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“No tengo tiempo”: la frase que define esta época y convierte las agendas ocupadas en símbolo de estatus

Son las nueve menos diez de la noche de un miércoles y el celular de Verónica, de 38 años, se ilumina con tres avisos a la vez : un mensaje de una amiga que propone verse el sábado, un correo del trabajo que llegó fuera de horario y una notificación del banco. En la mesada quedan platos por lavar, sobre la mesa hay un trámite judicial pendiente y la consulta médica lleva dos meses postergada. Ella escribe una respuesta de cuatro palabras: “ No tengo tiempo, perdoname ”. La envía. La frase cumple su función: cierra la conversación sin exigir explicaciones y la amiga la entiende al instante, porque la usa con la misma frecuencia.

Minutos después, Verónica vuelve a la mesada. Lava los platos mientras escucha un audio de su madre, lee de reojo el correo que acaba de llegar y deja abierta una serie en la pantalla de al lado. Hizo muchas cosas desde las siete de la mañana y registra una sensación conocida: la de haber atravesado el día sin que algo terminara de ocurrir . Nadie en su entorno le atribuye una falta de organización; la mayoría de sus conocidos describe jornadas idénticas, con los mismos avisos y la misma sucesión de pedidos.

Esa escena, repetida con variaciones en miles de hogares argentinos cada noche, es el punto de partida de “ De tener el tiempo. Fantasmagoría del devenir ”, un ensayo del observatorio cultural TRAMA, de la consultora VML, que analiza la frase como un signo de época. El trabajo propone leer la falta de tiempo como una forma de organización social y no como una falla de la agenda individual.

Los datos de conectividad que reúne el ensayo ofrecen un primer indicador. Según esas cifras, los argentinos de 16 a 64 años pasan en promedio más de ocho horas y media por día conectados a internet , más de dos horas por encima del promedio global, y destinan unas 44 horas al mes a las redes sociales, el equivalente a una semana laboral. El domingo es el día de mayor uso, con casi cinco horas diarias.

María Martín Sidrás, autora del ensayo y directora de Estrategia de Marca de VML, parte de una contradicción: nunca hubo tanta capacidad técnica destinada a ahorrar tiempo y la sensación de que no alcanza persiste . Lo que una tarea libera suele ser absorbido por otra, y lo que una tecnología acelera vuelve más veloz el ciclo siguiente. Sidrás describe dos familias de prácticas que crecen en paralelo: por un lado, el time management, las rutinas de alto rendimiento, el biohacking y los asistentes de inteligencia artificial; por otro, el digital detox, el slow living, los bloqueadores de aplicaciones y los retiros sin señal. “La misma cultura de plataformas que nos pide no frenar produce las técnicas con las que intentamos sobrevivir a su ritmo ”, señala.

Para la investigadora, la cuestión no se limita a cuántas horas hay, sino a cómo se las produce : trabajo, descanso, sueño, entrenamiento, vínculos e incluso la desconexión se organizan bajo una lógica que convierte al tiempo en un recurso para aprovechar, administrar y poner a rendir. De ahí la frase como contraseña de época. “Ya no sentimos solamente que nos falta: nos sentimos en falta frente a él”, resume. En ese punto se separa de las lecturas centradas en la productividad . Si la escasez se entiende como un problema de gestión personal, la demanda vuelve al individuo, que debe organizarse mejor, priorizar, automatizar y aprender a decir que no. El ensayo desplaza el análisis hacia las fuerzas que administran hoy la experiencia del tiempo y hacia las condiciones materiales, sociales y técnicas en las que se aprende a vivirla.

La frase también comunica. Según Sidrás, una agenda llena transmite centralidad y relevancia , y el tiempo funciona como una moneda: cuanto menos disponible está, mayor parece su cotización. La investigación académica respalda esa lectura. Un estudio de Silvia Bellezza, de Columbia Business School, Anat Keinan, de Harvard Business School, y Neeru Paharia, de Georgetown, publicado en el Journal of Consumer Research con el título “Consumo ostentoso del tiempo” (“Conspicuous Consumption of Time”), halló que los participantes atribuían más estatus y riqueza a quienes mostraban una agenda saturada . En uno de los experimentos, el personaje ocupado obtuvo 5,44 puntos sobre 7 en la escala de estatus y riqueza, frente a 2,55 del personaje con tiempo libre. Keinan sintetiza el mecanismo: el nuevo consumo ostentoso consiste en afirmar que uno es el recurso escaso y, por lo tanto, valioso.

Los autores del estudio precisan que el efecto aparece cuando la ocupación se percibe como elegida y desaparece si parece una necesidad económica. Agregan una variación cultural: los participantes italianos asociaron más horas de trabajo con menor estatus, a diferencia de los estadounidenses. Esa variación se vincula con la observación de Sidrás sobre la desigualdad de significados: para algunos, la escasez adquiere el sentido de una posición conquistada y, para otros, expresa una vida cuyo transcurrir está ocupado de antemano por obligaciones con escaso margen de decisión. “ La misma falta puede ser, entonces, signo de protagonismo o experiencia de desposesión ”, plantea.

Esa desigualdad aparece también en los datos de uso del tiempo. Sidrás recurre a un informe de ONU Mujeres y TUI de 2026, “ Indicadores de desigualdad en el uso del tiempo en América Latina y el Caribe ”, que analiza siete países, entre ellos la Argentina, con encuestas nacionales de empleo del tiempo realizadas entre 2021 y 2025. Según los datos que retoma la autora, casi tres de cada diez personas de entre 16 y 64 años se encuentran en situación de pobreza de tiempo: una vez atendidas las actividades necesarias y comprometidas, el tiempo restante para sí resulta insuficiente. La situación se concentra entre los 30 y los 59 años, la etapa en la que se acumulan las exigencias laborales, familiares y de sostenimiento cotidiano. Sidrás la describe como una zona de compresión temporal , en la que calendarios productivos, institucionales, afectivos y recreativos deben convivir dentro de las mismas veinticuatro horas.

El ensayo dedica un eje a la conectividad . Sidrás explica que trabajo, intimidad, información, ocio, trámites y conversación comparten un mismo dispositivo y pueden reclamar entrada en cualquier instante. No hace falta estar trabajando durante todo el día para seguir habitando el tiempo del trabajo: alcanza con mantener abierta la posibilidad de ser requerido. Antes, la frontera estaba inscrita en un espacio físico, y salir de la oficina implicaba abandonar, al menos en parte, su temporalidad. Hoy, señala, “ el borde debe producirse activamente ”.

La investigadora agrega que las notificaciones y la actualización permanente sostienen una vigilancia blanda sobre el presente. El silencio se vive como atraso , la demora de una respuesta como suspensión y una plataforma quieta como una falla. Por eso, sostiene, la sensación de falta de tiempo no depende solo de la cantidad de actividades acumuladas: también aparece cuando el transcurrir pierde continuidad y cada intervalo queda expuesto a ser reclamado por otra cosa. Una persona puede disponer formalmente de una hora y atravesarla como una sucesión de fragmentos. “ El presente se llena, pero no necesariamente transcurre ”, describe. Frente a ese escenario, Fabiana Antonelli, directora de Estrategia de VML y responsable de TRAMA, plantea que el desafío es quitarle el tiempo a la lógica del rendimiento y de la captura digital para devolverlo al terreno de lo vivo y lo colectivo.

Esa disponibilidad permanente tiene su versión doméstica en la vida de consorcio. En una reunión, un propietario del cuarto piso levanta la mano para explicar que no tiene tiempo de sumarse al Consejo de Propietarios. Es el mismo que esa semana había dejado once audios de dos minutos cada uno y una columna de mensajes en el grupo de WhatsApp del edificio sobre la bomba de agua, las expensas y el ruido de la obra del segundo. Solo los audios suman 22 minutos ; con los mensajes y las respuestas de otros vecinos, el intercambio de la semana superó la hora, el tiempo que demanda una reunión mensual del Consejo.


Fuente: TN


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