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“Necesitaba sentirlo”: volvió a Malvinas después de 44 años, cumplió una promesa y llevó la bandera argentina hasta Puerto Argentino

 



Eduardo Canitrot, pinamarense, fue a las islas por primera vez desde la guerra de 1982. No quería regresar, no encontraba un motivo y durante décadas evitó volver sobre aquellos recuerdos. Hasta que entendió que había una promesa pendiente: regresar al lugar donde había combatido, reencontrarse con sus compañeros y hacer flamear la bandera argentina.


Durante 44 años, Eduardo Canitrot no volvió a Malvinas. No era falta de posibilidades ni de interés. Era algo mucho más profundo. El excombatiente había decidido mantener distancia de aquel lugar que había marcado para siempre su vida cuando apenas tenía 18 años.


Nunca había vuelto, no encontraba el motivo, no quería volver”, contó durante una entrevista en Radio Power, al explicar por qué durante más de cuatro décadas había evitado regresar al archipiélago.

Detrás de esa decisión había recuerdos que todavía pesaban. Volver significaba enfrentarse nuevamente con las imágenes de la guerra, con los lugares donde habían estado sus compañeros y con una historia que, aunque había quedado atrás en el calendario, nunca había desaparecido de su memoria.

No quería volver a recordar las secuencias de la guerra”, explicó. Y en esa frase aparece una parte de la historia que muchas veces no se ve cuando se habla de Malvinas: la guerra también continúa muchos años después, en la memoria de quienes regresaron.

Canitrot había dejado, sin embargo, una promesa pendiente. Durante la guerra se la había hecho a su superior, un sargento primero con quien había compartido más de un año durante el servicio militar y que murió en Malvinas durante un bombardeo.

La promesa era sencilla de decir, pero enorme de cumplir: algún día volvería y haría flamear una bandera argentina. Durante décadas, esa posibilidad quedó suspendida. Hasta que algo comenzó a cambiar dentro suyo.

Porque me empezó a girar en la cabeza”, relató cuando le preguntaron por qué decidió regresar justamente 44 años después. La idea comenzó a tomar forma alrededor de otra de sus pasiones: correr.

Entonces encontró el motivo que durante tanto tiempo había buscado. Quería recorrer los lugares donde había combatido, pero hacerlo de una manera diferente. Quería correr desde San Carlos hasta Darwin, llegar al cementerio argentino y después atravesar los cerros junto a su hija.

La intención no era simplemente hacer turismo ni regresar para observar desde lejos el escenario de la guerra. Quería volver a caminar y correr por aquellos mismos lugares con otra vida encima, con otra edad y acompañado por su hija.

Cuando corro, flameo mi bandera. Pedro, voy a flamear la bandera, lo que te prometí”, recordó durante la entrevista.

Pero llevar la bandera argentina a Malvinas no era un gesto sencillo. Canitrot sabía que existían restricciones para exhibir símbolos argentinos en determinados lugares del archipiélago y, por eso, decidió mantener en secreto su plan.

Ni siquiera todos los veteranos que viajaban con él conocían lo que pensaba hacer. “No quería que se supiera lo de la bandera”, contó. Había una razón: no quería que el plan se filtrara antes de llegar.

El viaje comenzó con la llegada a las islas y una serie de controles y requisitos que Canitrot fue atravesando. Viajó desde Río Gallegos y, según relató, al llegar debió completar documentación y cumplir con las condiciones establecidas para el ingreso.

Pero la verdadera historia comenzó cuando pudo pisar nuevamente el territorio que había dejado 44 años antes.

Uno de los primeros lugares que buscó fue el sitio donde había estado su posición durante la guerra. El pozo ya no existe como entonces. La turba cubrió el terreno y el paisaje cambió, pero todavía permanecían algunos elementos capaces de activar recuerdos.

Entre ellos estaba el río donde los soldados se higienizaban durante aquellos días. El agua helada de aquel lugar le permitió reconstruir una escena que parecía imposible de explicar desde el presente.

Canitrot contó que durante el viaje su hija también pudo comprender, de una manera diferente, las condiciones en las que habían vivido los jóvenes enviados a combatir.

En uno de los momentos de la recorrida, ella sintió el frío que todavía domina los cerros. “Papá, estoy congelado. Tengo los pies todos mojados”, le dijo. Para Canitrot, escucharla fue también una manera de mirar 44 años atrás.

Porque él había tenido esa edad cuando atravesó situaciones similares. La diferencia era que entonces no había hotel al que regresar, una ducha caliente, comida asegurada ni una cama esperando.

Con otros dolores, otro cuerpo, otro sentimiento y otra cabeza”, explicó al comparar aquel joven que había sido con el hombre que regresó cuatro décadas después.

Y hubo algo todavía más fuerte: en aquel momento de la guerra no sentía el frío como lo sentía ahora.

“No sentía los pies y se mojaban y no me importaba nada. Era una adrenalina”, recordó. Después de 44 años, en cambio, el cuerpo le devolvía otra lectura de aquella experiencia.

Su hija comenzó entonces a entender que las historias que había escuchado durante toda su vida no eran relatos abstractos. Eran experiencias físicas. Eran frío, hambre, miedo, cansancio, incertidumbre y noches sin dormir.

Canitrot también contó que durante el viaje volvió a recorrer los lugares donde habían estado otros compañeros: Ricardo, Jorgito, Estevi y Beto. Cada lugar tenía un nombre y cada nombre llevaba detrás una historia.

Pero había un lugar que todavía le faltaba encontrar: la tumba de Pedro.

Cuando llegó al cementerio argentino de Darwin comenzó a recorrer las filas de cruces. No sabía exactamente dónde estaba la tumba que buscaba. Empezó por un sector y fue reconociendo otros nombres.

Encontró primero la tumba de Omar Herrera y después pasó por otras cruces, algunas correspondientes a soldados identificados y otras pertenecientes a argentinos que durante años no habían podido ser reconocidos.

La búsqueda continuó hasta que finalmente encontró a Pedro.

Y ahí, después de 44 años, Canitrot se quebró.

Toda la emoción junta. Toda la emoción junta, quebré, quebré”, relató. La escena no fue solamente el encuentro con una tumba. Fue el regreso de una promesa, de una historia y de décadas de recuerdos acumulados.

Vuelve la película”, explicó. Y entonces pudo decirle aquello que había quedado pendiente durante más de cuatro décadas: “Pedro, vengo a cumplir lo que te prometí”.

Su hija estaba junto a él y lo abrazaba mientras su amigo registraba las imágenes. Canitrot contó que no podía contenerse.

Habían pasado más de 40 años desde la última vez que había estado allí. Había formado una familia, había vivido otra vida, había construido otros recuerdos. Pero frente a esa cruz volvió a aparecer aquel joven que había dejado Malvinas en 1982.

Fueron cuarenta y pico de años como de angustia”, resumió.

Después de ese momento llegó otro de los objetivos centrales del viaje. La bandera argentina.

Canitrot llevaba consigo una bandera que había utilizado durante años cuando participaba de carreras y actividades vinculadas con la causa Malvinas. No era una bandera nueva ni preparada especialmente para una fotografía.

Está cascoteada, porque la vengo flameando hace más de diez años por Argentina”, explicó.

La bandera tenía además las islas y había acompañado durante años al veterano en sus recorridas. Esta vez tenía un destino diferente.

Canitrot quería desplegarla en Puerto Argentino, en un lugar donde, según relató, nunca había podido hacerlo.

El momento llegó después de recorrer los cerros y acercarse nuevamente a Puerto Argentino. Su hija quedó en un punto determinado mientras él avanzó con la bandera.

Era el momento que había imaginado durante años.

Iba a desplegar la bandera donde nunca se desplegó”, explicó. Y finalmente lo hizo.

La imagen de Canitrot corriendo con la bandera argentina en Malvinas terminó convirtiéndose en una de las postales más fuertes de su viaje.

Pero para él no era una fotografía. Era la conclusión de una promesa que había comenzado en 1982.

La escena tuvo además un significado especial porque ocurrió en un contexto en el que las restricciones para exhibir símbolos argentinos en determinados espacios de las islas eran parte de las preocupaciones que había tenido antes del viaje.

Por eso había mantenido el plan en secreto. Por eso había evitado contarle a otros veteranos exactamente qué pensaba hacer.

Y por eso, cuando finalmente logró desplegar la bandera, la emoción fue inevitable.

La bandera no quedó guardada en una mochila. Flameó en Puerto Argentino después de 44 años, llevada por uno de aquellos jóvenes que habían estado allí durante la guerra y que ahora regresaba con su hija.

Pero el viaje todavía tenía otro capítulo.

Canitrot volvió a pasar por la zona de la casa del gobernador. Ya era de noche. El paisaje había cambiado y las calles comenzaban a quedar vacías.

Entonces volvió a ver la bandera británica.

Fue muy fuerte. Ahí me aflojó”, contó. La escena condensaba, en pocos segundos, buena parte de las contradicciones que había vivido durante el viaje.

Frente a esa imagen surgió una pregunta que todavía lo acompaña: por qué un argentino puede llevar símbolos argentinos libremente en otros lugares del mundo y encuentra restricciones para hacerlo en las islas que considera parte de su país.

¿Por qué yo no puedo ir con mi remera a Inglaterra?”, planteó durante la entrevista. Y enseguida comparó esa situación con la posibilidad que tienen ciudadanos británicos de exhibir sus propios símbolos en Argentina.

Para Canitrot, esa discusión forma parte de una batalla que ya no debe librarse mediante las armas.

Su postura es clara: Malvinas no debe volver a ser escenario de una guerra.

Esto es diplomacia pura, la miseria y la muerte nunca más”, sostuvo. Y en ese punto su relato dejó de ser solamente el de un veterano que vuelve al lugar donde combatió para transformarse también en una reflexión sobre el futuro.

Porque para él existe otra forma de sostener el reclamo: viajar, conocer, recorrer, transmitir la historia y generar vínculos culturales.

La penetración cultural es otra”, afirmó. Y llamó a fortalecer las herramientas diplomáticas para que la cuestión Malvinas permanezca presente sin repetir la tragedia de 1982.

En ese sentido, Canitrot también recomendó que otros argentinos conozcan las islas.

Viajemos, vayamos a ver a nuestros héroes que quedaron allá. Yo regresé, pero ellos no tuvieron la oportunidad”, expresó.

Esa frase resume quizás la parte más profunda de su viaje.

Porque él volvió. Pudo caminar nuevamente por aquellos cerros. Pudo encontrar el lugar donde había estado su posición. Pudo recorrer los escenarios de la guerra junto a su hija. Pudo llegar hasta Darwin y abrazar una tumba que había buscado durante décadas.

Pero sus compañeros no tuvieron esa posibilidad.

Ellos quedaron allí.

Canitrot, en cambio, tuvo 44 años más de vida. Formó una familia, tuvo hijos, construyó una historia y regresó a Malvinas acompañado por una de esas personas que nacieron mucho después de la guerra.

Viví 44 años que ellos no pudieron vivir. Generamos una familia que ellos no pudieron”, reflexionó.

Y quizás por eso su regreso tuvo también una dimensión generacional.

Su hija no estuvo allí para combatir. Estuvo para acompañar a su padre. Para caminar por los mismos lugares. Para sentir el mismo frío. Para observar las posiciones, los cerros y el paisaje que durante décadas había formado parte de los recuerdos de Eduardo.

De algún modo, ella pudo conocer el lugar donde su padre dejó una parte de su juventud.

El viaje también modificó la manera en que Canitrot observa la guerra. Ya no es solamente el recuerdo de un joven soldado. Ahora es también la mirada de un padre que puede mostrarle a su hija qué significó aquello.

Por eso decidió viajar en agosto, durante el invierno austral, y no esperar una temporada más amable.

Quería sentir nuevamente el frío.

Necesitaba sentirlo”, dijo. No necesitaba solamente verlo. Necesitaba experimentar en su cuerpo algo de aquello que habían vivido los soldados que estuvieron allí.

El frío, el viento, la humedad y las largas horas fueron parte de ese reencuentro.

Durante la guerra había soportado esas condiciones siendo un adolescente. Cuatro décadas después, el mismo paisaje le devolvía sensaciones diferentes.

Ahora tenía otro cuerpo, otra cabeza y otra historia.

Pero seguía siendo el mismo hombre que había hecho una promesa.

La historia de Eduardo Canitrot no terminó cuando terminó la guerra. Continuó durante 44 años, atravesada por recuerdos, compañeros ausentes, una promesa pendiente y una decisión que durante mucho tiempo no pudo tomar.

Hasta que finalmente regresó.

Primero buscó a Pedro.

Después recorrió los lugares donde habían estado sus compañeros.

Luego llevó a su hija por los cerros.

Y finalmente desplegó la bandera.

Frente a la tumba de Pedro, después de llorar todo aquello que había guardado durante décadas, había dicho: “Te prometo que la voy a cumplir. No te voy a defraudar”.

Esta vez, la promesa estaba cumplida.

Eduardo volvió a Malvinas.

Y volvió no solamente para recordar la guerra, sino para mirar de frente una historia que durante 44 años había evitado tocar.

Volvió para encontrar a sus compañeros.

Volvió para que su hija pudiera conocer aquel lugar.

Volvió para sentir nuevamente el frío.

Volvió para correr.

Y volvió, finalmente, para hacer flamear una bandera argentina.

Porque algunas promesas no desaparecen con el paso del tiempo. Esperan.


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