
Richard Feynman fue uno de los físicos más influyentes del siglo XX, ganador del Premio Nobel de Física en 1965 y una de las figuras centrales de la ciencia estadounidense. Sin embargo, hubo un momento de su carrera en el que llegó a pensar que su capacidad para investigar se había terminado.
Había atravesado la Segunda Guerra Mundial trabajando en el Proyecto Manhattan , que desarrolló las primeras bombas atómicas , y también había sufrido la muerte de su primera esposa, Arline Greenbaum. Después de aquellas experiencias, Feynman sintió que estaba agotado.
“Cuando llegó el momento de hacer alguna investigación, no podía ponerme a trabajar. Estaba un poco cansado; no estaba interesado; ¡no podía investigar!”, recordó. La sensación no era pasajera. El físico comenzó a convencerse de que simplemente había perdido aquello que anteriormente le permitía dedicarse a su trabajo.
“Estaba convencido de que, por la guerra y todo lo demás —la muerte de mi esposa—, simplemente me había agotado” . En ese contexto aparecieron nuevas oportunidades profesionales. Instituciones académicas de enorme prestigio estaban interesadas en contar con él, algo que, en lugar de tranquilizarlo, aumentó la presión.
Feynman sentía que existía una distancia demasiado grande entre lo que los demás pensaban que podía hacer y aquello de lo que él se consideraba capaz en ese momento. “Entonces pensé: ‘Sabés, lo que ellos piensan de vos es tan fantástico que es imposible estar a la altura. ¡No tenés ninguna responsabilidad de estar a la altura!’”. Aquella reflexión produjo un cambio en la manera en que entendía las expectativas externas.
“Fue una idea brillante: no tenés ninguna responsabilidad de estar a la altura de lo que otras personas piensan que deberías lograr” . Y fue todavía más lejos: “No tengo ninguna responsabilidad de ser como ellos esperan que sea. Es su error, no mi fracaso”.
La presión que sentía Feynman no necesariamente provenía de pedidos explícitos de sus colegas o de las universidades que querían contratarlo. Parte de esa exigencia surgía de su propia percepción sobre aquello que debía conseguir para justificar la reputación que había construido.
Al abandonar esa obligación, comenzó a preguntarse por qué había elegido la física en primer lugar. “Entonces tuve otro pensamiento: la física me disgusta un poco ahora, pero antes disfrutaba haciendo física . ¿Por qué la disfrutaba? Solía jugar con ella”.
La respuesta estaba lejos de los premios, las grandes investigaciones o el reconocimiento de otros científicos. “Solía hacer lo que tenía ganas de hacer. No tenía que ver con si era importante para el desarrollo de la física nuclear, sino con si era interesante y divertido para mí jugar con eso” .
Feynman recuperó así una característica que atravesaría buena parte de su manera de pensar la ciencia: la curiosidad. Investigar no necesariamente debía comenzar con la intención de producir algo trascendente. También podía surgir simplemente del deseo de comprender un problema.
Esa relación con el conocimiento también aparece en una de sus reflexiones más conocidas sobre la incertidumbre: “Puedo vivir con la duda, la incertidumbre y el no saber. Creo que es mucho más interesante vivir sin saber que tener respuestas que podrían estar equivocadas” .
Para Feynman , reconocer que una respuesta todavía no existe no representaba necesariamente un problema. “No siento miedo por no saber cosas, por estar perdido en un universo misterioso sin ningún propósito, que es como realmente es, hasta donde puedo decir”.
Su posición estaba vinculada a una idea fundamental de su pensamiento: aceptar la incertidumbre antes que aferrarse a una explicación únicamente porque ofrece seguridad. “Tengo respuestas aproximadas y posibles creencias y diferentes grados de certeza sobre distintas cosas, pero no estoy absolutamente seguro de nada”.
La duda, entonces, no aparecía como el obstáculo que debía eliminarse para poder avanzar. Era parte del proceso. “Hay muchas cosas de las que no sé nada, como si significa algo preguntar por qué estamos acá. Puedo pensarlo un poco y, si no puedo resolverlo, entonces voy hacia otra cosa” .
Feynman terminó construyendo una de las carreras científicas más reconocidas de su generación. Pero una de las claves de aquella recuperación llegó cuando dejó de preguntarse si podía responder a las expectativas que otros habían depositado sobre él.
Volvió a investigar cuando se permitió jugar nuevamente con las ideas, aceptar aquello que desconocía y trabajar sin la obligación de que cada problema tuviera que conducir hacia un descubrimiento importante. La incertidumbre dejó entonces de ser una señal de fracaso. Para Feynman , podía convertirse exactamente en lo contrario: una razón para seguir preguntando.
Fuente:
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GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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