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Qué saben y qué piensan los jóvenes de la Generación Z sobre el Golpe del 76


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En la escuela primaria, entendí que se trató de un acto de violencia en el que la democracia quedó relegada y la libertad pasó a un segundo plano. A medida que fui creciendo consultaba con familiares que vivieron ese período.

Dejó un miedo social profundo que afectó la confianza, la libertad de expresión y los vínculos dentro de la sociedad, y cuyas huellas aún persisten (en esas generaciones quedó instalada una desconfianza hacia las instituciones y, en algunos casos, cierta prudencia o silencio frente a opiniones políticas).

A mí, que me interesan mucho la literatura y la música, me impactó especialmente la quema de libros considerados “subversivos” por la Junta, así como la censura de canciones y artistas emblemáticos como María Elena Walsh y Mercedes Sosa. Recuerdo que Mercedes Sosa fue detenida en 1979, lo que provocó su exilio. Ambas figuraban en las llamadas “listas negras”.

En el colegio entendí que solo las Fuerzas Armadas habían decidido tomar el poder por la fuerza. La carrera y los estudios me hicieron tomar en consideración el contexto en que se dio este suceso y los intereses que estaban en juego y gestándose desde hacía mucho tiempo atrás. No sólo se podía reducir a que los mandos del ejército decidieron bajar al gobierno de turno para quedarse con el poder.

Además de los costos en vidas humanas que tuvo por saldo, dejó tras de sí una Argentina dividida, fracturada y traumatizada. Cosas sin resolver, luchas enconadas y resentimiento que trasciende generaciones legándose de unas a otras desde hace cincuenta años.

Más o menos. La mayoría de la gente que no vivió el golpe sabe algo muy básico sobre él y los eventos que lo rodean. A veces me da la sensación de que quizás nunca se le haya podido dar a la discusión el lugar correcto, que nunca está completa, que sigue siendo un tema incómodo que no se sabe bien dónde colocar o cómo explicárselo a la población que no ha seguido el camino de los historiadores a menos que decidan voluntariamente y por un interés particular indagar en él.

Entendí que había sido un período muy violento, en el que se rompió la democracia y el Estado persiguió, secuestró y desapareció a miles de personas. Me quedó claro que fue algo muy grave y que marcó profundamente a la sociedad argentina. Puede entender que no todo lo que se informaba era la verdad, un ejemplo: los casos.

Para mí, el daño más grande fue la pérdida de vidas, la desaparición de personas y el miedo instalado en la sociedad, además de la ruptura de la confianza en las instituciones. También dejó heridas que todavía siguen presentes y que hacen necesario seguir hablando del tema. Aunque digan que es para mejor, no tiene ninguna justificación el golpe. Para mí, la mejor forma de gobierno siempre va a ser la democracia.

Entendí que no había sido simplemente un cambio de gobierno, sino un período de violencia sistemática ejercida desde el propio Estado. Algo que me quedó grabado fue el protocolo organizado que se utilizaba para secuestrar a personas consideradas “subversivas” por la dictadura. Entender que no eran hechos aislados, sino operativos planificados con tareas de inteligencia previa, secuestros clandestinos y torturas, me hizo dimensionar el nivel de sistematicidad que tenía ese accionar.

Uno de los daños más profundos que dejó fue la herida intergeneracional. Creo que esa ausencia prolongada en el tiempo es una de las consecuencias más difíciles de reparar, porque atraviesa generaciones y sigue teniendo impacto hasta el día de hoy. Lo que más me impactó fue la desaparición forzada de personas, la idea de que alguien pudiera ser secuestrado y que su familia nunca supiera qué había pasado.

Vi Argentina, 1985, aunque mi primera aproximación audiovisual al tema fue La Noche de los Lápices, que fue lo que más me introdujo en lo que les pasó a estudiantes que tenían mi edad cuando los secuestraron. También intenté leer el informe Nunca Más de la CONADEP, pero no me animé a avanzar demasiado porque el contenido es fuerte. Me hizo tomar mayor conciencia de la magnitud real de los testimonios.

Recuerdo que la primera vez que escuché hablar del golpe fue en el Acto por la Memoria, la Verdad y la Justicia en segundo grado, me impactó bastante. Fue un proceso que le hizo daño a la Argentina y con la justificación que subió podríamos decir que fue, en cierto sentido, noble (aunque la guerrilla ya estaba debilitada) pero no fue una idea argentina, sino un contexto en el que había un plan regional que planteaba esos mandatos en un contexto nacional que los hizo factibles.

Más que un golpe aislado, fuimos parte de un proceso regional (por el Plan Cóndor de esa época). Fuimos como un peón en el tablero de ajedrez, teniendo en cuenta que fue un periodo de disputa hegemónica entre la Unión Soviética y Estados Unidos, pero que trajo consecuencias económicas muy graves. Sirvió como una lección -aunque muy dura- y que no tendría que haber pasado en lo absoluto, para decir: Nunca más se quiere una dictadura militar.

El daño principal que dejó fue el económico. La matriz productiva que teníamos en ese momento nunca se pudo recuperar a la altura que estábamos en los 70. Además, las vidas que se perdieron y el terrorismo de Estado que hubo.

En mi familia siempre se habló sobre la dictadura. Recuerdo que mi mamá nos contaba a mí y a mis hermanos un sueño recurrente de cuando era chica. Una noche llegaban a su casa unos hombres y se llevaban a su mamá. Ella se salvaba porque se escondía debajo de la cama. Con el correr de los años entendí que mi mamá nació en 1970 y en esos años ella vivía un miedo constante, incluso siendo tan pequeña.

Hay figuras que no debemos reivindicar e historias que como sociedad tenemos que seguir conversando de generación en generación para no volver a repetirlas. Rescató que es positivo y motivo de orgullo el haber sido el primer país del mundo en enjuiciar y condenar a dictadores militares por crímenes de lesa humanidad.

Si algo define esa época es la violencia descontrolada: del Estado que venía hace décadas haciendo aberraciones para reprimir a la expresión política mayoritaria e imponer mediante la violencia la visión del país que no podían legitimar mediante las urnas; de organizaciones armadas que tomaron vía libre para hacer aberraciones en nombre de sus causas facciosas, en contra de lo que algunos decían defender. No fue una violencia simétrica, pero fue todo eso lo que gestó esa época terrible.

Para mí fue uno de los peores periodos para la historia nacional. Significó no solo la persecución, desaparición y muerte de miles de argentinos, también la destrucción de la industria nacional y de una sociedad y un Estado que, más bien o mal, había alcanzado un cierto nivel de bienestar que desde entonces no pudo recuperar. Ni hablar de la pésima política exterior, sin rumbo ni estrategia, y la inestabilidad política.

No me acuerdo exactamente cuándo fue la primera vez que escuché del tema, pero sé que no llegué a comprender del todo. En la secundaria fue cuando realmente me explicaron bien qué había pasado. Censura, miedo a hablar, presencia militar en la calle, detenciones sin explicación. La gente tenía que cuidarse mucho con lo que decía, incluso en ámbitos privados. El miedo formaba parte de lo cotidiano.

Creo que dejó una desconfianza muy grande hacia quienes nos gobiernan o deberían cuidarnos. Me parece que esa herida todavía sigue presente. Es importante no olvidarlo y cuidar la democracia que queda. Siempre se habla de la memoria, y tiene que ver con valorar lo que significa vivir en democracia.

En ese “ustedes no entienden” constante. En la distancia entre quienes lo vivieron con miedo y quienes crecimos con libertad para preguntar. Las generaciones mayores muchas veces hablan desde la experiencia del dolor o del silencio, y las más jóvenes desde la necesidad de cuestionar, lo que genera tensión. Y esa diferencia, esa dificultad para escucharse sin invalidarse, para mí es la herida que todavía está abierta.

Recuerdo cómo se infiltraba la violencia en la vida cotidiana porque en las materias de historia y derecho del colegio lo vimos mucho. Sumado a eso, mi papá siempre me cuenta cómo sus padres lo vivieron. Por ejemplo, que entre los vecinos se avisaba cuando un militar iba a llegar a visitar las casas y ellos tenían que esconder los libros, enterrarlos o arrojarlos al mar inclusive. También, en la vida cotidiana: el no poder hacer nada que demostrara la opinión personal de uno. La violencia en sí como hecho cotidiano.

Creo que es importante que todos sepamos lo que sucedió, más allá de las opiniones, al menos saber lo básico para tener memoria. “Un pueblo que no tiene memoria está condenado a repetirla”... Me genera mucha tristeza que haya sucedido algo así porque, especialmente en este monumento (La Escuelita en Neuquén), está muy presente la cantidad de gente desaparecida porque son muchas fotos. A pesar de que no se sabe exactamente cuánta gente desapareció, no tendría que haber ni un desaparecido.

Escuché hablar desde muy chico porque tuve una familia muy politizada. Siempre me lo contaron de una forma específica y concreta: hubo un golpe de Estado comandados por gente siniestra y hubo 30.000 desaparecidos.

Es triste y desolador cómo se usó el golpe de Estado. Fue difícil, porque al principio la gente no creía lo que pasaba, y terminaron torturando y matando gente. Más allá de los hechos, la sensación es de tristeza.

Con 7 u 8 años solamente tenía una aproximación a los actos que había llevado a cabo el gobierno militar desde la autoridad del Estado y no entendía muy bien por qué se había llegado a ese punto. Muy poco (o nada) nos contaban sobre las formas en las que actuaban los grupos guerrilleros. Creo que en algún lugar de mi conciencia sospechaba que me faltaba conocer la otra parte. Entiendo que para ese entonces, años 2009-2014, el contexto político del país y el material que se difundía desde el Estado llevaba a que nos enseñen los hechos de esas formas.

Contribuyó mucho al enfrentamiento entre argentinos y eso impacta en la falta de acuerdos políticos que tiene nuestro país. A los argentinos en general nos falta mucho conocimiento sobre nuestra propia historia.

En el primer acercamiento nos contaron cuáles fueron las acciones del gobierno militar: desindustrializar al país, Malvinas, grupos que se mataban unos entre otros, militares que intentaban ordenar pero se excedían… Luego, vimos que esa era solo una parte más “excusada” y que el hecho se estaba extendiendo en Latinoamérica, en parte por el avance del comunismo y los intereses de las grandes potencias de buscar controlar lo que pasaba en América Latina. Sumado a las dictaduras en Chile, Paraguay, Argentina.

Más allá de los secuestros y torturas que de por sí son situaciones de violencia extrema, creo que la guerra es un tipo de violencia multiplicado por mil. En este caso, fueron jóvenes convencidos por el propio país que los dejó a la buena del destino. Los militares quedaron mostrándole al mundo lo incapaces que eran como profesionales.

Galtieri y una frase que dijo cuando invadió Malvinas por primera vez: “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”. Esa frase da pena y me da una desilusión enorme, porque le vendió al pueblo argentino que era capaz de luchar contra una de las mayores potencias del mundo. Por la desinformación que había en ese momento nos lo creímos y muchos jóvenes fueron engañados.

Desde siempre entendí como el odio y rechazo hacía un pensamiento distinto pudo crear un enceguecimiento tan grande al punto de querer que los mismos ciudadanos argentinos, sean torturados e incluso arrebatados de sus vidas como consecuencia de no compartir las ideas de un oficialismo.

Dejó un daño gigante en muchas familias del país el haberles privado de poder compartir tiempo con sus familiares desaparecidos. Además, siento que el no haberle dado el suficiente espacio de importancia, reflexión y memoria en ciertos ámbitos principales, fue el primer paso para que en la actualidad se pueda banalizar lo sucedido y poner en duda qué tan malo fue privar de la libertad y violentar a 1 o 30.000 personas.

Desde chico estuve informado sobre lo que pasó en Argentina, sobre todo por mi familia. Entendí que un grupo militar tomó el poder por la fuerza con el supuesto objetivo de combatir a los guerrilleros, pero que en ese proceso cometieron actos en contra del pueblo.

Dejó ese periodo fue una generación devastada y muchas familias destruidas, y como todo eso sigue repercutiendo en la sociedad argentina hasta hoy.

La primera vez que escuché hablar del golpe fue en el colegio, especialmente en la primaria y después más en profundidad en la secundaria, en fechas como el 24 de marzo, en actos escolares, documentales o conversaciones generales. Lo que más me quedó es la dimensión de lo que ocurrió y el impacto que tuvo en tantas familias y en el país en general.

Con el tiempo entendí que fue un período que marcó mucho al país y que por eso es importante recordarlo, especialmente para las generaciones que no lo vivimos. Aunque la democracia volvió en 1983, quedaron heridas en muchas familias y una marca muy fuerte en la historia argentina. Creo que hoy entender eso hace que valoremos más las libertades que tenemos.

En el secundario comenzamos a tratar más seria y profundamente la dictadura tanto en historia como en otras materias. En particular, recuerdo que habíamos leído La casa de los conejos de Laura Alcoba. El caso de la familia Mariani-Teruggi me ayudó a darle una cara más humana a las víctimas. Mis estudios me permitieron poner en perspectiva algo que aparecía antes como aislado, y estudiar los procesos históricos que llevaron al golpe en ese contexto.

Fue el resultado evitable de distintos procesos que habían comenzado años atrás: pugnas intra militares, la coordinación de las fuerzas armadas argentinas con los servicios de inteligencias de EE.UU. y el resto de juntas latinoamericanas de la época, el fracaso de la izquierda peronista y de una una sociedad que decidió tolerar una irrupción autoritaria que pusiera “las cosas en orden”... Es una pregunta complicada porque puede tener una gran variedad de matices y complejidades.

Es muy difícil llegar a dimensionar las consecuencias que dejó en distintos campos. Cultural y académicamente significó una década de atraso y represión respecto a los años anteriores; políticamente, fue el resultado del fracaso del frágil pacto social que se intentó formar desde el 73 entre peronistas y radicales, entre empresarios y trabajadores; pero, sumado al daño humano en vidas destruidas impunemente, el mayor daño estructural que dejó la dictadura fue la reestructuración económica y social del país.

La generación Z engloba a jóvenes de entre 15 y 27 años de edad, aproximadamente. Los más grandes están a poco más de un “cuarto de vida” del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 en Argentina . En cambio, para los más jóvenes, ese hecho ocurrió hace el doble -o más- del tiempo que llevan vivos.

Los famosos “centennials” comparten una característica consustancial: nacieron en la era de la Internet y naturalizaron el uso de las redes sociales como fuente de información, debate y construcción de identidad. Dicho de otro modo: las personas nacidas entre finales de la década del 90 y finales de la década del 2000 crecieron inmersos en la tecnología. Y eso incluye la educación .

A diferencia de generaciones anteriores, muchos tuvieron su primer contacto con el tema en la escuela primaria; otros recién en la secundaria. Algunos lo escucharon en la mesa familiar, en relatos fragmentados, a veces atravesados por silencios. Así como están los que no recuerdan cuándo fue su primer acercamiento al tema . En todos los casos, para ellos el golpe del 76 es la memoria transmitida de una historia heredada.

También cambió el modo de narrar ese pasado. La historia ya no circula solo en manuales escolares o en actos conmemorativos, sino en podcasts, documentales en plataformas de streaming, videos breves en Tik Tok e inclusive hilos de X. O ficciones como Argentina, 1985, que acercaron el Juicio a las Juntas -en algunos casos por primera vez- a esta nueva audiencia.

Los juicios por delitos de lesa humanidad, reabiertos desde 2006, dejaron testimonios, documentos y sentencias disponibles públicamente. Los “nativos digitales” pueden acceder desde su casa a un volumen inédito de información pública sobre la última dictadura de forma online, como fallos judiciales, declaraciones de sobrevivientes, archivos desclasificados o reconstrucciones históricas.

¿La distancia temporal implica indiferencia? No necesariamente, pero sí una relación distinta , más marcada por la reconstrucción del relato de quienes sí la atravesaron. A 50 años del golpe que instauró el último gobierno militar en el país, esto dicen quienes crecieron en democracia , pero también en medio de crisis económicas recurrentes, desencanto político y debates intensos sobre el pasado reciente.


Fuente: Clarín


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