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Trabajaba en la fiambrería de un súper chino y se enamoró de su jefe: “En la cama es mejor que los argentinos”


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En San Pedro, donde la rutina transcurre entre el río y las quintas, la historia de Maite Ortega parece salida de una película romántica. Tenía 24 años cuando empezó a trabajar como fiambrera en un supermercado chino y jamás imaginó que detrás del mostrador encontraría algo más que estabilidad laboral: conocería al hombre con el que formaría una familia.


Su historia comenzó frente a la máquina de cortar fiambre. Zhang, de 32 años, vive en la Argentina desde hace una década y era el encargado del supermercado donde ella ingresó a trabajar. El primer vínculo fue estrictamente laboral, aunque desde el inicio hubo señales que a Maite le llamaron la atención. Según recuerda, el día que la contrató le cambió el sueldo tres veces en la misma jornada, siempre mejorándole la oferta.


Al principio, todo se reducía a miradas y pequeños gestos. “Él siempre iba, miraba y me observaba. Yo no entendía el por qué, pensaba que estaba haciendo algo mal”, cuenta sobre aquellos primeros días. Pero pronto entendió que la atención era otra cosa. “Me gustaba que era muy atento. Por ahí yo iba mal al súper por otro motivo y él me decía ‘¿Qué te pasa? ¿Necesitás irte?’. Siempre estaba ahí para ver si me faltaba o si necesitaba algo”.


El punto de quiebre llegó en Navidad. Maite quiso decorar su sector y le pidió permiso. Poco después recibió un mensaje de un número desconocido: “Decorá bien que después voy a ver cómo queda”. Era él, a quien ella llama “Sam”. A partir de ahí comenzó lo que define como un “chamuyo” constante.


Los detalles se hicieron habituales: flores, chocolates y hasta dinero aparecían sobre el papel film cada vez que ella llegaba a su puesto. “Dentro de mí se despertaba esa atención que otra persona por ahí no tenía y estaba en él. Nunca pensé que iba a terminar con un chino, pero me cautivó eso: que es detallista y ordenado, y que supo cuidarme cuando más lo necesité”.



Tras cuatro meses trabajando juntos, la relación se formalizó y ella dejó el empleo. La convivencia implicó un choque cultural y un aprendizaje mutuo. Maite adoptó gran parte de la gastronomía de su pareja: arroz amarillo, tallarines, pollo picante y berenjenas son habituales en su mesa, aunque todavía evita los caracoles que él prepara.


También descubrió diferencias en las demostraciones afectivas. “El argentino es de dar besos muy diferentes, que te enciman. Ellos no tanto. Es por ahí un pico o un beso que no sea tan largo porque no les gusta que les den mucho amor”, explica. Sin embargo, esa sobriedad se compensa de otra forma: “Él no es muy demostrativo, le cuesta demasiado. Entonces yo lo agarro por ese lado: cuando me cela, siento que tiene interés por mí. Porque si no tiene interés, te das cuenta enseguida”.


Sin rodeos, Maite también habla del plano íntimo y asegura que la química es total. “En el tema de cama es, para mí, por mi experiencia, mucho mejor el chino que el argentino. Me atrevo a decir que en la cama es mejor que los argentinos, y si me das a elegir entre mi ex y él, lo elijo mil veces hoy en día”.


La familia se consolidó con una historia previa. Maite ya era mamá de Roma, de 6 años, cuando comenzó la relación. Luego nació Félix, hoy de 2. “Yo siempre quise el varón y se dio. Para ellos es como que el varón es mucho mejor que la mujer”, comenta.


La convivencia no estuvo exenta de crisis. “No te cuento las veces que nos separamos porque no me van a alcanzar los dedos”, bromea. Pero el proyecto sigue firme y ya sueñan con viajar a China en 2027. “Me iba a ir este año, pero pasaron cosas; vamos a ir el año que viene si Dios quiere y él va a ir conmigo”.



Hoy, dedicada a sus hijos y terminando el secundario, Maite reconoce que extraña la independencia laboral. “Lo primero que a mí me gustó siempre fue trabajar, cosa que ahora no puedo. Estar encerrada te trae pensamientos, buenos o malos, y a mí me aburre. A veces le pido plata con vergüenza porque no me gusta pedir, siempre me independicé sola”.


Entre diferencias culturales, desafíos y aprendizajes, su historia demuestra que el amor puede surgir en los lugares más inesperados, incluso entre fiambres y góndolas de supermercado.


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GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo