Cuando cae la noche, la percepción de inseguridad modifica la manera en que muchas personas se desplazan por las ciudades. Cambiar recorridos, evitar determinadas calles o utilizar transporte privado son algunas de las decisiones que forman parte de la rutina de quienes buscan reducir su exposición a situaciones de riesgo.
Según explicó el analista Emma Ferrario en Infobae en Vivo, más del 60% de los delitos a nivel global ocurre entre las 22 y las 6, mientras que en América Latina la proporción ronda el 55%.
En Argentina, los porcentajes varían según la ciudad. De acuerdo con los datos mencionados por Ferrario, Buenos Aires concentra hasta el 40% de los delitos durante la noche, Rosario el 60%, Córdoba el 50% y el Área Metropolitana de Buenos Aires el 65%.
El impacto de la inseguridad también se refleja en la percepción de la población. A nivel global, el 46% de las mujeres asegura sentirse insegura al caminar de noche por su barrio, frente al 25% de los hombres.
En el AMBA, según los datos citados por Ferrario, la diferencia se amplía: más del 60% de las mujeres y alrededor del 35% de los hombres manifiestan sentirse inseguros durante la noche.
El temor tampoco es igual para todos. En el caso de las mujeres, además del miedo a sufrir un robo, aparece con fuerza la preocupación por posibles agresiones sexuales. En cambio, los hombres jóvenes suelen declarar menores niveles de temor, aunque presentan una mayor exposición estadística a determinados delitos nocturnos, como robos y hurtos.
Esta percepción termina modificando hábitos cotidianos. Muchas personas evitan calles oscuras, cambian sus recorridos, dejan de exhibir objetos de valor o utilizan aplicaciones de transporte para evitar permanecer en paradas poco iluminadas.
La tecnología también se convirtió en una herramienta para reducir esa sensación de vulnerabilidad. Algunas funciones permiten compartir la ubicación o avisar automáticamente a contactos de confianza cuando una persona llega a destino. También se utilizan dispositivos de rastreo y aplicaciones para conocer la ubicación de familiares.
Pero la seguridad urbana no depende solamente de la tecnología. El diseño de las ciudades también puede influir. Ferrario recuperó el concepto de “ojos en la calle”, desarrollado por la urbanista Jane Jacobs, según el cual la presencia de personas y comercios genera mayor vigilancia natural y puede contribuir a disuadir delitos.
La iluminación, la visibilidad y la ausencia de espacios que aíslen al peatón son elementos centrales. Paradas de colectivos transparentes e iluminadas, calles con actividad comercial y mayor circulación de personas pueden contribuir a generar entornos más seguros.
Ferrario también mencionó la teoría de las ventanas rotas, que plantea que el deterioro visible de un espacio puede favorecer una mayor percepción de abandono. Por eso, reparar rápidamente daños, grafitis o problemas de infraestructura también puede formar parte de una estrategia de prevención.
Así, la inseguridad nocturna no solo se mide en cantidad de delitos. También se refleja en la manera en que las personas modifican sus rutinas, dejan de utilizar determinados espacios y condicionan su libertad para circular por la ciudad cuando cae el sol.
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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