Vecino del segundo piso de un edificio porteño vive con un chancho


Parece que hay cuatro tipos de “oink!”, tres de ellos relacionados con la idea fija de comer. El hambre del chancho es una cosa seria. El oink! restante proviene del miedo, pero Lucas –Lucas Reichenbach- dice que los sonidos de Jotaro están básicamente vinculados a la comida. Y entonces saca del jean un pedazo de zanahoria.
-¿Cerdo vegano?
-La zanahoria es justamente una zanahoria, un premio. Lo premio por cualquier cosa, ahora, por portarse bien en el ascensor.
Es bastante intenso el espíritu de emulación que existe entre los habitantes de la ciudad. Es cierto, como dice textualmente un famoso cuento de Fernando Sorrentino, que durante mucho tiempo todos se limitaron a rivalizar en perros, gatos, canarios o loros. El más exótico de los habitantes nunca fue más allá de las ardillitas o de una tortuga.

Bien podría hablar de Lucas el cuento. El mismo tuvo tortuga, gato, perro, chinchilla y, desde hace dos años, cerdo mini pig o minicerdo que, no obstante, su pequeñez, reviste un tamaño considerable, y promete seguir creciendo. 

En la ciudad de la fauna que imagino Sorrentino, la mucama del 7º “D” sorprendía contando los hábitos y la alimentación de arañas, alacranes, garrapatas.

Lucas lleva al chancho a un veterinario llamado doctor Peto, un señor muy amable que sólo atiende mascotas extravagantes. “No le lleves perros ni gatos, porque te saca carpiendo”. Lucas tiene 27 años. Vive con su mamá, Virginia, un sol de mujer que, en un bache sin mascotas, tras la muerte de un pastor belga, escuchó a su hijo durante una cena:


-Mamá, necesito un chancho. Estuve investigando y…

-Lucas.

-No quiero más perros. Los chanchos son más amorosos, más compañeros.

-Lucas.

-Casi humanos son los chanchos, mamá…
El joven trabaja de programador. Su computadora está pegada a la cama. Entre esos dos muebles hay un colchón mullido donde duerme Jotaro.

-Le encanta lo blando -dice su dueño-. Va de una cama a otra. A veces está tirado retozando en la cama mía o en la de mamá…
Jotaro tiene el pelo duro. Ahora mismo está abriendo la heladera. Sabe abrir heladeras y puertas corredizas. Es un cerdo del tipo silencioso que baja los peldaños como una vedette, dando pasos pequeños y resbaladizos. Sale a la calle, ahí nomás está Cabildo y Juramento. Caminamos y la gente -toda la gente sin distinción- lo mira, le saca fotos, lo confunde con un perro, lo reconoce como un chancho, le dice “qué divino”. 

Lucas aclara que sí, que se lo puede acariciar, y algunos lo tocan mientras el chancho frunce la nariz de chancho.

Al fin algo distinto, ajeno. La vida, de golpe, cobra un valor inusitado entre tanta monotonía y falta de ánimo: Sólo es cuestión de sacar a pasear al cerdito, que a cada tanto, hace eso que nosotros traducimos como oink!



Jotaro ve una plaza y acelera en el lugar como un dibujito animado. También, pero como un perro, hace caca y Lucas se agacha a recoger los pedacitos con papel higiénico.

-Si te choca con el hocico quiere decir que te está haciendo una demostración de cariño -aclara el dueño.

Nadie en la ciudad sabe tanto de chachos como Lucas. “Son animales muy emocionales. No pueden estar solos. Necesitan de uno todo el tiempo. Cuando dije: quiero un chancho, yo sabía que iba a tener que ocuparme. Cada paseo a la plaza dura como tres horas.

Puertas adentro, el chancho está siempre en la cocina. Su hambre es insaciable. Lucas logró enseñarle a comer sólo tres veces al día. “Cualquier cosa le viene bien. Lo agarré masticando piedras”. Su departamento del segundo piso es parte de un edifico con vigilancia permanente. Uno entra y le miden la fiebre como en el supermercado. Jotaro se cruza con vecinos que, de tan acostumbrados a su presencia, lo ignoran casi por completo.

Leemos en un diario: Furor por los mini pigs, las mascotas que llegaron a la Argentina y se hicieron virales. Desde hace algunos años los cerdos miniatura se volvieron tendencia en el mundo, sobre todo en los Estados Unidos y México. Ahora también pasean por las calles de Buenos Aires y se compran por internet en todo el país.

Acabo de ver a un tipo paseando un chancho por Capital, dice el tuit de un tal Juan Ignacio. Hablaba de Jotaro. 

“Chanchos domésticos”.

Señala otro artículo. Al parecer, la clave de esta popularidad –hasta Miley Cyrus tiene uno- es que son animales que aprenden rápido y no llegan a pesar más 45 kilos. Nada que ver con los cerdos de campo, que pueden acusar en la balanza alrededor de 400.

“Vive pendiente de la comida. Tiene un aparato digestivo envidiable. No hay nada que le caiga mal”. 

Lucas explica mientras el chancho juega con un gato que –nos olvidábamos- también vive en la misma casa. Se llevan fenómeno. Se los ve ir y venir por ahí, pero Jotaro y sus aspiraciones más íntimas están atravesadas por el hambre voraz. Lucas saca otro pedacito de zanahoria. 

Cuando lo perdés de vista, seguro está en la cocina. Hay que mantener la puerta cerrada porque va derecho a la heladera y la abre con la nariz”.

Un cerdo macanudo, espontáneo, compinche. Siempre detrás de Lucas. Por lo general, uno habla de esta clase de animal para saber cómo cocinarlo, si en forma de ribs, de costillitas con puré de manzana, de shawarma. 

“Cerdo es lo único que no le damos de comer. Sería medio jodido…”.

Admite el dueño. Jotaro duerme diez horas por día. Se adapta a los ritmos circadianos de su amo.

Virginia nos cuenta que lo compraron en una granja. 

 

 

“A este chancho nunca lo vas a ver en ninguna bandeja”. Anotamos. “Le gusta mucho el melón”. Anotamos. “Usa protector solar”.

-¿Cuánto cuesta un Jotaro?

-Alrededor de 15 mil pesos

En su teléfono, Lucas tiene un grupo de WhatsApp de gente con chanchos. Hace unos meses, antes de la pandemia, Jotaro y otros de su especie matchearon en una casaquinta. Ahí viene. Lo vemos de cerca, centímetros de distancia. Una experiencia completamente nueva. Nos miramos en el blanco de los ojos, ojos de buen tipo, linda vibración el cerdito.

Lucas dice que su mascota tiene casi dos años. En las fotos de su cuarto se lo ve de recién nacido, quedando grande en la palma de una mano.

En la calle, un nene entre maravillado y atónito:

-¡Mamaaaaa…! ¡Un chanchito!

-No, no es un chanchito. Parece un chanchito. Es un perro raro.

En la calle:

-¿Puede sacarle una foto? –pide una mujer-. Jajá, estas cosas sólo pasan cuando vivimos en cuarentena…
En la calle:

Un perro, perro malo, le tira un tarascón, Jotaro hace el oink! –oink! de miedo- y retrocede antes de que Lucas lo saque del conflicto para llevárselo lejos. Y en brazos.

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