Dicen los agoreros que el libro ya perdió la guerra contra el celular. Pero en la playa , el papel tiene un aliado cósmico : el sol. Allí donde el reflejo convierte a la pantalla más cara en un espejo negro inútil, el libro recupera su trono.
La “Biblioteca Playera” se nutre de tres fuentes muy claras:
Leer hace bien y la ciencia lo avala: mantiene el cerebro ágil (fundamental después de tres cervezas al sol) y baja el estrés . Además, vivir la vida de otros te da empatía, ideal para no matar al de la carpa de al lado que escucha reggaetón al palo.
Pero en la Costa Atlántica , el libro cumple una función extra muy cotizada: es la coartada perfecta contra “los entusiastas de siempre”, esa gente que todo el tiempo quiere hacer de todo: jugar a la paleta, caminar, hacer aquagym, etcétera. El libro es un cartel de “no molestar” socialmente respetado. Si tenés un libro abierto —aunque estés mirando la misma página hace media hora— sos intocable.
En cuanto a géneros, no hay grieta . Gana por goleada la novela histórica o romántica escrita por mujeres . Es la alquimia editorial que hoy domina el mercado; basta mirar las listas de ventas. En segundo lugar, se ubican los libros de autoayuda . Es lógico: son capítulos cortos que prometen felicidad y bienestar, exactamente lo mismo que fuiste a buscar a Santa Teresita y que ahí no vas a encontrar. Mejor buscalo en un libro.
Pero digamos todo: el “libro de playa” es un paria . Es un objeto que sufre. Sus páginas guardan un kilo de arena entre el capítulo 4 y el 5. Su lomo está quebrado. Comparte el hábitat hostil del bolso con la lona húmeda, el protector solar mal cerrado y marcas de grasa de salame y transpiración de queso en el prólogo.
Por esta condición higiénica, muchas veces no entra a la casa. El libro de playa se queda todas las vacaciones en el bolso, es un libro que piensa que el mundo es una playa eterna. Pero eso no lo preocupa demasiado: ya que por su contenido, ya lo dijimos, es un texto despreocupado, feliz, que raramente habla de filosofía alemana o de tragedias rusas.
El destino de estos libros suele ser incierto. Muchos quedan abandonados, como el perrito Bobby en la década del 80. Otros, especialmente esos hallazgos de las casas de alquiler, sufren un secuestro. Puede ocurrir que el veraneante se enganche tanto que no lo quiera soltar. Técnicamente es un robo, sí . Pero seamos justos: no es lo mismo que afanarse una tostadora. No estoy romantizando el hurto, déjenme hacer el correspondiente “disclaimer” para no ser acusado luego de hacer apología en horario central. Que quede claro: robar libros está mal.
Al final del día, hay que querer al libro de playa. Porque aunque esté lleno de arena y huela a queso con bronceador, es el único que logró que, por un rato, levantemos la cabeza de la pantalla y miremos el horizonte .
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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