MADARIAGA: La ciudad fue tapa de la Revista Lugares

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Una vez por mes se edita la Revista Lugares y se comercializa en los kioskos o con el diario La Nación. Su objetivo es simple: recorrer ciudades o sitios para promocionarlos.

CNM accedió a la versión digital en donde se hizo un recorrido por Madariaga y se promocionaron los atractivos.

Tal vez se parece a otras tantas ciudades pequeñas y algo anónimas de la provincia de Buenos Aires, pero si a General Madariaga se la observara con un dron o desde un edificio muy alto -que aquí no hay, salvo la carcasa del Coccari, una mole de 16 pisos y 60 departamentos del centro que quedó abandonada sin terminar- se notaría que hay una diferencia sustancial: el ejido urbano no tiene una plaza principal, tiene dos: con el mismo estatus, casi la misma antigüedad y el mismo tamaño. A una, la General Juan Madariaga, la rodean la escuela número 2, la municipalidad, el correo y la terminal. A la otra, la General San Martín, la escuela número 1 y la iglesia. Sólo cuatro cuadras las separan. ¿La razón? Sucede que el pueblo se formó en dos loteos distintos y, antes de llamarse Madariaga, tuvo otro nombre: Divisadero. Su fecha fundacional es el 8 de diciembre de 1907 y cada año se celebra con fervor en la popular Fiesta Nacional del Gaucho.

RITOS, PERSONAJES

General Madariaga es el único centro poblacional del partido del mismo nombre; tiene 30.000 habitantes y está a 30 km del mar. Sin embargo, miles de autos por día, y mucho más en verano, pasan de largo por la ruta 56 en su camino a "la Costa" sin considerar una parada en esta localidad. Whats-App-Image-2022-01-07-at-08-57-24Muy pocos viajeros lo hacen, quizás intimidados por el gigantesco cristo redentor de su entrada, o tal vez porque siempre se mantuvo así esta localidad, silenciosa, sin hacer mucho aspaviento de sus singularidades.

Lo cierto es que aquí hay algunas cuestiones que son innegociables: el gauchaje -¡hay que ver el lío que se armó cuando cambiaron la foto del gaucho de las publicidades de Madariaga!-, los artesanos, los bailes en el Club El León, una vuelta por la calle Avellaneda, el poeta y músico Argentino Luna, orgullo local, y sacarse la foto de bodas en el centena rio tala que está al lado del registro provincial de las personas. "Si no te sacaste una foto en el tala, no te casaste", baja línea una madariaguense.

No faltan personajes aquí; de todos ellos, quisimos ir en busca de Hugo Gassioles. Además de ser uno de los plateros criollos más re levantes, tiene una anécdota de viaje insuperable: cruzó a caballo el 1094 continente, desde Madariaga hasta Manhattan; la épica demandó casi cuatro años. "La idea nació como un juego de borrachos, en un asado con amigos", reconoce. Pero, en lugar de desecharla, tomó la decisión de llevarla a cabo. Consiguió los caballos -Nahuel, Lucero, Argentino y Pampero- y partió, en otoño de 1993, rumbo a Nueva York, para luego desandar los 18.000 kilómetros que separan ambos destinos.

Al principio, Gassioles es algo reticente a hablar de esa experiencia (lo cierto es que caímos en medio de su jornada de trabajo), pero al rato trae una caja de fotos que revisamos sentados en el piso de madera de su precioso taller El Mojón.

Otros nombres de personajes pasados o actuales de Madariaga van apareciendo con las horas. Cosme Martino, por ejemplo, que fundó un club y tuvo el almacén en el que orbitaba la vida del pueblo; hoy esa esquina sigue siendo clave, alberga el mejor restaurante local y es el único, además, que siempre está abierto: Mil Copas.

Don Juan Echandi era el gaucho arquetípico de Madariaga. "Un hombre que nació y murió bueno”, lo describe un hombre que tiene un boliche en el Paraje Juancho (ya vamos a llegar ahí). La Nena Silva es dueña de Mon Petit, la primera boutique del pueblo -aún hoy abierta-, y supo organizar desfiles multitudinarios en el Club León. O Jorge Böhm, el fotógrafo nudista y vegetariano -hay una muy buena muestra de su obra en el museo histórico-, que todos los veranos instalaba su casilla de fotos en Ostende, lo que le valió el título de "primer fotógrafo de la costa".

E incluso Mauro Rossi, nuestro anfitrión en La Bodega Espacio Rural, es un gran personaje: un expaisajista en barrios cerrados que se reconectó con sus raíces camperas y hoy tiene un programa de televisión sobre el tema llamado Galopando nuestros pagos.

KIWIS Y TRENES

Madariaga puede tomarse como punto de partida para llevar a cabo varios recorridos. Por un camino de tierra enfilamos hacia el pequeño pueblo Macedo, donde viven apenas 35 familias. Este número crece notablemente en mayo, cuando muchos llegan como trabajadores golondrina desde Mendoza para levan tar la cosecha de kiwi. En la zona primero se trabajó la manzana -allí estaba asentada la fábrica de sidra La Victoria-, luego el durazno y, finalmente, el fruto originario de China cuya planta, si crece de manera silvestre, lo hace como lo que es, una hiedra, la misma que los neozelandeses supieron poner en valor. Whats-App-Image-2022-01-07-at-08-56-05-2 

El dueño actual del kiwal es un italiano, que también tiene plantaciones en Verona y Bérgamo. "Queríamos plantar en la contraestación de Europa; casi todo lo producido, unos 300.000 kilos, se exporta", cuenta Federico Olivieri. Después de recorrer las hileras de las trepadoras, nos quiere mostrar un proyecto nuevo que lo entusiasma: en una finca cercana plantó vi ñas de uvas tintas Pinot Noir, Petit Verdot y Tannat. No tiene idea de qué puede salir de este experimento, pero se tiene fe: toda la vida vivió en el campo.

En Macedo también se encuentran la Capilla del Buen Pastor, un almacén de 1925 -La Victoria- que se tiene en carpeta restaurar, y cerca de allí sale un camino que lleva a la estancia La Florida, donde nació Argentino Luna y su madre era cocinera.

De regreso pasamos por Paraje Juancho, adonde muchos ciclistas llegan pedaleando desde Pinamar. Destaca la vieja estación de tren, que brilló en los albores de Ostende y de Villa Gesell; allí se apeaban los primeros veraneantes, que luego eran llevados en carretas hasta los balnearios. Se rumorea que en este paraje van a hacer un museo ferroviario y que hasta hace unos años funcionaba una casa de té.

A pocos metros se encuentra un auténtico boliche de campo, atendido por un matrimonio de puesteros desde hace más de 30 años, pero que tiene más de un siglo de historia. Antaño era habitual que peones y estancieros se congregaran en su salón a tomar un trago y jugar a las cartas. Hoy se dedican, sobre todo, a la venta de algún cuero, pero dicen que andan con ganas de re tirarse. En el medio del boliche hay una cama con un cubrecama de Boca. "Es que cuando los perros torean, por las dudas me quedo a dormir acá", dice el señor.

EL TUYÚ

El Museo Histórico del Tuyú es un lindo paseo, especial mente porque está dirigido por una mujer apasionada como es Luciana Balbín. Ubicado en la vieja casona de la numerosa familia García Urrutia, a través de sus varias salas ofrece un pantallazo del devenir de la región del Tuyú. Whats-App-Image-2022-01-07-at-08-56-05 Desde que era puro monte de talas, coronillas y sombras de toro -un lugar difícil para asentarse, pero bueno para esconderse-hasta el tiempo de las estancias y la llegada decisiva del tren y de los inmigrantes. "Hay cuatro comunidades principales: la española, la italiana, la montenegrina y la libanesa", enumera.

A 23 km de la ciudad, sobre la ruta 74, se puede visitar el antiguo puesto La Invernada, donde se organizan las fiestas del talar y de los asadores. Aunque hoy sólo con serva 24 de las más de 70.000 hectáreas que tuvo la que fue una de las estancias fundadoras de la región: Laguna de Juancho. Perteneció, como muchas otras tierras, primero a Martín de Álzaga, luego a su viuda Felicitas Guerrero y, después de su asesinato, a múltiples herederos que la fraccionaron y fueron vendiendo partes. "Este era uno de los puestos de la estancia y el único que queda en pie; estaba en un lugar estratégico, cerca de los potreros. Valeria Guerrero lo donó a la municipalidad, pero estuvo abandonado hasta 2016, cuando lo empezamos a ocupar. Queremos que tenga vida y que la gente sepa que es parte de la historia", dice Luciana.

Es una tarde ventosa de noviembre y los altos mu ros de ladrillos rojizos, viejos y derruidos como están, siguen sirviendo de buen refugio.