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Fue de excursión y murió aplastada por una escultura en Palermo: Tenía 6 años


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Marcela Iglesias tenía seis años cuando murió durante una excursión escolar en el Paseo de la Infanta, en la Ciudad de Buenos Aires, actualmente rebautizado con el nombre de la nena en su honor. Fue en febrero de 1996 cuando una escultura de hierro de casi 300 kilos se desplomó y la aplastó.

A 30 años del hecho trágico, no hay ningún condenado. Los responsables fueron procesados, pero la causa se diluyó entre apelaciones, recusaciones y cambios legales que terminaron cerrando el camino judicial en la Argentina.

Por la muerte de la nena fueron procesados Diana Lía González de Lowenstein, galerista que ocupaba de manera irregular un espacio público sin habilitación municipal; Danilo Danziger —autor de la escultura, fallecido en 2013—; y funcionarios porteños como Héctor Torea, Juan Carlos Favale y Antonio Mazzitelli, acusados por homicidio y lesiones culposas. Mario Pasinato, otro integrante de la gestión municipal, fue imputado por abuso de autoridad. Ninguno recibió condena.


 

La causa avanzó durante años, pero nunca llegó a juicio. Según reconstruyeron los padres de Marcela, cada vez que el expediente estaba listo para ser debatido oralmente, las defensas presentaban nuevas apelaciones que eran aceptadas. En 2006, la aplicación de la ley 25.990, que acortó los plazos de prescripción, terminó por cerrar definitivamente el caso en la Justicia argentina.

Tres décadas después, la historia tuvo un giro inesperado y el reclamo llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En agosto de 2025, los padres de Marcela viajaron a Costa Rica para exponer el caso ante jueces de distintos países y para exigir que el Estado se haga responsable por la muerte.

“Para nosotros, que se haya escuchado el nombre de Marcela en la corte más importante de América ya es una forma de justicia”, dijo Nora Ribaudo, su mamá, en diálogo con TN. Ahora esperan la resolución definitiva del organismo judicial más importante de la región.

De la hija esperada a la tragedia sin culpables

Nora Ribaudo tiene hoy 76 años. Eduardo Iglesias 70. Cuando Marcela nació, ella tenía 40 y él 34. Fue su única hija y llegó después de una espera larga, agotadora y llena de frustraciones.

“Marcela no nacía. Hice un tratamiento durante cinco años para poder tenerla. Era una nena esperada, ansiada. Cuando finalmente llegó, el 19 de octubre de 1989, la casa se vistió toda de rosa”, recordó.

Ese verano de 1996, decidieron mandar a su hija al club del Banco Hipotecario. El 5 de febrero, como los clubes estaban cerrados, organizaron una excursión al Paseo de la Infanta. “Nunca imaginé que ese lugar, que era un paseo público, podía ser peligroso”, dijo la mujer. Allí, una galería de arte ocupaba los arcos del paseo sin habilitación y subalquilaba espacios a distintas empresas.

Cuando llegaron los chicos, los dividieron en grupos. Algunos fueron a un pelotero. Las nenas más chiquitas, entre ellas Marcela, caminaban por el lugar. “De golpe cayó la escultura”, relató Nora. Era una estructura de hierro, apoyada sobre dos rieles, con forma de U y una T invertida. “No era algo para treparse. Pesaba cerca de 300 kilos. Lo que le cayó encima a Marcela eran 270 kilos de hierro”.

Otras dos nenas de cinco años quedaron a cada lado del cuerpo de Marcela. Ella murió en el acto. “Y todavía decían que las nenas estaban trepadas. ¿Cómo tres criaturas iban a tirar una escultura de ese peso?”, se preguntó su mamá. “Murió con huesos rotos, aplastada, y nadie nos dio una explicación”, expresó. Desde el primer día, Nora y Eduardo iniciaron un camino judicial que se volvió interminable. El primer juez, Luis Alberto Schelger, tuvo el expediente nueve meses guardado. “Si yo no pedía un abogado, la causa seguía en un cajón. Le pregunté para qué había estudiado tanto si no sabía qué hacer. Se enojó porque dice que lo traté de burro”, contó.


 

Luego intervino la jueza Susana Noceti de Angeleri. “Les aceptó 117 recursos a los implicados. Cada vez que estábamos listos para ir a juicio, las defensas se ponían en fila india para apelar. Uno recusaba, después otro, y la rueda volvía a empezar”, explicó Nora. El fiscal pedía elevar la causa a juicio, pero la jueza rechazaba la solicitud una y otra vez.

Con el paso de los años, la causa volvió a foja cero en reiteradas oportunidades. Hasta que llegó el golpe final con la aplicación de la ley que acortaba los tiempos de prescripción. “Un día la jueza nos dijo: ‘La muerte de su hija ya fue. Ahora estamos en otra cosa’”, recordó. “Eso no se lo decís a ningún padre”.

La familia recusó a la magistrada y llevó el reclamo a instancias superiores. La respuesta fue devastadora. No solo avalaron la aplicación de la ley, sino que además les ordenaron pagar las costas del proceso. “Nos hicieron pagar por pedir justicia”, dijo Nora. “Se armó un alboroto enorme”, recordó.

El caso que escaló a nivel internacional

La causa llegó a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que aplicó el artículo 280 del Código Procesal y consideró que el caso carecía de trascendencia institucional. Lejos de resignarse, los padres de Marcela acudieron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.


 

Tras años de trámites y prórrogas solicitadas por el Estado argentino, el caso fue aceptado en 2017. Luego de la pandemia, llegó el llamado más esperado y la causa sería tratada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en Costa Rica, por la violación a los derechos del niño y de la familia.

En agosto de 2025, Nora y Eduardo viajaron para declarar ante jueces de Paraguay, Chile, Brasil, Colombia y Costa Rica. “Nos preguntaron todo: cómo fue el hecho, cómo actuó la Justicia argentina, por qué nunca hubo juicio”, relató. El Estado argentino se declaró responsable y ahora resta conocer la resolución final.

Marcela hoy tendría 36 años. “Para nosotros sigue siendo una niña”, dijo su mamá. “Hace 30 años que le digo ‘yo te juro mi corazón’”. Los silencios, los espacios vacíos y los recuerdos siguen intactos.

La mujer contó que decidieron donar su ropa a los niños del norte, mientras que sus juguetes fueron donados al Garrahan. “Fue muy difícil para nosotros. Cuando un hijo es único, el vacío es enorme y te aferras a lo que queda de ellos”, explicó.

A tres décadas de la muerte de Marcela, la lucha continúa. “Le prometimos que mientras estuviéramos vivos íbamos a pedir justicia por ella”, afirmó Nora. “Que su nombre haya sido escuchado en la Corte Interamericana ya es, al menos, un juicio por la verdad”, cerró.


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