Empezaba el segundo tiempo en la Catedral, llena de fieles. Partido apretado, deslucido, cortado… CASI y SIC no entusiasmaban a la multitud apiñada en derredor del campo de juego y sobre la tribuna de cemento. Se cantaba, se agitaban banderas, se sacudían los tirantes, pero faltaba fervor, calor, pasión. El superclásico por el Top 14 de URBA languidecía. Moría de vulgaridad y sin remedio. No despertaba pena, no generaba gloria. Nada. Era gris como el día. Con el SIC arriba por seis puntos y el CASI reacomodándose con un hombre menos, por la tarjeta amarilla a Eugenio Sartori al cierre de la etapa inicial.
Pocas luces sobre el césped, poco bullicio sobre el cemento. Nadie contagiaba a nadie. Había aliento, pero bien de fondo, como una cortina musical: “Vamos la Acadéééé…”, de un lado; “Zanja, mi buen amigo…”, del otro. Todo en un tono monocorde, como el desarrollo. Sin relieve ni matices. Hasta que el CASI reaccionó. Se sacudió la modorra y fue a buscar el ingoal del adversario. El SIC, mandado a hacer para esas cosas, se prendió a la disputa. Y fueron envalentonándose… Un tackle acá, un quiebre por allá, un try de Benjamín Belaga , más un penal de Juan Akemeier , y otro penal de Agustín Sascaro … Y el clima cambió. El ambiente creció. La tarde se revolucionó. El cambio de adentro repercutió afuera. Ahora sí se jugaba un verdadero clásico, caliente en la cancha, sonoro en las gradas, y sin incidentes, ni discusiones. Todo en armonía. Con prudencia, para no cruzar la línea del respeto. Como debe ser. Como fue siempre.
Cuando se venía la oscuridad de la noche, se encendió el partido, hubo que recurrir a la iluminación artificial, y se desató la euforia. CASI-SIC hacían honor a su historia y con más enjundia que claridad, revivieron un partido destinado al olvido
Se jugaba la última pelota y el SIC, abajo 23-19, fue por el try del triunfo. No le servía otra cosa. Le metió para adelante y se llevó puesto al CASI, que se defendía con bravura, con la cola pegada al ingoal. Se esforzó, dejó la piel, pero la resistencia no dio abasto. No alcanzaron los descomunales tackles de Ignacio Torrado , baluarte del local. No fue suficiente que sus compañeros se inmolaran ante cada arremetida manejada por el pícaro Mateo Albanese . Y en la enésima puntada, quebró Tomás Meyrelles y el SIC anotó el try. Lo anotó el SIC porque todos empujaron, todos se involucraron: “¿La verdad? Fue de todos, pero yo se lo doy a los forwards”, destacó Albanese, el capitán de la victoria, muy lúcido en el momento más álgido de la lucha.
La conversión de Agustín Sascaro, anecdótica, llegó con el pitazo final del réferi Nehuén Jauri Rivero. Y se desató la fiesta en el sector copado por la gente del San Isidro Club , al mismo tiempo que la desazón envolvía a los simpatizantes del Atlético, quienes no podía entender cómo se les escapó el triunfo en el último instante. “Es para aprender, creo que no fuimos inteligentes cuando tuvimos un jugador más. Pero bueno, hay que seguir mejorando”, reconoció Akemeier, el solvente fullback del equipo derrotado, que siempre da la cara.
La alegría era toda de la Zanja, que se largaba a celebrar. Jugadores e hinchas, mancomunados, hermanados por los cantos y los bailes. Por las dedicatorias, por las cargadas… La misma escena de hace siete meses, en el mismo lugar y ante el mismo oponente. “Increíble… Peleamos durante los ochenta minutos y en la última jugada se nos dio y nos llevamos el triunfo”, sintetizó Albanese. “Esperé como seis meses para esto. Me lo perdí el año pasado y ahora se me dio, estoy muy contento”: con los ojos mojados, Bautista Viero expresaba su alegría infinita. De la lesión compleja de aquella semifinal, que le puso un interrogante serio a su salud, y que parecía cortarle la carrera, a este guiño de Dios, para emocionarse y celebrar con todos. “Se definió al final, porque estaba para cualquiera… Igual, todavía hay mucho por mejorar”, admitió el apertura Sascaro, muy preciso a los postes y determinante en la conducción del equipo.
Tecla Meyrelles contó la jugada que definió el duelo: “No tuvimos una buena tarde en el line, por el tirador y por todos, y en el último penal, el lanzador no quería ir al line, yo sí y dije, bueno, hicimos un gran partido y si el CASI la roba, no me importa, igual estoy orgulloso de este equipo. Y se dio. Tuvimos h... y nunca bajamos los brazos”.
Ya es de noche. El césped exhibe las huellas de una batalla de intenso desenlace. En las tribunas sólo quedaron papeles, cintas, algunos tirantes y los ecos del festejo tricolor. Nada más. No hubo incidentes. Se jugó fuerte, se alentó siempre y el ganador festejó a gusto, sin cruzar la línea que desbarranca hacia el bochorno.
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Fuente:
La Nación
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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