
Una vajilla que perteneció a los padres, fotografías antiguas , herramientas que ya casi no se usan, cartas, relojes o muebles que llevan décadas en una casa pueden parecer objetos sin demasiada utilidad. Sin embargo, para muchas personas mayores tienen un significado que va mucho más allá de su función práctica.
La investigación sobre el apego a las pertenencias muestra que determinados objetos pueden estar vinculados con recuerdos, relaciones personales, lugares y diferentes etapas de la vida. Por eso, conservar objetos durante muchos años no significa, por sí mismo, que una persona tenga un trastorno de acumulación .
Una fotografía puede recordar a una persona querida. Un reloj puede estar asociado con un familiar. Una herramienta puede representar décadas de trabajo. Un mueble puede transportar mentalmente a alguien a la casa donde crió a sus hijos. En estos casos, el objeto tiene un valor que no necesariamente coincide con su precio o utilidad .
La psicóloga Mary E. Dozier y la investigadora Catherine R. Ayers analizaron el apego a los objetos durante el envejecimiento en un artículo publicado en Current Opinion in Psychology . Las autoras señalan que el apego a las pertenencias puede formar parte de la experiencia normal y que las personas pueden desarrollar vínculos emocionales con determinados objetos .
Esto ayuda a entender por qué alguien puede conservar durante décadas algo que prácticamente ya no utiliza. No necesariamente piensa que algún día volverá a necesitarlo y puede conservarlo porque está asociado con una parte importante de su historia .
La relación entre las pertenencias y los recuerdos también aparece en investigaciones específicas sobre adultos mayores.
En un estudio publicado en 1977, Edmund Sherman y Evelyn S. Newman analizaron el significado de las pertenencias en especial preciadas para personas mayores. Los investigadores encontraron que distintos objetos tenían diferentes significados y referencias dentro de las vidas de los participantes .
En otras palabras, no todos los objetos importantes cumplían la misma función . Para una persona podía ser significativa una fotografía; para otra, un objeto relacionado con su familia, su trabajo o algún momento particular de su vida. El objeto podía funcionar como un recordatorio material de una experiencia .
El investigador Russell W. Belk, especialista en comportamiento del consumidor, desarrolló en 1988 el concepto de “yo extendido” ( extended self ).
En su investigación publicada en el Journal of Consumer Research , Belk planteó que determinadas posesiones pueden formar parte de la manera en que las personas construyen y expresan su identidad. Es decir, algunos objetos no son percibidos únicamente como cosas que una persona posee, sino también como elementos relacionados con quién es o quién fue. La idea permite entender por qué desprenderse de determinados objetos puede resultar muy difícil en lo emocional .
Una vieja máquina de escribir puede no tener prácticamente ninguna utilidad para su dueño, pero representar su antigua profesión. Una colección de discos puede estar vinculada con la juventud. Una vajilla puede recordar reuniones familiares que dejaron de ocurrir hace décadas. El valor, entonces, no está necesariamente en el objeto sino en lo que representa .
Tener muchas cosas o conservar objetos antiguos no alcanza para determinar que existe un trastorno de acumulación. La revisión de Dozier y Ayers distingue entre el apego a los objetos y las formas extremas de apego. Las autoras señalan que el apego a las pertenencias existe en distintos grados y que no todo vínculo emocional intenso con un objeto constituye un problema clínico.
Por eso, una persona mayor puede tener cajas con fotografías, cartas, recuerdos familiares o herramientas antiguas y no presentar ningún trastorno.
La cuestión no es simplemente cuántos objetos conserva. También importa qué efecto tiene esa acumulación sobre su vida cotidiana.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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