
Todas las encuestas coinciden en un punto: a la gente no le interesa el affaire Adorni . No lo leen, se aburren, le escapan. La pucha: es un dato que me llama poderosamente la atención, por varios motivos. El primero: se trata de una figura muy querida, fulgurante aparición en la marquesina política, consumado moralista en los tiempos aciagos del saqueo kuka, ganador con la fusta bajo el brazo de las últimas elecciones en la Capital –nada menos que frente a un Macri–, jefe de Gabinete del gobierno que está cambiando nuestras vidas, persona de absoluta confianza de los hermanos Milei, el rey de la ironía (quizá el atributo que más le envidio) y un emperador en X; cada vez que en sus posteos aparece el célebre “fin” yo me quiero matar: no, Manu, seguí, no nos prives de ese estilete que hace las delicias de grandes y chicos.
Segundo motivo: en este tema, te distraés un minuto, no le prestás atención y te quedás con que los Adorni vivían apretados por cuatro paredes. Te perdés su expansión inmobiliaria (su avance, en términos libertarios). Del sueño del techo propio a disponer de cuatro techos: tres departamentos y una casa. Cambiás de canal cuando muestran la casa de fin de semana en el country Indio Cua, en Exaltación de la Cruz, y no te enterás de las esforzadas reformas que le hicieron Manu y Bettina, su mujer. La compraron en 120.000 dólares , le pusieron arriba, para que se viera acogedora, más del doble, 250.000 , y muchos creyendo que se trata del vulgar chalecito que conocimos en las fotos de semanas atrás. Pagaron esos 250.000 en efectivo, verde sobre verde, pero, claro, los que no siguen el día a día del caso deben pensar que todavía Manu sigue pasando la gorra entre jubiladas. Esos despistados los hacían veraneando en un hotel de Obra Social en Gesell y ellos estaban en Aruba, corazón del Caribe.
La extraña ecuación de pagar 120.000 y hacer arreglos por 250.000 (por qué no comprar una de 400.000) llevó a conclusiones equivocadas. “Claro, en la declaración jurada va a figurar 120.000 y no 400.000”. Error. Adorni jamás haría reformas sin declararlas. La explicación es más sencilla, y muy conocida por todos los que se hayan metido a construir una vivienda o a mejorar la que tienen: el famoso “ya que estamos”. “Ya que estamos [en obras y en gastos], modernicemos la cocina”. “Ya que estamos, hagamos los baños”. “Ya que estamos…”. Los Adorni cayeron en esa dinámica y nunca pudieron parar. Mármoles, yacuzzi, pisos y aberturas en tope de gama, una parrilla en la que todos los terneros quieren terminar sus días… Así, hasta el instante fatídico: “Ya que estamos, una cascada en la pileta” . Lo lamentarán hasta el resto de sus vidas. Por un lado, ese añadido ha sido juzgado por constructores, decoradores, ambientadores y paisajistas con los adjetivos más hirientes: “Grasada”, “esperpento”, “adefesio”, “mamarracho”… (como notarán, evité poner los peores). Fue considerado –en mi opinión, injustamente– un lujo, una excentricidad. Lujo es la cascada de Carlitos Tevez en su quinta de La Horqueta, que le debe haber costado un Perú. Esta, 3500 dólares; la verdad, una baratija. ¿Vieron las fotos? Cuatro chorritos pedorros. Si te ponés en gastos, como dice un amigo mío, “abrile grande”. Por otro lado, tiro un dato que no ha trascendido por la proverbial discreción de los dueños de casa. Hicieron la cascada por prescripción médica. El agua cayendo con fuerza sobre pecho, hombros y espalda es el mejor tratamiento terapéutico para personas diagnosticadas con deslome laboral.
El tercer motivo por el cual sorprende que la gente no se enganche con los infortunios de Manu, o con su fortuna, es que la historia lo tiene todo: amor, política, economía, resiliencia, ascensos vertiginosos y caídas… en cascada, suspenso, intrigas. Amor a raudales, porque todos los gastos e inversiones de Manu contemplan a su familia: nunca se cortó solo, no se le conoce renovación de vestuario, o relojes de oro, autos modelo Toviggino, excursiones con modelos, estilo Cheque Tapia. Alta política: de ser “solo un periodista”, a tener la supervisión de todas las cajas del Estado. Economía: sabíamos que es contador, aunque haya ejercido poco y nada, pero desconocíamos su habilidad para hacer rendir hasta el último peso. Resiliencia: pasar vergüenza y seguir adelante es solo para unos pocos. Ascensos y descensos: alcanzó las cumbres de la mano de los Milei, y hoy, cuesta abajo en la rodada, sigue asido a las mismas manos, que podemos imaginar temblorosas. Intrigas: ¿lo están empujando algunos ministros? ¿Pato Bullrich insta al Pelu a activar la motosierra?
Suspenso. ¿cuándo pondrá Manu un tuit de una sola palabra? “Fin”.
Fuente:
La Nación
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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