Un albañil mató a una mujer y luego ejecutó a otras 3 para no dejar testigos



La fría letra jurídica dice que el 12 de agosto de este año, la Corte Suprema de Justicia de la Nación rechazó por inadmisible el recurso extraordinario de inaplicabilidad de ley presentado por la defensa y, así, marcó el punto final del expediente en el que el acusado estaba condenado a prisión perpetua desde 2014. La memoria de los familiares y amigos de las víctimas, en cambio, evoca de otra manera el horror que se desencadenó en el departamento 5 del PH de la calle 28 entre 41 y 42, en La Plata entre la noche del sábado 26 y la madrugada del domingo 27 de noviembre de 2011.

Allí fueron asesinadas a golpes y cuchilladas Susana de Bártole, de 62 años; su nieta, Micaela Galle, de 11 años; la madre de la niña, Bárbara Santos, de 29, y una amiga de la dueña de casa, Marisol Pereyra, de 35, que circunstancialmente había ido a visitarlas la noche del 26 de noviembre de 2011. Pasó a la historia del crimen argentina como “El cuádruple femicidio del barrio La Loma”, y terminó con un solo condenado como autor de la masacre: Javier Edgardo Quiroga, alias La Hiena.



Es un caso cerrado, pero para los deudos, las dudas nunca resueltas mantienen la herida abierta: no discuten la situación de Quiroga –incriminado por la presencia de su ADN en la escena del crimen y en el palo de amasar y el cuchillo usados para ejecutar a las víctimas–, pero sostienen que él no pudo haberlo hecho solo (el fiscal Álvaro Garganta sostuvo que fueron al menos dos); nunca dejaron de sospechar del papel de Osvaldo Martínez, “el Karateca”, que mantenía una relación sentimental con Bárbara Santos, que pasó medio año preso, al inicio de la investigación. Cuestionan que ni siquiera se haya descripto cuál fue el móvil del cuádruple homicidio.

Pero para la Justicia bonaerense, que juzgó a ambos, sentenció a uno y absolvió a otro, y confirmó el fallo en cada instancia en los estrados provinciales, las cosas quedaron claras.



Quiroga, que era albañil y plomero y conocía la casa, porque recientemente había realizado allí trabajos de refacción, mató a De Bártole en el recibidor de la casa y le dejó un cuchillo Tramontina clavado en el cuello; hasta hacía un rato habían estado tomando mates. Consumado ese primer crimen, asesinó al resto de las mujeres que había en la casa: a Micaela (que tenía 11 años, vio cómo habían asesinado a su abuela e intentó hacer dos llamadas para pedir auxilio: a una prima, que no llegó a atender, y a la policía, aunque discó 9111 y dio equivocado, a las 0.07 del domingo); a Santos –que terminó en medio de un charco de sangre, entre el baño y el living, y estaba desnuda, porque se había estado duchando y se presume que salió cuando escuchó gritos–, y Marisol, que apareció en el lugar menos indicado en el momento más inoportuno, cuando sus amigas ya estaban muertas.



En concreto: tras el primer homicidio, cometió el resto para no dejar testigos de su faena criminal. Quiroga, a quien sus amigos le decían La Hiena por la forma descomedida en la que se reía cuando estaba bajo los efectos de la borrachera o del cannabis, fue condenado por un homicidio simple y tres homicidios criminis causae, según resolvieron, por unanimidad, los jueces del Tribunal Oral en lo Criminal N°3 de La Plata. También por unanimidad, absolvieron al Karateca Martínez.

La investigación y el juicio dejaron esquirlas. Hay dos testigos que enfrentarán sendos juicios acusados de falso testimonio agravado: el remisero Marcelo Tagliaferro, que llevó a Marisol Pereyra hasta la puerta del PH del barrio La Loma y dijo haber visto salir de allí al Karateca Martínez con el torso desnudo, a la madrugada del 27 de noviembre de 2011, horas después del crimen, y Patricia Luján Godoy, vecina de Martínez, afirmó que lo había visto bajar de un auto desconocido esa misma madrugada.

Hay un dato singular: Martínez fue el primer detenido del caso (el fiscal Álvaro Garganta creía que había actuado movido por celos enfermizos hacia su novia, Bárbara), y estuvo seis meses preso, aunque el resultado negativo del ADN lo excluyó, eventualmente, de la escena del crimen.



Pero cuando fue detenido, en mayo de 2012, Quiroga declaró y reconoció haber estado en el PH “para hacer un trabajo”, pero acusó a Martínez de haber cometido el cuádruple crimen. Dijo que él fue testigo de esa faena, escondido detrás de un mueble, y que luego El Karateca lo obligó a dejar sus huellas y su rastro genético (incluida su saliva en una bombilla de mate) en toda la escena.

Análisis de la mente homicida y de su rastro en la escena

La escena de un crimen es mucho más que un simple lugar donde se encuentra evidencia acumulada. Para los peritos en Criminología Forense y para los especialistas en técnica de Perfilación, allí hay información que incluye aspectos de la personalidad del agresor, sus habilidades y experiencia previa, e indicios de cómo percibe y cómo responde ante ciertos estímulos. Además del qué y quién, el análisis de la conducta criminal busca conocer el por qué y para qué de ese modo, con esas víctimas y en ese momento.

El mapa mental comprende el esquema cognitivo que el agresor tiene del lugar del hecho e indica que ciertos grados de destreza y desplazamiento en la escena del crimen obedecen a que esa locación no le es del todo ajena o porque ya la conocía en detalle. Como se dijo, la Hiena Quiroga había trabajado en la casa de De Bártole.

Muchas veces, la rapidez y precisión con que se ejecutan estos actos criminales indican que el asesino pudo estar con un estado de conciencia alterado en más, probablemente de hiper lucidez y vigilancia por el uso de alguna droga que también hace que distorsione a las personas y al cuerpo que las sostiene, porque lo que hace, en definitiva, es despersonalizarlas con las mutilaciones y lesiones de gravedad con las que las abandona. Por eso, esos cuerpos, en ese momento, son tratados como objetos sin mediar una lógica que no sea la de la violencia criminal, pudiendo convertir la fantasía previa en acción, pero de un modo exuberante.



Ahora bien, este fue el detalle de las lesiones de las víctimas descripto en el informe forense:

Susana de Bártole tenía 12 heridas punzocortantes: cuatro en la zona cervical, tres en el cráneo, una en el rostro y el resto, esparcidas a lo largo del cuerpo; además, estaban las lesiones provocadas con el palo de amasar.

Bárbara Santos tenía 30 heridas cortantes –tres, en el rostro– y lesiones con el palo de amasar.

Marisol Pereyra tenía ocho heridas cortantes: cuatro en el cuello y cuatro en el tórax.

Micaela Galle recibió 23 puñaladas: 11 en la axila derecha, 11 en el tórax y otra en la axila izquierda.

En total, las víctimas recibieron 73 puñaladas. Hubo típicas manchas de sangre estáticas, de goteo; pero la mayoría fueron dinámicas, con una forma y dirección particular: salpicaron paredes y ventanas, reflejando la velocidad con que salieron como disparadas dependiendo de la zona de la lesión. Por ejemplo, en los casos de degüello, de un lado las manchas hemáticas se presentan en forma de spray y del otro, con un goteo profuso.

Por el “Principio de intercambio de Locard”, y en distintas escenas donde la sangre es la marca principal de la acción del asesino, las manchas hemáticas también alcanzan su cuerpo y su ropa, así que muchas veces suelen sacársela o intercambiarla por otra para poder desplazarse hasta un lugar seguro. Algunos lo hacen en un auto para no arriesgar la posibilidad de que esto sea notado por transeúntes si la luz les juega en contra. Una vez en su casa, estos agresores quizás no tengan que dar explicaciones de las manchas de sangre de su calzado, porque podrían vivir solos o saber que lo estarán cuando lleguen.

En el caso de La Hiena Quiroga, aunque sintiera que no tenía nada para perder, no dejaría nada librado al azar. Esto explica su escape efectivo y una eventual planificación, pero no las manchas de saliva con ADN indubitables que dejó en ciertos lugares de la escena del crimen y que sirvieron para poder cotejarlas con él el día de su captura.

El fallo del TOC N°3 señaló que había ADN del albañil en la cuchilla y en el palo de amasar usado para golpear a Bárbara Santos, en las uñas de Marisol Pereyra y Susana de Bártole y en los lugares donde las cuatro mujeres fueron agredidas.

El significado de las lesiones y las posiciones de los cuerpos

La multiplicidad de lesiones y su destreza en provocarlas habla de alguien que no era ajeno al uso de cuchillos: al contrario, para él podrían ser la mejor opción. Probablemente tampoco era ajeno al uso de drogas, lo que explicaría que, al menos durante la comisión del asesinato, pudo dar rienda suelta a la falta de cordura en tan poco tiempo.

La cantidad de víctimas, su efectividad y el tiempo que le tomó derribar a tres mujeres y a una nena son el reflejo de esa capacidad y conocimiento previo de la vivienda. Sabía la cantidad de mujeres que habitaban esa casa y dónde buscarlas en cada rincón, aunque quisieran esconderse o encerrarse.

Aunque su método de aproximación a las víctimas haya sido el engaño, y el punto de contacto con ellas representaba una zona de confort, porque la había recorrido con anterioridad, no debe haber sido fácil si hubiese estado alguien ajeno a la familia. Pero al final esto no sumó ni restó, no lo hizo dudar, porque fue consciente de sus habilidades, su supremacía física y porque decidió que, a nivel costo-beneficio emocional, valía la pena correr tan alto riesgo al matar a Marisol Pereyra, una víctima de oportunidad por estar en el lugar y momento equivocado.

El asesino en masa es aquel que mata a más de tres personas en un mismo escenario. A ellos les atraen las locaciones, y quienes están ahí simbolizan algo que él necesita aniquilar, a veces para aleccionar, para reivindicarse o porque tiene una misión.

Si es organizado, suele matar según un orden de prioridades, porque es consciente de su capacidad de controlar la escena y a las víctimas. En este caso, la escena obedece a una escena mixta, por más desorden que presente. Muchos se dejan llevar por el frenesí, pero la abundancia de sangre, las cuatro mujeres y el cómo hacer en un espacio pequeño dan registro de una motivación sexual por la posición final, francamente sexual, en que dejó a una de las víctimas, aunque no haya evidencias de acceso carnal, y por el contexto de lujuria homicida de la escena en general.

En un principio pudo ayudarse con objetos contundentes para hacer caer a las víctimas de un modo rotundo –con el palo de amasar o una pava–, pero es su predilección por un destornillador que punza, o las armas blancas que cortan lo que hace que logre obtener esa cantidad de sangre en 73 lesiones. Puede haber una necesidad psicológica que busca expresar, quizás para contrarrestar una baja autoestima e inseguridad en su trato habitual con las mujeres en general. Hoy este hecho probablemente sea caratulado como femicidio en masa.

Así como impresiona la destreza con estos elementos, también lo hace el conocimiento de su ubicación: se valió de objetos que suele haber en todas las casas, pero que él convirtió en armas de oportunidad porque estaban fácilmente a su alcance.

La profundidad, ubicación e intensidad de las lesiones provocadas antes y luego de la muerte poseen un significado expresivo e instrumental. Las instrumentales son las que provocan la muerte, son necesarias para la comisión del delito o para controlar a las víctimas. Pero las localizadas en lugares como rostro, pechos, nalgas, genitales e inmediatos alrededores tienen un significado para el agresor que se traduce en una penetración sexual simbólica que lo sobrepasa. El “para qué” de matar así a esas víctimas alivió su tensión.



Cortar, punzar o pinchar en zonas específicas y erógenas del cuerpo para incrementar la excitación sexual se denomina “piquerismo”, es decir, un modo paralelo al habitual para obtener placer. No siempre está asociado al sadismo criminal, porque hay casos documentados donde las heridas fueron hechas con las victimas inconscientes o luego de su muerte, porque no era necesario “escuchar y observar su sufrimiento”. A esto se lo llama “necro sadismo”.

En los asesinatos en masa, la posición en la que el asesino deja a las víctimas es de vital importancia. A veces, algunas son dejadas tal como caen al suelo, pasando a ser escenas denominadas puras, o simplemente son corridas del camino, porque son de menor “categoría”. Son aquellas víctimas a las que el asesino les dedica tiempo extra en la escena, incluso después de muertas, las que le despiertan un especial interés y contienen datos de lo que estuvo o no estuvo dispuesto a hacer.

Que ha sido observada y elegida por él en un proceso previo es categórico –además de la dinámica del ataque, que es indiscutible– cuando comienza frente a frente y la víctima muere, pero luego la víctima es acomodada para satisfacción del asesino, en una franca posición sexual. Esta es la posición final que se observó en una de las víctimas: en una “pose” sexual. A esa muerte en especial se la puede categorizar como un homicidio sexual, por el tiempo extra que se tomó para esta acción, solo con esta mujer.

Frente a escenas así, el principio de intercambio de Locard no solo rige para las ropas, heridas defensivas o la piel de los agresores, sino también para su psique, porque luego de una respuesta violenta de estas características quedan emocionalmente exhaustos.