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Aquel café con leche con pan y manteca ya no será el mismo


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Hay comportamientos de la economía que expertos y analistas nunca podrán explicar, como la influencia del valor afectivo y de los impactos emocionales con los cuales las decisiones del mercado estragan los sentimientos de los consumidores, clientes y ciudadanos. De aquellos que podríamos definir como “el último eslabón” de la cadena productiva del país, quienes ponen la mano en el bolsillo y pagan los bienes de la economía con el resto de riqueza que se produce en estas tierras.

Generaciones de argentinos han crecido y empiezan a envejecer con marcas que han sido testigos de su infancia que, más allá de satisfacer sus necesidades, les recuperan las imágenes de madres, padres y abuelos en la mañana de los desayunos antes de marchar a la escuela; o les traen a la memoria postales de la familia reunida a la hora de la cena humeante; o en las tertulias en el living de las casas barriales, cuando las puertas se abrían para compartir con los vecinos de la cuadra la tele, el chiche tecnológico de última generación, allá a mediados de los años 50, cuando la vida parecía una función en continuado, que nunca pasaría.

El estilo cálido y costumbrista de la periodista Silvia Naishtat, nutrido del rigor de los datos y la precisión de las cifras, ya informó a los lectores de Clarín que la legendaria Cooperativa láctea San-Cor acaba de pedir su propia quiebra por una deuda de US$ 120 millones . La noticia fue tapa del diario y apertura de la sección El País: bajaba la cortina, y con ella los brazos de miles de trabajadores, a quienes se les adeudan hasta 8 meses de salarios. Cesaba aquella usina que de pibes nos proveía de quesos crema, leches, dulce de leche y, en particular, de su legendaria manteca, esa compañía de cada mañana junto a las tostadas con el pan de ayer, en afortunadas ocasiones con rebanadas de pan fresquito, uno u otro siempre bien aderezados con el contenido de ese envase que en aquellos tiempos venía con un llamado “papel manteca”, y no por casualidad, resistente a la grasa y a la humedad, como cobertura de ese producto untuoso, que por entonces no conocía el efecto gélido de los freezers: siempre estaba fresquito, listo para sumergirlo junto a los panes en los tazones de café con leche, combinación indisputada que daba a esas cocinas barriales el aroma universal de la vida cotidiana.

Quienes íbamos al “almacén de la esquina” con la libreta de hule de tapas negra o azul para comprar al fiado (los consumos se pagaban a fin de mes cuando el “pater familias” traía el sueldo a casa para que lo administrara “la patrona”, es decir las mamás de entonces) sabíamos que no era necesario anotar algunos encargues, ni ponerlos por escrito en los infaltables papelitos “ayuda memoria” de la compra diaria. En casa no nos pedían “trae una manteca”, sino “comprá una San-Cor”. Era suficiente. Entonces no lo sabíamos, pero aquel deleite de cada día era obra de un grupo de cooperativistas y productores de Santa Fe y Córdoba, que se habían unido en un país que tenía todo por hacer allá por 1938, año de su fundación en Sunchales, corazón de la Pampa gringa.

Eran tiempos en que, al decir del consultor Gullermo Oliveto, seguramente el más didáctico en las cuestiones del comportamiento social en materia de consumo y costumbres, la meta mayor de los argentinos era tener una casa propia, pero con el paso de las décadas y la decadencia perpetua, década tras década, ese motor aspiracional ha pasado a un estándar mucho más modesto, como es el de poder llenar la heladera, no acorde a la pujanza creativa de esa clase media que desayunaba con pan y manteca.

Quizá por eso en el país de las vacas el consumo de carne vacuna viene en picada y para alivio de los bolsillos pide a gritos sustitutos como pollo, cerdo, cordero y hasta conejo. En el primer bimestre del año, la ingesta de bifes de chorizo y, sobre todo, de cortes más económicos se desplomó un 13,8%. Con 332.700 toneladas, es el nivel más bajo en 20 años, cuando el siglo XXI amanecía y creíamos que ya había pasado lo peor con el estallido del default tan anunciado de la historia.

La periodista María Julieta Rumi, en base a datos oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, informó en La Nación que en los últimos dos años bajaron la persiana 22.600 firmas , mientras crecen las que atraviesan procesos críticos. Desde la economía, la reconversión en marcha es de una potencia inusual. Adicionalmente, cada empresa que cierra no es sólo una hoja en el “debe y haber” de la macro en proceso de transformación. Es un golpe al corazón y a la memoria de los consumidores, aunque fusiones y reabsorciones pongan de nuevo las marcas en las góndolas, es probable que ya no sea la misma. Sabemos que las originales no volverán. Como no volverán las heladeras con la bolilla en la manija, con cubeteras y sin freezar, que duraban por décadas, acaso toda una vida, en las cocinas caseras. Con la llegada del progreso y los recambios generacionales se han ido para siempre, reemplazadas por electrodomésticos de “obsolescencia programada”, como tantos productos, bienes de capital o mercaderías, desde autos, hornos, televisores, lácteos o golosinas. Lo mismo da.

Las leyes de mercado no son indulgentes. No perdonan malas administraciones ni manejos turbios o poco prolijos. Y es de rigor económico que así sea. Pero no habría que descuidar el eventual costo afectivo que acarrean. ¿Tendrá que ver con un estudio de la Universidad Católica Argentina de octubre 2025 que detectó que el 28,6% de los porteños padece algún malestar psicológico? ¿O quizá con un estudio, aún más reciente, de la Universidad de Buenos Aires, que advierte sobre un declive emocional de los jóvenes? Algo pasa. ¿Estaremos descuidando acaso la “educación sentimental”, aquella obra de Gustave Flaubet de 1869 que, detrás de la trama central de un amor contrariado, nos interpela acerca del fracaso personal y la resignación generacional ante los aconteceres políticos de la París de mediados del siglo XIX, metáfora acaso válida para la Argentina del siglo XXI?

Como fuere, y con perdón de los nutricionistas y demás expertos cuidadosos de una alimentación saludable, por hoy sumerjamos en un tazón de café con leche una buena rebanada de pan con manteca, ésa y no otra. El mundo seguirá andando y el colesterol, aunque fuese por un día, sabrá si disimular sus huellas en nuestro organismo.


Fuente: Clarín


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GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo