
Tamara López de la Torre había ingresado al Sanatorio Mater Dei el 14 de junio de 2018 para operarse de un hombro . Estaba dolorida, recién salida del quirófano y bajo los efectos de la medicación que le habían suministrado. Pero todo cambió una noche, cuando un enfermero abusó de ella mientras estaba sedada y totalmente vulnerable.
Maximiliano Sebastián Recalde fue condenado a dos años de prisión en suspenso por abuso sexual simple. Sin embargo, para Tamara esa resolución no fue suficiente, ya que el agresor continuó vinculado a la actividad y ella tuvo que atravesar un largo camino judicial para que también se reconociera la responsabilidad de la institución donde ocurrió el ataque.
Ahora, la jueza María Claudia del Carmen Pita, a cargo del Juzgado Nacional en lo Civil N° 31, hizo lugar a la demanda de daños y perjuicios. Condenó al enfermero, a la Asociación Civil Mater Dei (propietaria del sanatorio) y a OSDE a pagarle una indemnización.
En diálogo con TN , la mujer reconstruyó lo que vivió aquella noche, el impacto que tuvo el abuso en su vida personal y laboral y los años que pasó intentando que la escucharan. “Yo literalmente desde ese día soy otra Tamara, no soy la misma Tamara” , expresó.
Tamara es cubana y había llegado al sanatorio para recuperarse de una intervención quirúrgica en el hombro derecho. Durante la noche del 14 al 15 de junio de 2018, quedó internada en una habitación privada, acompañada por una amiga.
Según su relato, tenía mucho dolor y le suministraban medicación para aliviarla. Recalde, que trabajaba como enfermero en el establecimiento, entraba varias veces a la habitación. Ella no sospechaba nada. Creía que estaba allí para cuidarla.
“ Yo entré feliz y contenta. Conseguí los medios para sentirme de esa manera, contenida. Y la verdad es que así yo pensaba que estaban ocurriendo las cosas”, recordó.
La mujer explicó que, en ese momento, no podía dimensionar la cantidad de medicamentos que le estaban inyectando ni darse cuenta de que se encontraba en una situación de extrema vulnerabilidad. Mientras su acompañante dormía, ella permanecía despierta, dolorida y bajo los efectos de la medicación.
“Yo pensaba que la cantidad de medicación que me estaban dando, por fuera de lo que el médico había dicho que me dieran, estaba bien, me iba a aliviar ese dolor ”, contó.
En un momento, dejó de recordar lo que ocurría en la habitación. Entre las 3 y las 4 de la madrugada, se despertó y vio que Recalde estaba junto a su cama. El enfermero la estaba manoseando .
Tamara reaccionó como pudo. No entendía si estaba viviendo una pesadilla o si lo que sucedía era real. El miedo la paralizó y pasó el resto de la noche despierta, preocupada por la posibilidad de que el hombre volviera a entrar. “Yo sabía lo que había pasado, sabía que era una realidad. Pero no podía entenderlo. Tenía mucho, mucho miedo ”, relató.
No le contó nada su amiga en ese momento. Esperó hasta que comenzó a escuchar el movimiento habitual del sanatorio, cerca de las 6 de la mañana, cuando sintió que había más personas alrededor y pudo descansar un poco.
Cuando llegó su pareja, le pidió hablar con su cuñada, que era médica. Fue ella quien la alentó a denunciar. Tamara estaba en shock y no sabía cómo afrontar lo que acababa de vivir. “Yo me sentía la persona más vulnerable del planeta y no sabía cómo hacer, no tenía a quién preguntarle”, recuerda.
El caso llegó a la Justicia penal, y Tamara contó con la representación legal del abogado Gustavo Gustavo Romano Duffau . En el expediente, Recalde admitió su responsabilidad y el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 26 de la Capital Federal lo condenó el 5 de julio de 2019 por abuso sexual simple.
La pena fue de dos años de prisión, pero su cumplimiento quedó en suspenso. Además, se le impusieron reglas de conducta durante dos años, entre ellas fijar domicilio y someterse a supervisión. El tribunal descartó la realización de tareas comunitarias y dejó abierta la posibilidad de un tratamiento médico o psicológico si un informe lo consideraba necesario.
En la sentencia se tuvo por probado que el enfermero se aprovechó de la situación de confusión y convalecencia de Tamara , quien acababa de ser operada. El fallo penal también señaló que Recalde había entrado a la habitación con el pretexto de realizarle curaciones y que le “efectuó tocamientos en los pechos y comentarios impropios”.
Para Tamara, la condena fue un alivio, pero no alcanzó. “Yo pienso que dos años no son nada” , dijo al recordar el proceso. “Me alegré de que hubiera un fallo, pero no fue suficiente para mí” , agregó.
La mujer también cuestionó que el enfermero continuara trabajando en el ámbito de la salud durante parte del juicio. Según contó, el sanatorio no lo apartó inmediatamente de su puesto y eso le generaba un temor constante.
“Yo me recuerdo que leí que tenía una hija y pensaba mucho en su hija. Decía: ‘ Por favor, Dios, no permitas que le esté haciendo a su hija lo que quiso hacerme a mí ’”, relató.
Después de la condena penal, Tamara inició una demanda civil contra Maximiliano Recalde, el Sanatorio Mater Dei y OSDE. El objetivo era que también se reconociera la responsabilidad de quienes debían garantizar su atención y seguridad mientras estaba internada.
El camino no fue fácil. En su testimonio, la mujer sostuvo que la institución intentó desligarse de lo ocurrido y que, durante la investigación interna, desaparecieron registros que podrían haber servido para reconstruir los movimientos del enfermero.
“Se borraron las cámaras, también desapareció la cantidad de medicamentos que me había suministrado este señor” , afirmó.
En el juicio civil, el sanatorio negó que hubiera existido contacto físico entre Recalde y Tamara. También cuestionó la conducta de la paciente y de su acompañante, e incluso sostuvo que podrían haber consumido marihuana . La institución argumentó que el enfermero había tenido un comportamiento inapropiado, pero que “no existían deficiencias en la prestación asistencial que pudieran atribuirse al establecimiento” .
OSDE, por su parte, negó tener responsabilidad sobre los hechos y sostuvo que Recalde no era personal propio.
La jueza Pita rechazó esos argumentos. En su resolución, consideró que el abuso sexual había sido cometido por un trabajador del sanatorio mientras cumplía tareas de asistencia y que el establecimiento tenía una obligación de seguridad respecto de la paciente.
La magistrada también analizó la responsabilidad de OSDE por su obligación de garantizar las prestaciones médico-asistenciales a través de terceros.
En ese sentido, el fallo remarcó que Tamara se encontraba recién operada, medicada, dolorida y con movilidad reducida . El enfermero, en cambio, tenía a su disposición el manejo de la medicación y el acceso a la habitación.
La jueza sostuvo que el caso debía ser analizado con perspectiva de género y que no era necesario volver a discutir en el proceso civil la existencia del abuso, porque ya había una condena penal firme.
La sentencia estableció una indemnización total de $53.300.000. El monto incluye $7 millones por incapacidad psicofísica, $1,3 millones para tratamiento psicológico y $45 millones por daño moral.
Sin embargo, la jueza rechazó el reclamo por lucro cesante, es decir, las ganancias que Tamara sostuvo que había dejado de percibir a raíz de lo ocurrido.
La mujer había trabajado como modelo y en televisión . Según explicó, el trauma le impidió continuar con su actividad artística durante años . También contó que le costó adaptarse a otros trabajos y que tuvo dificultades para desenvolverse en espacios públicos.
“Yo no podía hacer un casting, yo no podía hacer absolutamente nada. No pude trabajar durante mucho tiempo” , expresó.
Para ella, esa decisión fue otra forma de desvalorización. “Siempre me cuestionaron todo y no reconocieron”, sostuvo.
El impacto del abuso no afectó solo a su salud emocional. Tamara contó que también tuvo dificultades para rehabilitar el hombro que se había operado aquella noche.
La recuperación que, según explicó, debía demandar unas diez sesiones de kinesiología terminó extendiéndose a cien. El miedo a que otras personas la tocaran le impedía avanzar con normalidad. “Yo no permitía que nadie me tocara” , recordó.
Según su relato, el propio kinesiólogo le dijo que ya no podría mejorar mucho más desde el punto de vista físico y que el avance dependía de su trabajo psicológico.
Tamara, sin embargo, explicó que el proceso judicial también la obligó a revivir una y otra vez lo sucedido. Durante los estudios y las entrevistas, muchas veces sintió que debía demostrar que era una víctima. “Yo sentía que pasaba de ser la víctima a la acusada”, dijo.
A más de ocho años del abuso, la mujer asegura que todavía le cuesta hablar de lo que ocurrió. En su testimonio para TN , se quebró en varias oportunidades y explicó que casi no comparte su historia fuera de su círculo íntimo .
“ Yo esto no lo hablo con nadie, no le cuento a nadie porque todavía no estoy en condiciones de hacerlo” , confesó.
El miedo también modificó su manera de relacionarse con otras personas. Durante mucho tiempo, contó, le costó mirar a los hombres a los ojos, salir de su casa y confiar.
“Lamentablemente, tuve que aprender a hacer esta otra Tamara que no conocía después de esa situación” , expresó.
Recién este año pudo volver a realizar algunos trabajos vinculados con el modelaje. Lo considera un pequeño avance después de años en los que sintió que su vida había quedado detenida.
“Hoy en día tengo la capacidad de esos sentimientos poder opacarlos con los sentimientos que realmente son”, dijo, aunque reconoció que todavía hay situaciones que la hacen volver a sentir el dolor.
Tamara insistió en que su reclamo no estuvo motivado por lo económico. “Ningún dinero del mundo va a poder pagar la situación a la cual me sometió esta persona”, afirmó.
La mujer también agradeció a la jueza que dictó la sentencia civil, aunque aclaró que no está de acuerdo con todos los puntos del fallo y que todavía espera una reparación que considere justa. “Yo no sentí justicia. Incluso hoy todavía no la siento” , sostuvo.
“Yo quisiera que nadie más pasara por esto. Me gustaría que sirva de ejemplo para que tomen las medidas necesarias y ninguna persona que no esté capacitada para tratar con personas vulnerables o enfermas pueda hacerlo”, expresó.
Y concluyó: “Yo he luchado todos estos años para que exista una justicia, para que esa justicia yo la sienta y pueda dormir tranquila y me permita a mí algún día poder pasar nuevamente por ese hospital, que nunca más en todos estos años he podido entrar”.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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