Un comisario, una amante adolescente y 40 años de mentiras


Vivían en el mismo edificio, en Villa Lugano. Victorina arriba, con su marido y sus hijos; su mamá abajo, sola. Las separaba apenas un piso pero Victorina nunca bajaba sin avisar.

Esa noche de septiembre de 2020, sin embargo, llamó a su mamá y le pidió que le abriera. Era tarde y ya en el marco de la puerta, Victorina y su hermana la saludaron con incomodidad. La mujer se puso nerviosa pero no se sorprendió con la visita: estaba acorralada, ya lo sabía.



“Nos estaba esperando”, cuenta Victorina Polimeni a Infobae. Alguien le había avisado que ella, la menor de sus hijas, había estado haciendo demasiadas preguntas y, como muñecos de arena seca, los recuerdos que la mujer había inventado durante más de 40 años habían empezado a desmoronarse.

“Yo le había estado preguntando a mis tías si habían visto a mi mamá embarazada, y todas me habían dicho ‘si, si, si’: 42 años y seguían sosteniendo la mentira”. Era 13 de septiembre, plena pandemia, cuando la mujer miró de frente a sus hijas y les preguntó: “¿Qué quieren saber?”.



No hizo falta que las hermanas explicaran demasiado, porque “enseguida dijo ‘lo que ustedes vienen a preguntar es verdad’, y se puso a llorar”, cuenta y se nubla Victorina. “En ese momento se me cayó el mundo, tres días antes me había contado hasta los antojos que había tenido en el embarazo”.

La enfermedad que marcó la ruta

Hasta la primavera de 2020, Victorina creía que había tenido “una vida normal, transparente”. Aquella mudanza de la niñez de Pompeya a Canning no tenía objeciones en su recuerdo, tampoco el relato que su mamá repetía: “Sos igualita a tu papá, lástima que no heredaste los ojos verdes de la abuela Victorina”. Tenía una madre amorosa, lo mismo que su hermana. Había tenido, además, un padre adorado.



Fue una enfermedad, en 2017, cuando ya tenía 38 años y tres hijos, la que le marcó el camino. Su papá acababa de morir y en el sótano del duelo, Victorina había empezado a sentir que la piel de sus manos y de sus piernas se estaba acartonando. El diagnóstico dijo el resto: tenía una enfermedad llamada esclerodermia sumada al “fenómeno de Raynaud”.



“El cuerpo genera una sobreproducción de colágeno que afecta principalmente a la piel, que se va acartonando, endureciendo. Las manos se te van transformando en garras, no podés abrir la boca, la piel se te va haciendo como de cuero. En mi caso, además, cuando hace mucho frío o ante situaciones de mucho estrés deja de irrigar bien la sangre hacia los dedos, en los casos más graves eso termina en amputación”.



Victorina pasó los años que siguieron tomando 13 pastillas por día y empantanada en un duelo desmadrado. Hasta que en la quietud obligada de la pandemia decidió sumar una terapia complementaria al tratamiento de su enfermedad. Con la idea de entender por qué se había vuelto de cuero, impermeable, eligió biodescodificación. Para empezar, la terapeuta la mandó a reconstruir su árbol genealógico.



“Tardé semanas y no había forma, no podía terminar de armar el árbol”, recuerda. Fue en ese contexto que llamó a su mamá y a su hermana para pedirles ayuda. Su mamá le contó hasta el antojo de tarta de manzana que había tenido durante el embarazo. Su hermana, en cambio, le contestó: “Hay algo que tengo que decirte, aunque ya te lo dije hace 5 años. Creo que ahora sí estás preparada para escucharlo”.



¿Cómo que ya se lo había dicho? ¿qué? ¿Desde cuándo la piel de cuero no había dejado entrar la duda? Su hermana se lo reveló en cuentagotas: primero dijo “yo no creo ser hija de mamá y papá”. Victorina se sorprendió, y repitió el recuerdo inventado que le habían instalado, como un chip, desde la infancia: “Pero si vos sos igual a mamá y yo soy igual a papá”.



Antes de cortar el llamado su hermana le hizo un pedido final: “Googleá a la partera”. Victorina lloró por la tristeza de su hermana pero no terminó de entender lo que estaba pasando. “Esa misma noche me puse a investigar, pensé ‘le voy a demostrar que está equivocada’”.

Bastaron tres movimientos breves para darse cuenta de que la equivocada era ella.



Victorina buscó su partida de nacimiento: aunque habían nacido con un año y medio de diferencia, era idéntica a la de su hermana. A la vez, mandó un mensaje por Facebook a la Clínica San Camilo, donde se suponía que había nacido. “Imposible”, le contestaron. Ella había nacido en 1978 y la maternidad había dejado de funcionar en 1975.

Recién ahí googleó a la partera que, casualmente, era la misma que figuraba en la partida de su hermana: Gregoria Agra de Pasini. Lo primero que apareció fue una nota publicada unas semanas antes llamada “Las parteras del horror”.

La nota hablaba de una red de profesionales que operaba en domicilios particulares y se dedicaba al tráfico de bebés. A veces sólo ubicaban “hijos bastardos”, otras los vendían. Tenían, claro, contactos, porque todos esos hijos viven hoy con partidas de nacimiento falsificadas.

Detective de mi propia vida

Durante los dos meses que siguieron Victorina, todavía desencajada, habló con amigos de la familia, tías, con la ex esposa de su papá. Nunca había tenido sospechas y, de repente, su vida entera estaba bajo un signo de pregunta.



“¿Pero ustedes no sabían que eran adoptadas? Todo el mundo sabía que tu papá no podía tener hijos”, le repetían. Victorina hace comillas con los dedos sobre la palabra “adoptadas”, porque ya sabe la diferencia entre la “adopción”, que es legal y la “apropiación”, que es ilegal e incluye el delito de sustitución de identidad.

Las versiones también coincidían en que su papá la adoraba, por lo que fue difícil adaptarlo a la idea que tenemos de “apropiador”. Que la había recibido tras un llamado que había llegado dos meses antes de lo previsto. Que, como no habían llegado a comprar la cuna, pasó la primera noche entera con ella en brazos. Que hasta que Victorina aprendió a succionar, él humedecía una gasita en jugo de naranja exprimido y se la apoyaba en los labios.

Hay un detalle oscuro, sin embargo, en ese recuerdo cálido. Victorina era prematura y pesaba 1,750 gramos. En una situación normal debería haber estado internada, pero estaba en casa, en una incubadora casera hecha con bolsas de agua caliente y una balanza: sin papeles, en una clínica habría saltado la verdad.



“Yo nunca había sospechado pero sí había sentido cosas que no podía explicar. En los tres partos de mis hijos sentí un terror en el cuerpo incomprensible. Me subía la presión, me descomponía, lloraba desconsoladamente, no dilataba, no podía parir. Es como que no los quería soltar”.

El miedo era a que madre y bebé terminaran separados en el instante posterior al nacimiento.

Fue con toda esta información que Victorina y su hermana fueron a hablar con su mamá. “Dos personas, además, me habían asegurado que la mudanza a Canning había sido intempestiva, que nos habíamos ido de un día para el otro porque una de estas mujeres estaba extorsionando a mi papá con nuestros casos”.

Aquello de “vos te parecés a papá y vos a mamá” ya era un recuerdo desbaratado, también las otras mentiras, como el antojo de tarta de manzana. Su mamá, acorralada, dijo “es todo verdad” y contó lo que sabía.

Que habían ido a buscarla un domingo helado al barrio de Vélez Sarsfield, en la Ciudad de Buenos Aires. Que la entrega la había hecho una enfermera conocida y que en el departamento había otra mujer (por la descripción creen que fue la partera Agra de Pasini, porque le decían “la gorda”) que había hecho la parte administrativa.

“Me dijo ‘te entregaron envuelta y sucia, eras muy chiquita, prematura. Yo pregunté qué había pasado con tu mamá, porque yo accedí a todo esto por el amor que le tenía a tu padre. Primero me dijeron que esas chicas llegaban a escondidas, mentían, parían, dejaban a los bebés y se iban’. Después le contaron que yo era hija de un comisario que había dejado embarazada a una amante, que era menor de edad”.

Era una “beba bastarda”, es decir, una hija nacida de una unión ilícita, fuera del matrimonio: situaciones que, en esa época, se resolvían en estos consultorios clandestinos, con abortos o con la entrega de los recién nacidos aprovechando la vulnerabilidad de las madres adolescentes.

Confesó, también, que al tiempo le dijo a su marido: “Carlitos, a las nenas hay que decirles la verdad”, pero que hicieron una consulta con un pediatra conocido que les dijo “no, es una locura, si se enteran van a sufrir el doble abandono’”.

Nadie había vuelto a hablar del tema.

Desde entonces Victorina forma parte del grupo “Por nuestra identidad” -que agrupa a los hijos apropiados por las parteras Gregoria Agra de Pasini, Ofelia Pintos Lemos y Rosa Martines de Poggi, las tres fallecidas- e investiga por su cuenta, de una forma artesanal.

Por un lado, busca lo mismo que todos los hijos apropiados fuera de las garras de la última dictadura militar, que se calcula son más de tres millones: que se sancione una ley nacional que, entre otras cosas, establezca la creación de un Banco de Datos Genético para que puedan hacerse un ADN y recuperar sus orígenes biológicos (el de Abuelas de Plaza de Mayo contempla solo los casos de lesa humanidad).

Por otro, busca las ramas que le faltan a su árbol genealógico.

“En todo este trabajo emocional que hice acepté que tengo lugar para mis cuatro padres, más allá de la historia que haya detrás”, cuenta y llora como una niña, sin consuelo, con puchero. Después traga, respira, se despide:

“Busco a mi mamá para saber por qué nos separamos, qué fue lo que nos pasó. Pero también la busco como símbolo de mi familia. Para mí representa volver a casa, quiero decirle ‘mamá, volví’”.