos planteos ante la Justicia para que se analice el grado de participación que pudo haber tenido la mujer en los hechos investigados. En reiteradas oportunidades solicitó que se evaluara su situación procesal y una eventual imputación como partícipe en los presuntos delitos de abuso sexual y corrupción de menores. Hasta el momento, esos pedidos no prosperaron en los tribunales intervinientes.
Algunos padres se preguntan si Llorente fue una víctima más de una situación que la excedía.
Ella estaba en la mayoría de las situaciones de excesos pero siempre se las arreglaba para desaparecer en el momento justo, o simplemente se iba a a dormir.
Otros padres consideran sin dudar que tenía conocimiento sobre lo que ocurría pero enfrentar los hechos hubiera sido más duro que mirar para otro lado y seguir actuando como si nada pasara.
Mientras la causa avanza y se esperan nuevas definiciones judiciales, las familias sostienen que será la investigación la que determine responsabilidades.
Las dudas sobre el papel de María Eugenia Llorente siguen siendo, por ahora, una pregunta abierta de un caso que no solo sacudió a una comunidad educativa sino a la sociedad en general.
En medio de este cuadro, hay una dimensión que no puede quedar fuera del análisis: los cuatro hijos de Marcelo Porcel y María Eugenia Llorente. Ningún organismo estatal los tutela ni realiza un seguimiento serio de su situación . No existe intervención formal de organismos de protección de la infancia que garantice que esos niños y adolescentes estén siendo evaluados de manera rigurosa.
Sin embargo, son ellos quienes convivieron de cerca con los hechos que hoy investiga la Justicia. Si los delitos de abuso sexual y corrupción de menores se confirman, la pregunta es inevitable: ¿quién vela por ellos? ¿Quién determina si también fueron víctimas? La ausencia del Estado y la Justicia en este punto no es un detalle menor: es una grieta que deja a esos chicos en un limbo jurídico y emocional que nadie, hasta ahora, parece dispuesto a resolver.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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