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El miedo a enamorarse: por qué algunas personas se alejan cuando el vínculo crece


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Todos conocemos a alguien que atravesó una separación difícil, si es que a uno mismo no le pasó. Y los días posteriores varían según las personalidades: algunos logran elaborar el duelo y, con el tiempo, volver a confiar. Otros, en cambio, parecen cerrarse por completo al amor: evitan intimar, se muestran autosuficientes o sostienen que “ya no creen en las relaciones ”. Aunque estas respuestas puedan parecer similares desde afuera, para la psicología no todas significan lo mismo. En ciertos casos, detrás de esa aparente elección se esconde un miedo profundo a volver a sufrir: la famosa filofobia .

Para muchos profesionales, no se trata de no querer estar en pareja, sino de una dificultad profunda para sostener la cercanía afectiva cuando el vínculo empieza a volverse significativo. De hecho, “la filofobia no aparece como rechazo al amor, sino como una reacción de protección frente a la posibilidad de volver a sufrir ”, sostiene la psicóloga Sol Rivero (M.N 51.296), especialista en neurociencia.

En estos casos, el deseo de intimidad convive con una alarma constante: cuando la relación avanza, el cuerpo responde con ansiedad, distancia o necesidad de huida , incluso aunque racionalmente la persona quiera vincularse.

Sin embargo, no toda distancia emocional habla de miedo. Hay personas que eligen la soledad como un espacio genuino de autoconocimiento, orden interno y bienestar. En esos casos, estar sin pareja no genera angustia ni conflicto: hay coherencia entre lo que se desea y lo que se vive .

Distinto es cuando el alejamiento de los vínculos funciona como una estrategia de protección. “La gran diferencia está en que querer estar solo es una elección consciente, mientras que evitar el vínculo suele ser una respuesta defensiva”, explica la psicóloga Agustina Meccico (M.N. 74.508), El miedo a enamorarse: por qué algunas personas se alejan cuando el vínculo crece. La persona puede decir que prefiere la soledad , pero al mismo tiempo experimentar ansiedad, ambivalencia o miedo cuando aparece la posibilidad de intimar.

Desde la teoría del apego, esta distinción es central: la autonomía saludable no excluye el deseo de cercanía; la evitación defensiva, sí. No se trata de disfrutar del propio mundo interior, sino de esconderse del riesgo que implica volver a amar .

A veces no tiene por qué pasar nada grave. La relación va bien, hay interés, hay cariño, incluso ganas de seguir. Pero de pronto aparece una incomodidad difícil de explicar: algo se tensa, dan ganas de tomar distancia, de no responder un mensaje, de poner un freno sin saber muy bien por qué . No es una decisión del todo consciente, sino una sensación corporal que llega antes que cualquier argumento .

En esos momentos, lo que suele activarse es la memoria emocional. No como un recuerdo claro ni como una imagen del pasado, sino como una reacción automática del cuerpo. “ La memoria emocional funciona de manera implícita : no aparece como un pensamiento claro, sino como incomodidad, irritabilidad, tensión física, necesidad de distancia o desconexión emocional”, dice Meccico.

Aunque racionalmente la persona sepa que la relación actual es distinta y que no hay una amenaza real, el cuerpo reacciona antes que la mente . El sistema límbico —encargado de procesar las emociones y el peligro— activa registros asociados a experiencias previas de dolor, pérdida o abandono . Así, situaciones habituales de cercanía, como un pedido de mayor compromiso o una conversación más profunda, pueden vivirse internamente como señales de alerta.

No se trata de falta de deseo ni de frialdad emocional. Muchas veces, la persona sí quiere vincularse, pero su organismo aprendió a anticiparse al sufrimiento. Por eso aparecen conductas que desconciertan tanto a quien las vive como a quien está del otro lado: ganas repentinas de alejarse , cambios de humor, dudas constantes o la sensación de estar atrapado, incluso dentro de un vínculo que se percibe como valioso.

En ese sentido, la huida no suele tener que ver con la persona que está enfrente, sino con una historia previa que se reactiva. “Cuando empezamos a alejarnos, la mayoría de las veces no huimos del otro, sino de algo del pasado que todavía duele y que no terminó de elaborarse ”, señala la profesional Rivero. La reacción no es consciente ni deliberada: es un cuerpo que recuerda antes de que la palabra pueda ponerle nombre al miedo.

La filofobia no puede pensarse solo en términos individuales. Las especialistas coinciden en que también es un reflejo del contexto actual . “Vivimos en una cultura que promueve la inmediatez”, destaca la psicóloga Sol Rivero; la sobreoferta de vínculos, la autosuficiencia extrema y la idea de que el compromiso es prescindible.

“Hoy se valora mucho la independencia, el control emocional, no necesitar a nadie. Eso hace que el miedo al vínculo se disfrace de libertad ”, señala Meccico. Frases como “estoy bien solo”, “no quiero perder mi libertad” o “no me conformo con cualquier cosa” pueden ser reales, pero también funcionar como una coraza emocional.

El mensaje más importante, coinciden ambas psicólogas, es no culparse ni resignarse. El miedo a enamorarse no es un defecto ni una falla de personalidad, sino una respuesta aprendida frente al dolor y reforzada por un contexto que no siempre favorece la seguridad emocional . Y todo lo aprendido —subrayan— también puede desaprenderse.

“Quizás el problema no sea sentir miedo, sino reducir cada vez más nuestra vida emocional para no sufrir”, concluye Rivero. Atravesar ese miedo, con tiempo y acompañamiento, puede ser el primer paso para construir vínculos más auténticos , sin dejar de cuidarse a uno mismo.


Fuente: TN


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