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AYACUCHO: Espantó a los motoqueros que "hacían cortes", convocó a una marcha y lanzó un desesperado reclamo por los ruidos molestos

 


“Ya no se puede vivir”: con esa frase, una vecina de Ayacucho resumió el hartazgo que la llevó a enfrentar a un grupo de motociclistas en inmediaciones de Plaza Colón. En una entrevista con Urgente Ayacucho, Andrea explicó que su reacción no fue motivada por una cuestión política ni por una intención de confrontar con las autoridades, sino por una situación que, según sostiene, se repite y afecta la vida cotidiana de numerosos vecinos.


El episodio quedó registrado en videos que circularon en las últimas horas. En las imágenes se observa a la mujer reclamando a los motociclistas, mientras algunos se ríen de su intervención. En una de las secuencias se aprecia una maniobra que habría puesto en riesgo su integridad física. La escena expuso un conflicto que va más allá de una discusión callejera: el uso de los espacios públicos, los ruidos intensos, las maniobras peligrosas y la sensación de desprotección que manifiestan quienes viven en la zona.


Durante la entrevista, Andrea fue contundente al explicar por qué decidió hablar públicamente. “Esto ya se fue de las manos de todo el mundo”, afirmó. Y aclaró que su reclamo no busca responsabilizar de manera generalizada a la Policía, al área de Tránsito o al gobierno municipal. Por el contrario, aseguró que está dispuesta a colaborar con quienes tengan responsabilidades de gestión para encontrar una solución.


“Esto no es político”, repitió en distintos momentos de la conversación. También señaló: “Siempre estoy predispuesta a acompañar a quien tenga un cargo para el bien de la sociedad”. Sin embargo, dejó en claro que su preocupación se transformó en una situación de angustia y enojo que, según sus palabras, teme que pueda llevarla a reaccionar de una manera que no desea.


La salud de su nieta, detrás del reclamo


Uno de los pasajes más sensibles de la entrevista apareció cuando Andrea explicó que el problema también afecta directamente a su familia. La mujer habló de su nieta, Serena, quien sufrió un accidente de tránsito y, según relató, quedó con secuelas que requieren seguimiento médico.


Andrea manifestó su agradecimiento al personal del Hospital Municipal que atendió a la niña después del accidente. Al mismo tiempo, explicó que, de acuerdo con lo que les indicaron, los ruidos intensos pueden desencadenar episodios que complican su estado de salud.


“Ella convulsionó. Ella primero tenía ausencias, ahora tiene convulsiones”, contó durante la entrevista. Según su testimonio, la niña presenta dificultades ante sonidos fuertes y situaciones de ruido intenso, por lo que algunas actividades cotidianas y las salidas familiares se volvieron difíciles.


La abuela describió cómo esa realidad condiciona los paseos y el uso de los espacios públicos. La plaza, que debería ser un lugar de encuentro y recreación, se convierte para la familia en un ámbito donde deben estar atentos a las aceleraciones, los escapes ruidosos y las maniobras de las motos.


“No quisiera que nadie, nadie, a nadie le pase, que tenga una convulsión como la que tiene ella”, expresó. En esa frase se concentra el aspecto más personal de su reclamo: no se trata solamente de una molestia sonora, sino del temor a que una situación que considera evitable termine agravando la salud de una persona de su familia.


La mujer también señaló que, por las dificultades que atraviesan, en ocasiones no pueden acercarse a la plaza con tranquilidad. La posibilidad de compartir un paseo familiar queda supeditada a lo que ocurra en el lugar y a la intensidad de los ruidos.


Una problemática que, según la vecina, se extiende a otros sectores


Andrea sostuvo que los episodios no se limitan a Plaza Colón. Durante la conversación mencionó otros puntos de la ciudad a los que, según su relato, se trasladan los motociclistas cuando intervienen los agentes de control.


En ese sentido, hizo referencia a la zona del asilo de ancianos y a la Ruta 50. También aseguró que recibe comentarios de personas que viven en esos sectores y que manifiestan malestar por las mismas conductas.


“Hay gente que trabaja también”, señaló, al explicar que el problema alcanza a vecinos con distintas rutinas y necesidades. En su planteo incluyó a las personas mayores, a quienes permanecen internadas en el hospital y a quienes necesitan descansar o realizar sus actividades sin sobresaltos.


La preocupación por los ruidos se vincula, además, con las consecuencias que pueden provocar en personas con sensibilidad auditiva. Andrea relató el caso de un niño dentro del espectro autista que, según le contaron vecinos, habría sufrido una crisis después de escuchar el estruendo de las motos.


La mujer describió que el niño habría resultado lastimado durante ese episodio. Ese relato forma parte de lo que ella dijo haber conocido por terceros durante la entrevista y no constituye, por sí mismo, una constatación independiente de lo sucedido. No obstante, lo incorporó a su reclamo para explicar que considera que el impacto de los ruidos puede ir mucho más allá de la incomodidad de quienes los escuchan.


La cuestión pone en primer plano una discusión sobre la convivencia urbana: el derecho a circular y disfrutar de los espacios públicos debe coexistir con el derecho de los demás a hacerlo sin exponerse a maniobras peligrosas ni sufrir ruidos que alteren su vida cotidiana.


Las vallas y los controles, una respuesta que considera insuficiente


La vecina recordó que se sintió esperanzada cuando se colocaron vallas para ordenar la circulación en el sector. Según contó, la medida le permitió pensar que los peatones podrían volver a caminar con mayor tranquilidad. Sin embargo, afirmó que algunos motociclistas continuaron subiendo a las veredas o eludiendo los controles.


“Estaba recontenta cuando pusieron las vallas, que Tránsito puso las vallas, estaba recontenta por el solo hecho de que podíamos caminar libremente”, relató. Después, aseguró que la situación volvió a repetirse.


En su testimonio también mencionó un episodio anterior en el que, según dijo, una motociclista casi chocó contra ella y su familia mientras estaban sentadas en un banco. De acuerdo con su relato, los conductores se retiraron y luego regresaron con otra moto, en una actitud que interpretó como una burla.


Estos testimonios reflejan la percepción de una vecina que siente que las medidas adoptadas hasta el momento no alcanzan para modificar el comportamiento que denuncia. Para determinar qué controles se realizaron, cuáles fueron sus resultados y qué responsabilidades corresponden en cada episodio, es necesario contar también con información oficial y con las actuaciones que pudieran existir.


Andrea, por su parte, sostuvo que está dispuesta a colaborar con las autoridades y que no quiere que el conflicto se reduzca a una disputa personal entre ella y los motociclistas.


“Yo cuido mi ciudad y el ciudadano”, afirmó. Con esa definición intentó resumir el sentido que le atribuye a su intervención: reclamar por una situación que considera perjudicial para la comunidad, incluso cuando eso le genera críticas en las redes sociales.


El reclamo por la actuación de la Policía, Tránsito y la Justicia


A lo largo de la entrevista, Andrea expresó su preocupación por las dificultades que, según entiende, enfrentan las fuerzas de control cuando intentan intervenir. Dijo que, de acuerdo con lo que observa, los agentes pueden quedar expuestos a provocaciones y cuestionamientos cuando persiguen o intentan detener a quienes realizan maniobras peligrosas.


La mujer pidió que se generen herramientas legales que permitan actuar con mayor eficacia. También manifestó su deseo de que se investigue a quienes, según afirma, participan de estas conductas y que se adopten medidas sobre los vehículos involucrados cuando corresponda.


“Si no trabajamos en conjunto, yo digo que si no trabajamos en conjunto, ayudar a quien tengamos que ayudar para que se haga una ley de que la Policía pueda trabajar”, planteó.


En otro tramo de la conversación aseguró que ya había comenzado a consultar alternativas para saber qué medidas podían impulsarse. Dijo que se había comunicado con una persona de Lomas de Zamora para conocer qué se puede hacer ante una problemática de estas características.


Su testimonio no permite establecer por sí solo qué presentaciones judiciales existen ni cuáles fueron las respuestas de los organismos competentes. Sí deja en evidencia su demanda de una intervención que, desde su perspectiva, no dependa exclusivamente de operativos aislados, sino de una estrategia sostenida y coordinada.


Una marcha para visibilizar el problema


Como parte de su iniciativa, Andrea convocó a una movilización para el domingo a las 18, con la intención de reunir a vecinos y personas que compartan su preocupación. Durante la entrevista invitó a participar a quienes quieran acompañar el reclamo y pidió que no tengan miedo de expresar su postura.


“Con la gente que esté de acuerdo, vamos a venir a hacer la marcha”, explicó. Su convocatoria apunta a que el problema deje de ser percibido como una discusión entre una vecina y un grupo de motociclistas y pase a ser abordado como una cuestión de convivencia y seguridad urbana.


También sostuvo que no busca enfrentarse con todos los jóvenes ni generalizar sobre quienes utilizan motos. Su cuestionamiento está dirigido a las conductas que considera peligrosas y al impacto que estas tienen sobre terceros.


La mujer reconoció que su reacción de la noche anterior pudo no haber sido la adecuada. “Yo sé lo que hice anoche, que quizás estuvo mal, pero estoy cansada”, admitió. Esa reflexión introduce un elemento importante: el hartazgo puede explicar el origen de una reacción, pero no elimina los riesgos de confrontar directamente con un grupo de personas en una situación de tensión.


Intervenir por cuenta propia puede exponer a los vecinos a agresiones o accidentes. Por eso, más allá de la convocatoria, el desafío consiste en encontrar mecanismos para canalizar los reclamos, registrar los hechos y lograr que las autoridades competentes puedan actuar sin que el conflicto escale.


Más que ruido: el derecho a vivir la ciudad


La entrevista con Urgente Ayacucho expone una situación en la que confluyen varios problemas: la circulación imprudente, los ruidos intensos, el uso de las veredas, la seguridad de los peatones y la preocupación por personas para quienes esos sonidos pueden representar un riesgo particular.


La experiencia relatada por Andrea adquiere una dimensión especial por la situación de salud de su nieta. La mujer sostiene que los episodios de ruido afectan a su familia y que ya no puede disfrutar de determinados espacios con la tranquilidad que esperaba. A ese testimonio suma las preocupaciones que dice haber escuchado de otros vecinos.


“Ya no se puede vivir”, insistió. No es solamente una frase de enojo: es la expresión de una persona que siente que perdió la posibilidad de desarrollar actividades cotidianas sin estar pendiente de lo que pueda suceder a su alrededor.


El reclamo también interpela a las autoridades. Los controles, las sanciones que correspondan, la investigación de posibles infracciones y la coordinación entre el Municipio, Tránsito, la Policía y la Justicia son parte de las herramientas que pueden evaluarse para responder a una problemática que los vecinos describen como reiterada.


Al mismo tiempo, cualquier respuesta debe sostenerse en hechos comprobables, respetar los procedimientos legales y evitar que la situación derive en nuevas confrontaciones. La seguridad vial no puede depender de que un vecino se anime a enfrentar a quienes considera responsables; necesita prevención, controles efectivos y canales de denuncia que permitan actuar antes de que ocurra un hecho más grave.


La movilización anunciada por Andrea buscará poner nuevamente el tema en la agenda pública. Su pedido final fue que quienes compartan la preocupación se acerquen y acompañen el reclamo, sin temor a las posibles represalias.


“Yo no estoy en contra de nadie”, sostuvo. Y volvió a insistir en que su intención es defender la tranquilidad de la comunidad.


El caso deja planteada una pregunta que excede a una plaza o a una familia: ¿cómo garantizar que los espacios públicos sean seguros y disfrutables para todos, sin que los vecinos tengan que llegar al límite del hartazgo para ser escuchados? La respuesta dependerá de que el reclamo ciudadano encuentre una vía institucional, con medidas concretas y sostenidas en el tiempo.


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