Las cámaras de seguridad del edificio no registraron nada fuera de lo habitual hasta que apareció una mujer delgada, de pelo claro, frente al ascensor. Elize Matsunaga llevaba tres valijas. Eran pesadas. Tuvo que sostener la puerta mientras acomodaba una, después otra y finalmente la tercera. Entró al ascensor y desapareció del cuadro. Horas más tarde volvería al edificio sin aquel equipaje.
Su marido, Marcos Kitano Matsunaga, había ingresado poco antes al departamento familiar, pero las cámaras nunca lo mostrarían saliendo.
El detalle de las valijas se convertiría después en una de las imágenes más inquietantes de uno de los crímenes que más conmocionaron a Brasil. Dentro estaban los restos del empresario de 42 años, heredero y directivo de Yoki, una de las compañías alimentarias más conocidas del país.
Marcos había muerto de un disparo en la cabeza dentro de su casa, en São Paulo. Elize, su esposa y madre de su hija pequeña, reconocería después haberlo matado, descuartizado y trasladado en partes hasta una zona boscosa de Cotia, en las afueras de la ciudad.
Sucedió el 19 de mayo de 2012. Hasta ese momento, desde afuera, la pareja personificaba la historia improbable de dos personas que habían llegado desde mundos opuestos y habían terminado compartiendo una vida de lujo. Él pertenecía a una familia empresaria rica, de origen japonés. Ella había crecido en Paraná, en un ambiente atravesado por la pobreza y una historia familiar que, según relató años después, estuvo marcada por el abandono y los abusos.
Se conocieron cuando Elize trabajaba como acompañante. Marcos estaba casado. Pero detrás de esa nueva vida empezó a crecer otra historia: una hecha de sospechas, infidelidades y discusiones. Elize comenzó a creer que Marcos tenía otra mujer. No quiso quedarse solamente con la intuición: contrató a un detective privado. Las pruebas llegaron en mayo de 2012.
Una pizza, un disparo y una casa cerrada
La noche del 19 de mayo Marcos regresó al departamento con pizzas. El edificio seguía funcionando alrededor de ellos con la normalidad silenciosa de cualquier complejo residencial: ascensores que subían y bajaban, cámaras encendidas, vecinos entrando y saliendo. Adentro del departamento, en cambio, la discusión que la pareja arrastraba desde hacía tiempo llegó a un punto sin retorno.
El detective contratado por Elize había confirmado la infidelidad. A partir de allí, las versiones sobre lo que sucedió dentro de la vivienda se separarían.
Elize sostuvo que discutieron y que se sintió amenazada. Dijo que tomó una de las armas que había en la casa y disparó. La bala impactó en la cabeza de Marcos. La fiscalía nunca aceptó que se tratara simplemente de una reacción espontánea durante una pelea: sostuvo que había elementos que permitían pensar en una planificación, entre ellos, las características del disparo y, sobre todo, lo que ocurrió después.
Porque el crimen no terminó con el tiro. Marcos quedó dentro del departamento. Nadie lo vio salir. Elize permaneció allí durante horas. Después comenzó una tarea que convertiría el homicidio en un caso imposible de olvidar: desmembró el cuerpo de su esposo.
Entonces aparecieron las cámaras. La secuencia que después vería todo Brasil mostraba una parte muda del crimen. El ascensor se abrió. Elize cargó el equipaje. Ninguna cámara podía mostrar qué había dentro. Tampoco hacía falta, una vez que la investigación reconstruyó las horas anteriores. Marcos había entrado y no había salido. Su esposa sí: primero con las valijas, después sin ellas.
Elize condujo hasta Cotia, una zona de vegetación en el área metropolitana de São Paulo, y abandonó allí los restos. Durante un tiempo intentó instalar otra explicación: Marcos había desaparecido.
El relato era difícil de sostener. Cuando los restos fueron encontrados y la policía avanzó sobre ella, Elize terminó confesando.
Admitió el disparo. Admitió el descuartizamiento. Admitió el traslado del cuerpo. Lo que nunca aceptó fue haber planeado el asesinato.
Esa diferencia sería el corazón de la batalla judicial que se prolongaría durante años.
Pero antes del juicio, el caso ya había desbordado los tribunales. Brasil observaba con fascinación y horror una historia que reunía todos los elementos para convertirse en un fenómeno policial: una familia millonaria, una exescort, una infidelidad descubierta por un detective, armas dentro de un departamento de lujo, un heredero muerto y unas valijas que habían atravesado tranquilamente el hall de un edificio cargadas con partes de su cuerpo.
De “Kelly” a “señora Matsunaga”
Elize había nacido en Paraná en 1981. Su biografía anterior a Marcos quedó expuesta después del crimen con una crudeza que probablemente nunca habría imaginado. Contó que su padre la había abandonado cuando era pequeña y que durante la adolescencia sufrió abusos dentro de su entorno familiar. También dijo que dejó su casa después de no encontrar protección.
Su historia posterior estuvo marcada por intentos de escapar de esa vulnerabilidad. Estudió enfermería durante un tiempo y soñó con estudiar Derecho. Sin recursos suficientes, terminó entrando en el circuito de acompañantes de lujo. En São Paulo utilizó el nombre de Kelly.
Marcos Matsunaga pertenecía a la otra punta de esa escala social. Era heredero de una familia que había construido un poderoso negocio alimentario. Había estudiado Administración de Empresas y ocupaba funciones de conducción dentro de Yoki. Tenía dinero, propiedades y aficiones costosas. Le gustaban las armas y el tiro deportivo. Su vida transcurría entre el mundo corporativo y una intimidad que, después de su muerte, quedó expuesta de manera brutal.
Cuando conoció a Elize estaba casado y ya tenía una hija. La relación con la acompañante se volvió estable y terminó rompiendo aquel primer matrimonio. Más tarde, Marcos y Elize se casaron.
Las sospechas de nuevas infidelidades reprodujeron una historia que ya había ocurrido antes: Marcos había conocido a Elize mientras estaba casado y ahora ella creía que otra mujer estaba ocupando su lugar. Según la reconstrucción del expediente, las discusiones comenzaron a mezclarse con un temor adicional: qué ocurriría con su hija y con su propia vida si el matrimonio terminaba. Nada de eso, sin embargo, explica por sí solo lo que ocurrió después del disparo.
Ese fue uno de los aspectos más perturbadores del caso y uno de los que concentraron la atención de los investigadores: entre matar a alguien durante una discusión y pasar horas manipulando su cadáver existe una secuencia de decisiones. Elize no huyó inmediatamente. No pidió ayuda. No llamó a una ambulancia. Se quedó.
La defensa insistió en separar ambos momentos. Según su posición, el homicidio había ocurrido sin planificación y el descuartizamiento había sido una conducta posterior destinada a esconder el crimen. La acusación intentó leer la secuencia completa como parte de una acción calculada.
Hubo además una discusión forense especialmente oscura. Durante el proceso se debatió si Marcos había muerto de manera instantánea por el disparo o si podía haber estado todavía con vida al comenzar la manipulación del cuerpo. La Justicia sí consideró acreditado que el disparo había resultado un recurso que imposibilitó la defensa de la víctima.
Siete días frente al jurado
El juicio comenzó a fines de noviembre de 2016 en el Foro Criminal de Barra Funda, en São Paulo. Durante siete días declararon testigos, investigadores, personas vinculadas con la pareja y especialistas. La acusación presentó a Elize como una mujer que había matado a su marido y después había desplegado una secuencia destinada a hacer desaparecer el cuerpo.
La defensa intentó demostrar que el disparo no había sido premeditado. El jurado la declaró culpable.
La acusación había llegado al debate con tres calificantes para el homicidio: motivo torpe, medio cruel y utilización de un recurso que imposibilitó la defensa de la víctima. Los jurados aceptaron esta última. También la consideraron responsable de la destrucción y ocultamiento del cadáver.
En diciembre de 2016 fue condenada a 19 años, 11 meses y un día de prisión, además de una multa. La pena comenzó en régimen cerrado. Años después, las decisiones de instancias superiores modificaron el cálculo. En 2019, el Superior Tribunal de Justicia reconoció su confesión como atenuante y redujo la pena correspondiente al homicidio de 18 años y nueve meses a 16 años y tres meses.
Elize permaneció encarcelada durante aproximadamente una década. En 2019 avanzó al régimen semiabierto y el 30 de mayo de 2022 salió de la prisión de Tremembé después de que la Justicia le concediera la libertad condicional. Tenía obligaciones: mantener una ocupación lícita, informar periódicamente sus actividades y no abandonar la jurisdicción correspondiente sin autorización.
Afuera ya no existía la vida que había tenido antes del crimen.
No estaba Marcos. Tampoco estaba con ella la hija que ambos habían tenido y que era apenas una beba cuando su padre murió. La niña quedó bajo el cuidado de la familia paterna y fue preservada durante años de la exposición pública. El vínculo con Elize quedó atravesado por decisiones judiciales y familiares que mantuvieron una enorme distancia entre ambas. Después de salir de la cárcel, Elize se instaló en Franca, en el interior de São Paulo, y mantuvo un perfil mucho más bajo que el que la había acompañado durante el juicio. En sus primeras declaraciones públicas tras recuperar la libertad, dijo que no podía reparar lo ocurrido y que ella tenía una segunda oportunidad que Marcos ya no podía tener.
De la realidad a la ficción
En 2021, el periodista brasileño Ullisses Campbell publicó Elize Matsunaga: A mulher que esquartejou o marido (Elize Matsunaga, la mujer que descuartizó al marido), una biografía que reconstruye la vida de Elize desde su infancia en Paraná y sus años como acompañante hasta el asesinato, el proceso judicial y su paso por prisión. La historia también quedó atravesada por la propia voz de la condenada: durante sus años en la cárcel, Elize escribió Piquenique no Inferno (Picnic en el infierno), un texto en el que buscó dejar registrada su versión de los hechos.
Ese mismo año, Netflix estrenó la miniserie documental Elize Matsunaga: Érase una vez un crimen, dirigida por Eliza Capai, que repasó el homicidio, la investigación y el juicio e incluyó declaraciones de Elize desde prisión. Cinco años después, el caso regresó a la plataforma con Elize: Sombras de una mujer, película de ficción estrenada el 22 de julio de 2026, dirigida por Felipe Vellas y protagonizada por Lorena Comparato y Henrique Kimura. A diferencia de la producción documental, el film dramatiza la relación entre Elize y Marcos, las infidelidades y los acontecimientos anteriores al asesinato y volvió a colocar el caso en el centro de la atención pública 14 años después.
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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