Una joven, el día de los 64 hombres y el crimen que la hizo reaccionar: “Me prepararon de niña para ser prostituta”

Es el verano de 1972, la nena se llama Elena y es tan flaquita que parece “un palito”. En Santa Fe, donde vive, hace un calor demencial, mucho más en su casa, que más que casa es un rancho. Es 8 de enero y la fecha queda clavada en el almanaque: es el día en que su mamá se quema a lo bonzo -una forma de suicidio muy poco frecuente- y pasa los siguientes tres meses agonizando. Ya es otoño cuando muere: una semana después, Elena cumple 9 años.

Es feriado en Argentina y Elena Moncada, que ahora es una abuela de 57 años, se sienta frente a la pantalla de su celular y se ceba un mate. Es, además de madre, abuela y ex prostituta, una referente abolicionista de Santa Fe, es decir, parte de las feministas que sostienen que la prostitución no es un trabajo sino una forma de explotación. Lo que está por contar es lo que empezó a pasar en ese rancho mientras su madre agonizaba, la razón por la que ahora dice: 

“Me prepararon de niña para ser la prostituta que fui”.

“Cuando mi mamá se prendió fuego mi hermanita más chica tenía dos meses. Y bueno, mi papá decidió no mandarme más a la escuela para que yo me ocupara de cuidarla”.

Comienza. Con el resto de los hermanos -describió Elena en su libro.



“Yo elijo contar mi historia”- hicieron “una repartija”. “Mi papá no tenía muchas intenciones de cuidar a ningún hijo, de hecho ya tenía otros de matrimonios anteriores que no había cuidado”.

Sigue ahora.

Elena iba a tercer grado cuando dejó el colegio y quedó a cargo de la beba. Su mamá seguía internada cuando a su casa -el rancho- se mudó un tío.

“Mi tío ya venía haciéndome cosas pero para mí eran parte del amor, porque era el tío que me cuidaba, el que nos daba plata para comprar bombitas de agua”.

Cuenta. En su recuerdo -a veces difuso, a veces ferozmente nítido- la pequeña Elena, por no entender se ríe: se ríe cuando el tío la desnuda y se abalanza sobre sus partes íntimas, cuando pega su cuerpo al de ella para “jugar a la espada”, cuando escucha “los gemidos de su masturbación”.



“También había un amigo de mi hermano que me daba plata a cambio de que yo fuera con él al baño y le mirara el pene cuando levantaba la cortina. Yo era una nena y todo esto se fue naturalizando en mi vida”. 

A su manera, Elena pidió ayuda:

“Le dije a mi madrina ‘el tío me está haciendo ésto’. Y ella me contestó: ‘¿Pero te la puso?’. 

Yo no entendí y me explicó: 

‘Si por donde vos hacés pichí y los hombres hacen pichí…’. ‘¡No!’, le dije yo. Y ella me contestó: 

‘Bueno, entonces no pasa nada’. Esa misma noche, 23 de abril de 1972, mientras todos dormían, mi tío me violó”. 

Habían pasado 11 días desde la muerte de su mamá.

Fue el año pasado, durante el aislamiento por la pandemia, que el silencio obligado la empujó a recordar más: 

“Me decía ‘vaya al baño’, que más que baño era un inodoro con una silla, y los tipos con los que él se chupaba entraban atrás. Me decía ‘abra la boca’, y yo abría la boca, me acuerdo que me ahogaba”.

Describe. 

“Yo me sentaba en la silla y me decían que me diera vuelta y se masturbaban. Como a la hora dos horas, mi tío me llamaba y me daba plata”.

Sigue.

“Por todas estas cosas digo que fui preparada de niña para el mundo de la prostitución”.

Explica. Elena todavía era una nena y ya sabía “lo que era el sexo oral, el sexo vaginal, que me tapen la boca y me penetren brutalmente. A esa edad entendí que eso era lo habitual, que eso era parte de la vida, del amor, que eso hace un familiar que te quiere, el que te cuida”.

Tenía 11 años cuando la mandaron a trabajar como empleada doméstica cama adentro en la casa de una abogada. 



"Yo estaba tan preparada que sabía que si de noche sentía ruidos y el hombre de la casa se metía en mi cuarto yo no podía decir que no”.

Cuenta. No le pasó nada pero el recuerdo de aquella época es que era víctima de una ignorancia feroz, no sólo por la falta de la escuela sino del cuidado. 

“Ni siquiera me cepillaba los dientes, no sabía”.

 Su primer acto de rebeldía fue a los 16, cuando decidió retomar el colegio en una escuela nocturna. Lo que siguió -cuenta después, mientras desayuna otro mate- fue que su padre la mandó a seguir, citó al joven que todas las noches la acompañaba en bicicleta y “haciéndose el padrazo” le preguntó qué intenciones tenía con su hija.

“Después le entregó un bolso con dos platos, dos tenedores, dos tacitas, un calentador y algo de ropa y le dijo: 

‘Llevátela que acá somos muchos’”. 

Elena se fue de su casa llorando. Era de noche, pleno invierno, a su lado, en bicicleta, iba ese joven, mozo, que ni siquiera era su novio. 

“Pasé de niña a mujer y de mujer a madre así, a los cachetazos”.

Tenía 17 años cuando nació su primer hijo, Martín; 19 cuando nació Matías; 21 cuando tuvo a Jésica y 23 cuando nació Erica. A esa edad, cuando su última hija era una beba de 7 meses, Elena empezó su vida en la prostitución.



Una pollerita roja enroscada

El padre de sus hijos la había dejado. 

“Nos odiábamos creo, no habíamos elegido nada de las vidas que teníamos”. 

Para ese entonces, un hombre empezó a frecuentar su casa, “a decirle a mi hermano que yo era re linda, que él me podía tener bien. Yo era una piba muy vulnerable, toda mala entrazada. Tenía un solo vestido, una sola pollera. Y me fui con él”.

Se enamoró perdidamente, “aunque yo sabía que era fiolo”, dice, y se refiere al nombre con el que se conoce en la jerga a quienes obtienen beneficios de la prostitución de otra persona. 



“Pero él me decía que a mí no me quería para eso. Así que agarré dos trapos y me fui con él. La casa no era un lujo pero yo venía de un rancho y nadie quiere volver a la pobreza. Cuando llegamos llamó a una modista para que me hiciera ropa, a una manicura, una peluquera me cortó el flequillo y me tiñó el pelo. Ahí yo ya era propiedad de él”.

Los cuatro hijos de Elena boyaban entre las casas de familiares mientras ella -reconoce ahora- tenía la mente secuestrada: 

“Me escapaba pero después volvía con él”. 

Y sigue: 

“En la casa había libretas de almacenero en la que decía ‘media francesa’.

Completo’, códigos y nombres de mujeres y cuando yo le preguntaba quién era tal mujer, él me contestaba: 

“Ah, tiene 40 años y una casa de 2 pisos, un auto cero kilómetro, está re bien parada”.

Cuenta.

“Cada vez que él se iba yo me desesperaba, ¿cómo me iba a dejar el hombre que me había llevado al cine, que le había comprado regalos a mis hijos? Y se volvió a ir”. 

Muy poco tiempo después, “con la excusa de que necesitaba plata para darle de comer a mis hijos”, Elena se fue a Paraná a ver a una señora llamada Betty.



“Me dijo ‘¿cómo te llamás?’. ‘Elena’. ‘Mmm, desde ahora te llamás Evelyn’. Me enroscaron la pollerita roja bien arriba y bueno, ahí empecé. Mi marido, o sea el fiolo, se había ido y yo no aguantaba más sin verlo así que a los 5 días lo llamé para decirle ‘mirá toda la plata que tengo’. Imagínate que contento estaba, era para lo que él me había preparado”.

Elena tenía 23 años. Lo que le esperaban eran 18 años de prostitución y de una feroz adicción al alcohol y a la cocaína, su forma de anestesiar el dolor.

La noche de los 64 “pases”

Elena estuvo unos meses en Paraná, se fue en tren a probar suerte a la Isla Maciel, en Buenos Aires, primero hizo “plazas” (períodos de “trabajo” de corrido, sin descanso) de 9 días, de 11, “hasta que me acostumbré a hacer las quincenas completas”. Estuvo en una esquina, en otra, también en lugares privados.

Aquella violación en la infancia no fue la única fecha que quedó clavada en el almanaque. También el 20 de noviembre de 1989, el día en que Elena, que se buscaba la vida en un sauna de la Ciudad de Buenos Aires, hizo 64 “pases” en 16 horas. Un “pase”, en la jerga, significa “pasar a la habitación con los mal llamados ‘‘clientes’ a tener sexo a cambio de dinero”, explica.

“Iba por el pase 10, 11 y ya estaba toda lastimada, tenía 25 años, todavía no tenía esa cancha para hacerlos acabar más rápido. Yo ya tomaba mucho alcohol, porque las copas te las pagaban, y una chica me dijo ‘vamos a tomar merca’. Ese día empecé a consumir cocaína y se me fueron todos los dolores, hice 64 pases entre las 2 de la tarde y las 6 de la mañana”.

Elena está convencida de que la prostitución no es un trabajo, por eso hace comillas con los dedos sobre la palabra “clientes”: 

“Es que no hay consentimiento, no nos ponemos de acuerdo para tener una relación sexual de a dos, el prostituyente te pone un precio y hace con vos lo que quiere. Ahí adentro tenés que ser como un pulpo, porque quieren hacerte un montón de cosas que no están permitidas, y más de uno te caga a palos y nadie se hace cargo”.

Fueron 18 años en los que fue actriz de reparto y protagonista. En su recuerdo también están las veces en las que le llevaban a “debutar” a varones, casi siempre chicos, a lo sumo pre adolescentes:

“Muchos chicos se sentaban en la cama llorando y me decían ‘doña, ¿le puede decir a mi abuelo que lo hice bien?’. Había chicos que sangraban y era de verdad una violación lo que una prostituta hacía, porque ellos no querían. Pero bueno, eso lo marcaba el patriarcado, no yo”.

Era “debutar” para hacerse “hombre” y, cuanta más eyaculación, más hombre. 

“Había adultos que les daban a los chicos un preservativo y les decían ‘no salgas hasta que lo saques lleno’. Yo ya era media bicha entonces sacaba uno lleno del tacho y se los daba para que pudieran salir”.

Cuenta.

El crimen de una compañera frente a sus ojos sucedió a fines de 2003, en el peor momento de su adicción a la cocaína.

“Yo llevaba como tres o cuatro días consumiendo y me vuelvo a Constitución con una pibita joven. La chica estaba tan dura que le robó la merca a un transa. Fue un segundo y se armó un quilombo terrible, en ese momento había muchas dominicanas y se metieron todos. Yo estaba re dura y me quedé paralizada, y el tipo rompió el pico de una botella Fanta, hizo así y le cortó el cuello”.

Describe y respira hondo, como si estuviera viéndolo otra vez.

Elena entró en pánico y el miedo la empujó a hacerse una pregunta definitoria: 

‘¿Y si hubiera sido yo?’. Iba a dejar a mis hijos como nos habían dejado a nosotras de chicas, a la deriva”. 

No fue mágico, muchos menos instantáneo pero un segundo factor terminó de detonar los puentes: en 2005, Elena se enteró de que iba a ser abuela.

“Tuve sentimientos encontrados. Por un lado, felicidad. Por otro, ¿cómo le voy a mostrar a mi nieto que me drogo, que soy prostituida? Me encerré, no comí, lloré, le robé plata a un viejo con el que andaba para poder conseguir una casa e irme con mis hijos. Fue muy difícil pero rompí las cadenas”.

Del otro lado

Apenas pudo, Elena Moncada armó una organización llamada “Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos” con la que hacen, entre otras cosas, recorridas nocturnas. 

“Hacemos contención a las compañeras en situación de prostitución. Muchas veces las chicas te cuentan exactamente lo mismo que te conté sobre mi infancia”.

También va a escuelas a charlar sobre sus dos libros - tiene otro llamado “Después, la libertad”-, les cuenta a los alumnos y alumnas su historia y les deja un sobre con un papel en blanco por si alguno o alguna está sufriendo abusos sexuales y no sabe cómo pedir ayuda. En los últimos meses detectó así ocho chicos que estaban sufriendo violencia sexual intrafamiliar.

“Yo estoy un poco curada o sana, entre comillas, porque hace 16 años que dejé todo ese mundo pero todavía mi cabeza no se pudo encontrar con mi cuerpo”.

Se despide. No le es gratis, revive su historia con cada uno, pero igual, cree, vale la pena:

“No puedo imaginar a mis hijas o a mis nietas, a vos, a cualquier chica soportando olores de cuerpos extraños, violaciones sistemáticas, porque eso es la prostitución, yo sostengo que no es trabajo. Y hay que tener cuidado: en mi época buscaban chicas de veintipico, hoy no, hoy vienen por nuestras niñas”.