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En una ciudad quieren controlar el espacio aéreo porque sostienen que la estela química de los aviones es tóxica y contamina la población




Una propuesta en el Concejo Deliberante de la localidad bonaerense de Azul, que busca poner un límite al espacio aéreo en ese partido, generó un fuerte malestar en el campo. Días atrás, la concejal Verónica Crisafulli, del Bloque Juntos-GEN Azul, presentó una iniciativa solicitando al Poder Legislativo provincial que informe a ese cuerpo “respecto de los vuelos de aviones de gran porte, visualizados en este partido que van dejando estelas químicas”. Esto se llama chemtrails.

En rigor, buscan que las autoridades provinciales, especialmente del Ministerio de Ambiente de la provincia, investiguen acerca “de las estelas químicas que dejan en el cielo del partido y distritos aledaños y den cuenta del conocimiento y regulación de la actividad”. El tema surgió cuando un grupo de vecinos azuleños presentó una nota al Poder Legislativo local, con fotografías alusivas, pidiendo explicaciones acerca de las formaciones despedidas por los aviones, sugiriendo que las mismas podrían ser tóxicas y contaminar a la población. Durante el tratamiento y la lectura del proyecto, en un videograph de la filmación de ese cuerpo legislativo decía: “Reclamo de vecinos por prácticas clandestinas de intervención climática”.

Conocida la noticia, inmediatamente los aeroaplicadores recogieron el guante y salieron a contestar, dando explicaciones de lo que realmente sucede en el cielo con esas áreas de condensación.

Para Marcelo Belich, productor rural en General Pinedo, en la provincia de Chaco y, piloto de avión y aeroaplicador desde 2002, “esta desinformación sucede por el fenómeno de las redes sociales, donde cualquiera escribe cualquier cosa y mucha gente lo toma como verdades absolutas”.



“Esto que dicen es un invento chino, estamos tocando lo absurdo. Hay una explicación técnica que se reduce a la meteorología, es decir que el avión de línea durante su vuelo despide desde la turbina gases de su combustión a una alta temperatura. Esa masa de aire caliente entra en contacto con el aire frío y húmedo del exterior, se condensa y eso genera ese humo blanco. Esto es la falta de educación”, explicó a LA NACION.

Comentó que su actividad, la aeroaplicación, desde hace mucho tiempo está en la mira de la sociedad por una falta de conocimiento total sobre los productos que se utilizan y de qué manera se realizan los trabajos: “Somos marginados, nos etiquetaron hace tiempo y nadie limpió nuestra actividad. En lugar de informarse, generan miedo a la sociedad; ahora lo mismo está sucediendo con esto”.

En la misma línea, Leandro Catalino, piloto de avión comercial, privado y desde el 2015 aeroaplicador en Tandil, desmitificó los argumentos que se buscan impulsar desde Azul y señaló: “Nada tiene que ver la estela de los aviones comerciales con la toxicidad del cielo y la alteración del clima, sino que aquellos trazos que la aeronave deja a su paso son áreas de condensación producidas cuando, al despedir los gases de las turbinas a alta temperatura y toman contacto con el aire frío de las alturas, se vuelve visible como una nube fina y prolongada, dependiendo de la humedad del exterior”.

“No sé de dónde surgen estas cosas. Algunos pocos son los que buscan encontrar el pelo al huevo y otros se prenden en la discusión pero nada tiene de verdad”, indicó.

En detalle, el proyecto describió: “Los chemtrails son largas estelas químicas lanzadas por aviones que se ven cada vez con más frecuencia en nuestros cielos y que muchos ciudadanos, no solo en el distrito de Azul, se muestran con gran preocupación y consideran a estos vuelos una práctica extraña y sospechosa de alterar el clima que primero se ve como una línea y que a los pocos minutos se va a ensanchando”.

“Estas estelas químicas son pulverizadas a través de aviones de gran porte a una altura superior a las que vuelan las clásicas y pequeñas avionetas fumigadoras de campo. En efecto son bien distintas y merecen una diferenciación”, añadió. En este contexto, dijeron que el Concejo Deliberante “ha escuchado a vecinos de Chillar y Azul, que dieron cuenta de sus investigaciones y contactos con otros ciudadanos de otros lugares de la Argentina y de otros países”.

La visión de una especialista

Desde 1990, Silvina Lupiáñez es despachante de aeronaves en el aeropuerto de San Fernando. Desde ese entonces, se encarga de preparar desde el momento cero y presentar planes vuelo ante las autoridades: por ejemplo se ocupa de la meteorología en la salida, en la ruta y en el destino de cada vuelo, también en las alternativas de vuelo, del cálculo de combustible, del cálculo de la tabla de peso y balanceo del avión, entre otras actividades.

Para Lupiáñez, no hay mucho que aclarar. “Son nubes de hielo que se forman por condensación de vapor de agua cuando la atmósfera está fría y húmeda. No hay mucha más explicación, es una cuestión físico-químico”, aseguró.

“Nadie va a salir a rociar con un avión a esparcir un producto para intoxicar a la población, menos que menos un avión comercial que vuela una altura de a 12.000 metros y una gran velocidad, es imposible. Por ejemplo en una ruta de San Fernando a Comodoro Rivadavia, pasan por la vertical de Azul con 40.000 pies, que equivale a 12.192 metros de altura y aproximadamente van a 450 nudos (834 km/h). Es una desinformación total pero si uno le enviá una explicación técnica, no la entienden. Con los ambientalistas vamos a tener que lidiar por mucho tiempo”, cerró.



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