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A cuatro meses del caso de los jubilados, las otras desapariciones misteriosas de Comodoro Rivadavia


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Una ciudad atravesada por ausencias que no se nombran en pasado. Un lugar donde las vidas se interrumpieron de golpe. Personas que salieron de sus casas a caminar, correr, jugar o pasear y nunca más volvieron .

“Comodoro Rivadavia es la ciudad con más desaparecidos del país”, recuerda Cecilia Capovilla que le dijeron desde el Ministerio de Seguridad en 2017. Antes de 1994 no hay registros oficiales. Desde ese año hasta ahora 24 personas desaparecieron sin dejar rastro.

Teresa tiene 88 años y sueña todos los días con que su hija abre la puerta de entrada y aparece, después de cuatro meses de ausencia. Juana Morales desapareció junto a Alberto Pedro Kreder el pasado 11 de octubre en Cañadones de Visser, a 30 kilómetros de Comodoro Rivadavia. Ese día fue el último contacto que tuvieron con ella.

Teresa y Juana viven juntas en el barrio Juan XXIII, a quince minutos del centro de Comodoro. Cada día, Teresa llama a su nieta, Aldana Botha, y le pregunta una y otra vez: "¿Dónde está mi hija?". Y desconfía de la respuesta, piensa que su familia no le dice la verdad.

“Está muy mal mi abuela. Me pregunta constantemente y cree lo peor, que uno le oculta cosas”, confiesa Aldana, que prefiere hablar afuera de su casa. Adentro está su hijo chiquito y necesita tranquilidad.

La última vez que vio a su mamá fue el 9 de octubre . Juana la llamó por teléfono y le dijo que iba a pasar a visitarla. Mientras Aldana cocinaba, charlaron, se rieron. “Siempre estábamos juntas y ese día fue uno más”, cuenta.

Por momentos, se queda en silencio. Todavía intenta entender lo que pasó estos últimos meses que parecen años. Escenas con su mamá que vuelve a repasar en su memoria.

“Me comentó de otro viaje que tenía pensado hacer en noviembre. Lo de Camarones fue algo imprevisto, le dijo a mi hermana mayor por teléfono ”, revela Aldana. Ella sabía de la relación con Pedro Kreder, pero no de ese viaje.

Hoy, a cuatro meses de la desaparición, Aldana está convencida de que no fue un accidente. Al principio, en Comodoro, muchos decían que Juana Morales y Pedro Kreder estaban perdidos, que no podían estar lejos.

Cuando apareció la camioneta, la familia pensó que todo había terminado, pero no, lo que siguió fue más caos. Sin vallas ni control, el lugar se llenó de gente. Medios, voluntarios, policías. Todos miraron por la ventana, querían ver qué había adentro. “Hasta en las películas lo hacen de otro modo”, dice Aldana.

“La manera que se rompió el vidrio, la mala organización. Vi con mis propios ojos hasta caca de una persona cerca de la camioneta y sé que no la levantaron como evidencia. Así con latas de cerveza, porque se interpretó que estaban ahí hace un montón. ¿Y qué sabes si no la levantaste?”, relata.

Aldana fue al lugar con su marido y su cuñado, en una 4x4. Avanzaron todo lo que pudieron, hasta que el camino se volvió imposible y tuvieron que volver.

“Era muy peligroso. Tenes que ser muy audaz y conocer para manejar", dice. Juana atravesó un tiempo de agorafobia , miedo a los espacios abiertos. “Alguien los obligó a ir hasta ahí o fueron otras personas las que lo llevaron”.

Mientras tanto, Teresa sigue esperando en la casa que comparte con su hija. "Siempre estoy pensando en mi mamá", dice Aldana. Hace dos meses que no le informan nada sobre la búsqueda.

“Uhh… debo saber si en verdad, en algún lado estás. Voy a buscar una señal…” . Palabras, melodías que Cecilia Capovilla recuerda sobre aquel martes 26 de enero de 2016, el día en que su hermano Nicolás, de 35 años, salió de su casa en Comodoro Rivadavia y nunca más volvió. Hoy cada frase parece escrita para contar diez años de espera.

Mujer Amante, de Rata Blanca, es una de las canciones preferidas de Nicolás y la última que escuchó antes de desaparecer . Esa tarde, Cecilia lo invitó a tomar mate, pero Nicolás le dijo que recién se levantaba. Puso música, la escuchó hasta la medianoche y salió a correr.

Cecilia camina junto a este medio por la calle Sarmiento, entre Italia y España. En la vereda de la escuela María Auxiliadora señala la cámara de seguridad que registró por última vez a su hermano . Se lo ve trotando, con una bermuda clara, una remera azul de manga larga y una mochila negra que le habían regalado en Navidad.

“Diez años durmiendo mal, diez años esperando algo ; un mensaje, un llamado, un dato. Desde ese 26 de enero que no vivo”, dice.

Al día siguiente de la desaparición, Cecilia se despertó y notó algo extraño . Todas las cortinas de la casa de Nicolás estaban cerradas. Se fue a trabajar y, al volver, todo seguía igual.

Al otro día, decidió entrar. La puerta estaba abierta. Corrió las cortinas y entendió todo de golpe; la cama hecha, el celular apagado sobre la mesa, la billetera con plata. Todo como si Nicolás estuviera ahí.

Las imágenes de las cámaras recién aparecieron en septiembre. Para Cecilia, la búsqueda fue lenta, desesperante .

Con los años, la mujer de 44 años pensó hipótesis, escuchó versiones. “Acá en Comodoro es muy común escuchar; ‘Los tiran al descampado’ o como me dijo el jefe de guardavidas: ‘Pudo haber caído al mar. Si cae al mar, lo devuelve o se lo come’. A mí que recaiga todo en el mar no me va”.

Cecilia y Nicolás se parecen. Los mismos ojos, la misma nariz. Cuando se le pregunta cómo se convive con una ausencia así, toma aire para responder y dice: “Aferrándose a lo que uno tiene. Agradezco haber tenido a mis hijos”.

Y agrega: “¿Cómo se sigue? Pensando que yo quiero otra vida para mis hijos. Vengo tratando de mantenerme en pie hace diez años. Y todos los años aparece un desaparecido nuevo ”.

Matilda y Camilo tenían un año y medio cuando desapareció su tío. Hoy tienen 11 años. No lo recuerdan, pero lo conocen a través de los recuerdos de su madre.

“ Si dejo de hablar de Nicolás, él desaparece realmente . Las personas se mantienen vivas con la memoria y no lo voy a dejar de nombrar porque duele, lo que duele es el silencio”.

Mira a su alrededor. Por momentos, cree reconocerlo entre la gente. “Se me aparece Nicolás en la calle”, cuenta en voz baja.

“Este dolor no me lo quita nadie, hasta que no sepa qué pasó. No puede ser que nadie haya visto nada, esa no la me la creo”, cierra.

Rodrigo, Esteban, Alejandro, Cintia y Hernán estaba desayunando en la mesa del comedor. Entre mates, tazas y pan, los hermanos arrancaban el día. Su mamá, Marcela Muñoz, los miraba mientras dudaba si salir con tanto viento. “¿Quieren ir al camping?” , les preguntó. "¡Sí!", gritaron los chicos.

El 1° de enero de 1997 quedó grabado para siempre en la historia de la familia Soto. Y no por el día de camping que compartieron con abuelos, tíos, primos y sobrinos, sino por la desaparición de Hernán, de 10 años .

“Después de almorzar, los chicos fueron a la pileta. Vuelven y no veo a Hernán con el grupo. Mi sobrino me dice que le dio plata para una coca. Voy a buscarlo y no estaba”, relata su mamá, Marcela, que abre las puertas de su casa a Clarín .

En el comedor, una enorme pancarta con la cara de Hernán ocupa una de las paredes. Un recordatorio permanente de que falta uno de ellos y de que la búsqueda sigue, aun cuando ya pasaron 29 años .

La Policía tardó siete horas en llegar al camping. Su familia caminó durante días y noches para encontrarlo. En el predio había más de 2.000 personas y la pregunta sigue siendo la misma: ¿nadie vio nada?

Solo un chico de 12 años describió cómo iba vestido Hernán: una remera de agujeritos con el estampado de un guante de béisbol. “Lo vio con un muchacho de jean y remera negra”, explica Marcela.

Tres días después, se decidió allanar una estancia vieja, vecina al camping. En el quincho había una mesa de billar con dibujos. La maestra de Hernán reconoció la forma de escribir. También se encontraron tres pisadas que se perdieron porque no cuidaron la escena.

Desde entonces, Marcela recorre el país con la imagen de su hijo. “No me quiero morir sin saber qué pasó” , dice emocionada. Incluso, llegó a aferrarse a lo inexplicable.

Se reunió con una vidente que viajó hasta Comodoro y aseguró saber dónde estaba Hernán. El resultado fue negativo.

Hoy, Marcela piensa que alguien se lo llevó y que está bien. Hernán tiene epilepsia y pudo haber sufrido algún episodio y perder la memoria.

“ Con la edad actual de Hernán (38), quizás soy abuela y mis nietos tienen un primo más. Pesan el 1° de enero, el 9 de septiembre que es su cumpleaños, las Fiestas. Un peso que aprendimos a llevar”, explica.

Marcela cuenta que una señora de una iglesia pasó una vez por su casa y le dijo que Dios le da la carga al que lo puede llevar. “¿Por qué me eligió a mí?”, se preguntó muchos años. Con el tiempo entendió que hay dolores que no tienen respuesta.

Cuando Mabel Joursin iba a la escuela, veía a su papá Victorio Joursin salir de casa con el uniforme puesto y hacer las recorridas por el barrio. Policía, alto, de gran porte, caminaba por las calles con una presencia que imponía respeto y con una vocación de servicio que lo acompañó durante toda su carrera hasta su retiro.

Mabel siguió sus pasos. Pero desde que Victorio desapareció el 16 de enero de 2020, a los 74 años, lleva un dolor constante en el pecho.

“Mi mayor frustración es que soy policía y no pude encontrarlo”, confiesa Mabel, en la costanera de Comodoro.

La última vez que lo vio fue ese mismo día. “Pasé a almorzar, compartí risas, charlas. Me despedí de él, le di un abrazo y gracias a Dios le dije que lo amaba”.

Ese día, Victorio le avisó a su esposa que iba a caminar hasta la quinta de la familia, cerca del regimiento del kilómetro 11. Era una caminata que conocía de memoria.

“Él tenía Alzheimer, pero en etapa inicial. Por ahí, tenía algunos episodios pero no era algo continuo”, explica Mabel. Cuando no regresó, su esposa se preocupó y llamó a sus hijos. La familia dio aviso a la Policía y comenzó la búsqueda.

Un despliegue enorme; drones, cuatriciclos, caballos, helicópteros, aviones. Caminatas de hasta 14 horas, con 35 grados. Se hizo de todo para encontrar a Victorio, pero nunca apareció.

Y entonces llegó la pandemia. “El 20 de marzo cerraron todo y tuvimos que dejar la búsqueda, pasaron un montón de meses y la retomamos como pudimos”, cuenta Mabel.

Pasaron seis años desde aquel 16 de enero. “Cada vez que surgía un dato teníamos toda la esperanza y no era. La tristeza es enorme. Es muy difícil, desgastante”, confiesa la hija de Victorio.

Mabel está convencida de que su papá no salió de Comodoro. “Algo malo le pasó entre el regimiento y la quinta. ¿Quién le puede hacer daño a una persona mayor? Solo una mala persona”, dice.

Tenía la esperanza de que, después de lo que pasó con su papá, no volviera a ocurrir algo así en la ciudad. Pero los casos siguieron: “Son demasiados, y no podés estar todo el tiempo cuidándote, no disfrutar nada porque te puede pasar algo”, concluye.

Comodoro Rivadavia. Enviada especial

Redactora en la sección Sociedad.


Fuente: Clarín


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