Tenía 22 años, estaba embarazada y su novio la mató para que no tuviera a su bebé: “La reventó por dentro”



Julieta Mena tenía 22 años cuando Marcos Mansilla, su pareja, la asesinó a golpes en el baño de su casa de Ramos Mejía en la madrugada del 11 de octubre de 2015. Una negligencia en la investigación dejó el celular de la víctima en poder de la familia que así, después del crimen, descubrió que estaba embarazada de dos meses y medio y también el móvil que desató la tragedia. “Él quería que abortara y ella quería tener a su bebé”, dijo a TN Marcela Morera, la mamá de Julieta, y remarcó con tristeza: “La reventó por dentro”.

Desde entonces, cada Día de la Madre se convirtió para ella en una fecha difícil de sobrellevar. El domingo 16, a siete años del femicidio de su hija, volcó su tristeza y su impotencia en las redes sociales. “Si hay alguien a quien hoy quisiera desearle Feliz Día es a July. Sé que hubiera sido una madraza si no le hubieran quitado el derecho a vivir, tanto a ella como a su bebé”, escribió.



Tras su detención, Mansilla negó haber asesinado a su novia. En cambio, ante el fiscal de La Matanza, Carlos Arribas, declaró que había encontrado a Julieta ya muerta cuando llegó a su casa y que escapó porque se asustó. No obstante, su intento por despegarse del hecho no alcanzó para esquivar el castigo. En 2017, el Tribunal Oral en lo Criminal N° 5 lo condenó a prisión perpetua. “La reventó por dentro”

En diálogo con este medio, la mamá de Julieta contó que cuando ocurrió el crimen su hija había conseguido trabajo en una pizzería y terminaba su horario cerca de la medianoche, por lo que ella o su pareja, papá del corazón de la víctima, solían ir a buscarla para evitar que anduviera sola de noche por la calle. “Siempre pensando en los riesgos del afuera”, señaló, y dejó la frase en suspenso.

La noche de la tragedia no fueron a buscarla porque Julieta iba a ir al cumpleaños de su suegra. Hablaron por teléfono con ella un rato antes de que saliera y se quedaron tranquilos porque Marcos ya estaba ahí, esperándola, para ir juntos a su casa. Fue la última vez que escuchó la voz de su hija.

La autopsia después puso en palabras el salvaje ataque que sufrió la joven en el interior del domicilio ubicado en Pasco al 200. Los golpes de Mansilla habían provocado el estallido del hígado y los riñones de Julieta, y las marcas en sus antebrazos demostraron que trató hasta el último aliento de defenderse de su agresor.



“La golpeó con saña en la panza y en los genitales”, sostuvo su mamá. Para ella, al igual que para los peritos que participaron en el caso, los lugares en los que el femicida concentró su furia no fueron casuales, sino que dejaron en evidencia su intención de provocarle un aborto a su pareja. “Le pegó con unos zapatones con punta de acero”, agregó.

Adicciones y celos obsesivos

“Mansilla vivía al lado de la casa de mi pareja”, contó Marcela, que se había separado del papá de Julieta poco después de que ella naciera, y ensambló después su familia con la de Mario, quien ya tenía dos hijas de una relación anterior. Y añadió: “Mi marido lo conoció (a Mansilla) desde que estaba en la panza de su madre”.

Así, las tres hermanas tuvieron relación con el homicida desde muy temprana edad, pero con los años empezaron a alejarse de él “porque había cosas que no les cerraban, como su adicción a las drogas”. Todas se alejaron, menos Julieta. “A ella Marcos le gustaba, no había cómo ir en contra de eso”, explicó.



Julieta se puso de novia con Mansilla en contra de la opinión de su familia y a medida que fue pasando el tiempo el recelo inicial que sentían por esta relación se transformó en una auténtica preocupación. “Él no quería que ella estuviera con nadie, la alejó de nosotros, de sus amigas”, enumeró la madre, que está convencida, además, de que su hija dejó de estudiar también por los celos obsesivos de su pareja.

“Ella quería seguir la carrera de Recursos Humanos y había hecho el ingreso a la facultad de La Matanza en tres oportunidades”, apuntó Marcela. Sin embargo, cuando por fin logró entrar, abandonó todo. “Fue justo el mismo año que empezó a salir con Mansilla”, advirtió.

Las compañeras del trabajo de Julieta declararon en la misma línea. Durante el juicio aseguraron que él era “muy controlador” y que “la volvía loca” cuando estaba en la pizzería.

“July cuidate, no vas a quedar embarazada”

“Lo que Julieta mayormente padeció fue violencia psicológica”, manifestó a TN su mamá, que antes del crimen una sola vez le había visto a su hija una marca en el cuerpo. “Parecía la marca de un ‘agarrón’ fuerte en el brazo”, dijo Marcela.

“Le pregunté si él le había pegado y me dijo que se había golpeado con un picaporte”, manifestó sobre aquel momento. Pero la respuesta no la convenció y, ante la insistencia de sus preguntas, Julieta terminó contando que Marcos le había pegado. “Yo me lo merecía”, recordó Marcela que le dijo su hija, y lamentó: “Estaba muy manipulada, creía que él iba a cambiar”.

Marcos Mansilla ya era papá de una nena cuando empezó a salir con Julieta, pero nunca se había hecho cargo de la criatura. Por esto, o tal vez fue un presentimiento de la tragedia que estaba por venir, unos días antes del crimen Marcela le hizo una advertencia a su hija: “July cuidate, no vas a quedar embarazada que te vas a tener que ocupar vos sola”. Marcela no lo sabía en ese momento, pero su hija ya estaba esperando un bebé.

“Él quería que abortara”

“A los dos días del crimen me cita el fiscal y me dio la noticia”, indicó la mujer, y evocó apesadumbrada: “Fue como un bombazo de agua fría”. Esa fue la bisagra a partir de la cual las piezas sueltas de tanto horror encajaron de golpe. “La policía por error nos dio el teléfono de July a nosotros en lugar de dárselo a la Fiscalía”, sostuvo Marcela. Los mensajes que encontraron en el aparato entre Julieta y Mansilla le dieron las respuestas que buscaba.

“Vimos mensajes en los que hablaban del embarazo”, contó la mamá de Julieta, que después entregó ella misma el celular a la Justicia. “Él quería que se hiciera un aborto y ella no quería. Julieta era una piba de familia, soñaba con tener hijos”, afirmó. Mansilla se escapó después de matar a Julieta, pero no pudo llegar muy lejos. “Su familia lo entregó y testificó en contra de él en el juicio”, resaltó Marcela.

El juicio, la condena y la mirada soberbia

En abril de 2017, a un año y medio exacto del femicidio de Julieta Mena, los jueces determinaron que Mansilla fue autor de homicidio calificado por el vínculo y aborto, ambos en concurso real de femicidio, y lo condenaron a prisión perpetua.

En el fallo, consideraron como agravante “la potencial peligrosidad de Mansilla por atentar contra su propia descendencia”. Otro de los puntos destacados fue el “trato cosificante” que el condenado tenía en la relación con la víctima.

Pese a todo, Mansilla nunca reconoció su responsabilidad. “No me bajó la mirada en todo el juicio”, subrayó Marcela en diálogo con este medio, actitud que calificó como “soberbia”. “No sé de qué se enorgullecía, de haber matado a su hijo y a una chica”, cuestionó.

Tras la condena, Mansilla fue trasladado al penal de Melchor Romero para tratar su adicción a las drogas. “Lamentablemente, sigue en ese lugar, después de siete años ya debería estar en una cárcel común”, apuntó Marcela.

Atravesados por el femicidio

Con 22 años de recuerdos compartidos guardados en el corazón, la mamá de Julieta cuenta que a pesar del paso del tiempo no pudo desprenderse de muchas de las cosas que pertenecían a su hija. “La ropita del bautismo, su vestido de 15, todos sus peluches”, enumeró. Con todo, sigue siendo una lucha diaria convivir con su ausencia.

“No es natural sobrevivir a un hijo”, expresó. Su familia fue el pilar que la sostuvo desde entonces, así como la posibilidad de ayudar a otros a atravesar situaciones similares a la que ella sufrió. Así nació Atravesados por el Femicidio, la organización que fundó el 12 de enero de 2018 junto a un grupo de familiares de víctimas, en la que encuentran contención unas 200 familias en todo el país.

Sobre el rol de la ONG, detalló en otra entrevista: “Ayuda porque estás conteniendo, dejás tu dolor al costado para abrazar a otra mamá, o a otro familiar que sufre. O le ayudás a allanar un camino con un trámite. Es una forma de, no sé si de sanar, nada sana del todo, pero por lo menos calmamos un poquito el dolor”.