Defensivo, poco amigo del trabajo o de métodos anticuados y sin llegada a las nuevas generaciones. Ningún entrenador del fútbol argentino fue tan menospreciado como Ricardo Zielinski en los últimos años. Ideal para salvar a un club del descenso, pero de corto recorrido si de intenciones más ambiciosas se trata. Otro preconcepto quedó hecho añicos ayer, cuando Belgrano, de la mano del Ruso, se consagró campeón en Primera.
“Hasta acá llegamos. El Ruso hizo un buen trabajo, nos dejó un buen colchón de puntos, pero ya está. Queremos aspirar a algo más y él tiene un techo”, decía por lo bajo un dirigente de unos de los clubes que Zielinski dirigió en los últimos años. Error.
A los 66 años, el director técnico se encuentra frente a su obra cumbre. Había estado cerca con Lanús, con el que llegó a las semifinales de la Copa Sudamericana 2024, o con el mismo Belgrano, con el que había alcanzado la misma instancia en la Copa Argentina 2025. El destino le tenía guardado algo mucho más grande, como esta vuelta olímpica en Córdoba, frente a su gente, y ante un gigante como River.
¿Puede un técnico defensivo consagrarse campeón en un equipo como Belgrano? Habrá que sacar conclusiones propias. Y un dato resultará revelador: tres goles en una final ante River.
“Hay un relato que enamora a todo el mundo, pero a mí no me gusta mentir. A otros, sí. Son vivos. Dicen lo mismo que ellos [por los presuntos entrenadores ofensivos] y después, defienden de la misma forma que defendemos todos. En la Argentina me respetan porque no soy un chanta”, decía Zielinski en un una entrevista con LA NACION.
El Ruso siempre defendió a otro DT que cargó con un sinfín de mochilas, como Carlos Bilardo, al que ponderó cada vez que pudo y, según sus palabras, del que más aprendió. “Yo dispongo de una formación en base a cómo son mis jugadores. Si hay que atacar, ataco; si tengo que defender, defiendo. No soy como algunos que hablan de una manera y después se defienden con diez jugadores”, diría en la misma entrevista.
Y, paradójicamente, también se nutrió de otro maestro al que le costó hacerse un lugar en el fútbol grande, metódico y detallista, como Carlos Griguol. Por eso, al igual que Timoteo, Zielinski tiene un precepto con los más jóvenes: el estudio. Y, después, con la primera ganancia grande, la casa, el auto de lujo puede esperar.
Las distancias son enormes, claro está. No se trata de comparaciones. Son caminos compartidos, como quien sigue huellas en el desierto. Bilardo y Griguol también eran defensivos. ■
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Fuente:
La Nación
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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