
Vivió el resto de su vida, medio siglo, atenazado por una culpa que no tuvo , pero que no lo abandonó nunca, como un huésped ruin y virulento que no abandona a quien ataca. Fue su corazón el que, de pronto dijo basta. Cuando murió, hace ocho años, el 1 de octubre de 2018 y a sus sesenta y ocho años, se supo el resto de verdad que no se conocía demasiado.
Juan Romero fue uno de esos testigos olvidados que construyen la historia. Tenía diecisiete años la noche del 4 al 5 de junio de 1968, cuando Robert Kennedy , entonces senador por New York e inminente candidato a presidente de Estados Unidos por el Partido Demócrata, fue baleado en la cabeza en la cocina del Hotel Ambassador de Los Ángeles.
Entonces, Juan Romero pasó a la historia: es el chico que, con un grito silencioso eternizado en una foto, sostiene la cabeza del senador abatido , un muñeco astroso que agoniza con los ojos hundidos en la nada.
Juan no estaba allí por casualidad: era camarero del hotel y un admirador de Bobby Kennedy, que se había lanzado a seguir los pasos de su hermano en la Casa Blanca, a solo cinco años de su asesinato en Dallas el 22 de noviembre de 1963.
Juan admiraba a Bobby por la defensa que hacía de los inmigrantes hispanos en Estados Unidos: hoy, senador y camarero serían víctimas del ICE que obedece a Donald Trump .
La mano de Juan fue la última que Kennedy estrechó antes de caer al húmedo piso de cemento de la cocina del gran hotel, luego de los disparos hechos por Shirhan Bishara Shiran, si es que aquel joven palestino de veintitrés años, que todavía está en la cárcel, fue el único en disparar aquella noche de hace cincuenta y ocho años.
Esa es la culpa que persiguió hasta su muerte a Juan Romero. Siempre pensó que si a él no se le hubiese ocurrido darle la mano a Kennedy, el seguro candidato a presidente en las elecciones de aquel año no hubiese muerto .
Pensar que una acción leve, casi inanimada, rutinaria y simple puede detener el viento de la historia es casi un disparate. Pero así pensó siempre Juan Romero, y alrededor de esa culpa instalada en su conciencia como un huésped punzante y nocivo, construyó su propia historia: nunca dejó de ser otra de las tantas víctimas no fatales de aquella noche trágica .
Había nacido en Mazatán, Sonora, un estado del norte de México con amplia frontera con estados Unidos. Cuando tenía diez años, su familia emigró y se instaló en Los Ángeles, en una barriada del Este de la ciudad.
Durante sus años de estudiante en la Roosevelt High School, Romero vio nacer las primeras manifestaciones contra la discriminación de los estudiantes de origen mexicano. Las vio nacer sin tomar parte de ellas: su padre no quería que el chico se metiera en problemas, ni en los políticos ni en los sociales, en una zona de la ciudad muy difícil, en la que la delincuencia era muy común.
Como él trabajaba en el Hotel Ambassador, logró que Juan se empleara allí primero como lavaplatos y después como camarero.
Cada día, después del colegio, Juan era uno más entre los jóvenes empleados del lujoso hotel que había albergado seis ceremonias de entrega de los premios Oscar y había escuchado cantar a leyendas como Frank Sinatra, Judy Garland, Marilyn Monroe, Sammy Davis Jr., Nat King Cole, Bing Crosby y Barbra Streisand.
Hoy aquel hotel ya no existe, fue demolido en 2005, y en su lugar se levanta el complejo “Robert F. Kennedy Community Schools”, pero aquel 1968 Bobby Kennedy lo eligió como base de campaña para seguir paso a paso las esenciales primarias demócratas de California, que le dieron la victoria por apenas tres puntos.
Minutos antes de ser asesinado, Kennedy dijo a sus seguidores: “Ahora vamos a la convención de Chicago. Y vamos a ganar allí también ”.
La multitud desbordó entonces el salón principal del hotel y la custodia del candidato le aconsejó una ruta alternativa para llegar a su habitación: la cocina del Ambassador. Allí lo esperaba Romero para estrecharle la mano por segunda vez: lo había hecho un día antes en la que fue, revelaría luego, una experiencia fantástica.
Pese a su abstinencia política decretada por su padre, el chico se veía con sus amigos mexicanos del barrio. En las casas de esos amigos había visto varios retratos del presidente asesinado en 1963 y de su hermano Bobby.
Juan y sus amigos sabían que Kennedy tenía en Los Ángeles un estrecho colaborador, un líder hispano de los trabajadores rurales y de los estudiantes mexicanos: era César Chávez, que había lanzado una huelga exitosa en favor de los recolectores de uvas y verduras para que sus salarios se elevaran a 1,75 dólares la hora.
Chávez terminaba siempre sus discursos con dos frases: “¡Viva la huelga! ¡Viva la causa!” , frases que a menudo repetía Kennedy en un español champurreado y divertido.
Juan Romero había decidido conocer a Bobby Kennedy durante su hospedaje en el Ambassador. Para eso sacrificó tiempo y dinero.
Le cambió a un chico colega todas las propinas de un día, que podían llegar a los quince dólares de 1968, y se comprometió a hacerse cargo de todas las mesas de ambos a cambio de que le permitiera la posibilidad de llevar cualquier cosa que el candidato pidiera al “room service”.
El 3 de junio, Bobby pidió la cena en su habitación y allí fue Juan con el pedido. Años después, evocaría: “Cuando entré estaba hablando por teléfono. Bajó el auricular para decirnos: ‘Come on in, boys. Entren, chicos’. Te miraba diferente, te miraba con distinción. No vio ni mi edad, ni el color de mi piel. Me miraba como a otro estadounidense . Me dio un fuerte apretón de manos y sonreía de modo muy especial. Salí de allí sintiendo que medía como tres metros”.
Robert Kennedy sabía que lo iban a matar . Su personalidad, luego del asesinato de su hermano, está retratada con maestría en un pequeño libro, In love with night – Enamorado de la noche , de Ronald Steel.
Su ambición de restaurar en la Casa Blanca el espíritu que había reinado en la presidencia de su hermano John, su fe en alcanzar los objetivos del pensamiento liberal que su hermano no había llegado a concretar, la decisión de poner fin a la guerra en Vietnam y la esperanza de unir a blancos y negros en un objetivo común, chocaban a menudo con un brutal escepticismo, con un inamovible sentimiento de tragedia que lo hacía sentir un condenado, sentimiento que se había hecho más hondo y amargo dos meses antes, cuando el líder de los derechos civiles, Martin Luther King, había caído asesinado en Memphis.
Tampoco era el único en intuir su asesinato. La tarde del día en el que fue baleado, mientras llegaban los resultados de las primarias en California, Bobby dijo a los suyos: “Acabo de ver allí afuera a los tipos que me van a matar” .
Tal vez haya sido una de sus crueles bromas sobre su propio destino, pero se refería, de verdad estaban “allí afuera”, a tres agentes de la CIA , David Morales, Gordon Campbell y George Joannides, los tres de la división Anti-Castro de la CIA en Miami. Nunca se supo qué hacían en Los Ángeles tres agentes de la CIA destinados a Miami.
Días antes, el novelista francés Romain Gary le había dicho a Pierre Salinger, exjefe de prensa de John Kennedy que ahora colaboraba con Bobby: “A tu candidato lo van a matar” .
Y hubo algo más. El mismo día del crimen, en una charla informal entre periodistas, Jimmy Breslin, del New York Daily News , y John Lindsay, de la revista Newsweek mantuvieron un diálogo breve y revelador que quedó registrado por los testigos.
Breslin preguntó, y se preguntó, si Bobby Kennedy tenía “lo suficiente” para llegar. Y Lindsay contestó: “Por supuesto que tiene lo necesario para llegar hasta el final. Pero no va a llegar hasta el final: alguien lo va a matar . Yo lo sé, ustedes lo saben, y es tan cierto como que estamos sentados aquí. Y él está allí afuera, esperando que lo maten ”.
Todo fue recogido y narrado por el historiador Richard Mahoney en un libro fundamental sobre los Kennedy: Sons and Brothers – Hijos y hermanos .
Lejos de saber algo de todo esto, Juan Romero se atrincheró en la cocina del Ambassador, que conocía tan bien, a esperar que pasara Bobby Kennedy en la caminata hacia sus habitaciones, y mientras la noche del martes 4 de junio dejaba paso a los primeros minutos del miércoles 5.
Esa ruta alternativa no era un secreto. Alguien más la conocía: Sirhan, que la misma tarde del 4 de junio, según afirmaron las investigaciones, preguntó si Kennedy podía usar ese camino para salir del hotel o para subir a su cuarto por el ascensor de servicio.
Cuando Kennedy entró en la cocina, Romero lo estaba esperando: “Vi que Bobby saludaba a todas las manos que tenía enfrente. Me propuse felicitarlo y ver si me recordaba. Estiré mi mano derecha lo más que pude y, cuando llegó a mí, estrechó mi mano, dio un paso y, cuando la soltaba, escuché los disparos”.
Se oyeron, y se dispararon trece proyectiles , la pistola de Shiran podía disparar sólo ocho; hubo cinco heridos y Kennedy recibió tres balazos, uno en la cabeza. El enigma para expertos nunca fue develado.
Kennedy cayó de espaldas, los brazos extendidos en cruz; quienes estaban junto a él buscaron refugio y Romero quedó solito frente al senador caído y sin pensar en el peligro: “Me arrodillé junto a él y puse mi mano entre el concreto y su cabeza para que estuviera cómodo. Vi que sus labios se movían, así que me acerqué y le escuché decir: ‘¿Está todo el mundo bien?’ Le dije: ‘Todo el mundo bien’. Él dijo: ‘Todo va a ir bien’ y sentí su sangre correr entre mis dedos. Así me di cuenta de que estaba herido, y grave. Yo tenía en el bolsillo de mi camisa un rosario que mi mamá me había regalado. Y pensé que él iba a necesitarlo más que yo. De modo que lo até alrededor de su mano derecha”.
La terrible escena fue captada por dos fotógrafos: Boris Yaro, de Los Ángeles Times y por Bill Eppridge, de Life .
Segundos después, Romero fue apartado por una desesperada Ethel Kennedy, embarazada de su undécimo hijo , y por los primeros médicos que llegaron de urgencia, convocados desde el micrófono del salón principal donde minutos antes Kennedy había celebrado su victoria .
El senador fue llevado inconsciente al Hospital Buen Samaritano. Murió veintiséis horas después , el 6 de junio. Tenía cuarenta y dos años.
La vida de Juan Romero siguió caminos un poco inciertos y alguna vez luminosos. Aquella madrugada de la tragedia declaró ante la policía y después subió a un micro que lo llevaría a Roosevelt High.
Fue en el asiento del micro cuando notó que tenía sangre seca en sus manos que no quiso limpiar hasta muchas horas después . Empezó a convivir a duras penas con la sombra de haber colaborado con la muerte de Kennedy, un trauma para un chico de diecisiete años que tampoco pudo superar del todo la adultez.
Padeció también un poco de fama: recibió centenares de cartas que lo felicitaban y las consabidas, nunca faltan, que lo culpaban del asesinato . También le llegaron miles de crucifijos que intentaban reemplazar el rosario que él había atado a la mano derecha de Kennedy.
En el hotel, centenares de personas lo buscaban para sacarse una foto con él, en un mundo donde no existían ni celulares ni selfies. Entonces dijo basta : dejó Los Ángeles, se mudó a Wyoming donde rehízo su vida; se casó y tuvo cinco hijos, tres mujeres y dos varones.
Años después, regresó a California y se instaló en San José para dedicarse a la construcción y a la pavimentación de caminos.
No se conocen muchos más detalles de su vida, que mantuvo en total discreción, siempre carcomida por la culpa. Si algo se sabe de Romero, es porque entabló relación y hasta amistad con algunos periodistas .
Con uno de ellos, Rigo Chacón, visitaba en cada aniversario de la muerte de Kennedy un parque céntrico de Los Ángeles en el que se alza una estatua de Bobby que recuerda uno de sus últimos discursos: allí había hablado a una multitud para decir que la pobreza y el analfabetismo eran indecentes y que “erosionaban la decencia nacional”.
También fue amigo de Steve López, columnista de Los Ángeles Times , que fue quien escuchó la confesión de Romero: la culpa le había enturbiado la vida, lo había cercado y de alguna forma lo había dejado detenido en aquella trágica noche en el Ambassador.
Una nueva pareja, un nuevo intento por rehacer su vida, había entreabierto una puerta en aquel muro cerrado de su conciencia .
Romero confesó a López que recién a inicios de 2000 pudo volver a ver las dramáticas fotos de Yaro y de Eppridge: “Fueron años muy largos. Pero lo que vi en aquellas fotos, fue a un chico que ayudaba a alguien que lo necesitaba mucho y que en ese momento no tenía a nadie a su lado ”.
También dijo a su amigo periodista que tal vez él no había sido un tipo perfecto, pero que había intentado vivir según los valores que Kennedy había defendido.
Así que en 2010, López lo convenció de que, junto a Rigo Chacón, viajaran juntos al Cementerio Nacional de Arlington para visitar la tumba de Bobby, separada por pocos metros de la de su hermano John.
Fue una ocasión muy especial para Romero, que casi a sus sesenta años, compró el primer traje de su vida: “Sentí que necesitaba pedirle perdón por no haber podido evitar que lo balearan . Y allí, con mi traje nuevo, me sentí igual que el día que lo conocí. Orgulloso, como de tres metros”.
López recordó más tarde: “Su amigo Chacón y yo le dijimos que no tenía nada de qué disculparse, pero Romero se arrodilló ante la tumba, habló en voz baja y lloró”.
Regresó varias veces más al cementerio de los héroes estadounidenses, para poner en paz su pasado.
En junio de 2018, cuatro meses antes de su muerte, se unió a Rigo Chacón en un homenaje a Kennedy en el cincuenta aniversario de su asesinato.
Chacón evocó luego: “Juan no estaba enfermo. Me dijo que amaba el trabajo duro y sudoroso de pavimentar caminos y por eso no tenía intenciones de retirarse. Su matrimonio había fracasado muchos años antes, pero él seguía en contacto con sus hijos y estaba cautivado por un romance con una mujer de Modesto, adonde se había mudado”.
Luego de su muerte, el 1 de octubre de 2018, alguien que no lo conoció en persona, habló de Romero casi a modo de epitafio .
María Shriver Kennedy, sobrina de Bobby, ex primera dama de California, está casada con el actor y político Arnold Schwarzenegger, dijo de aquel hombre marcado para siempre por la tragedia: “Siempre sentí una gran simpatía por él. Ojalá haya comprendido que hizo algo muy humano en un momento trágico . Es difícil comprender por qué, alguien queda aferrado a algo para siempre. Para mí, su imagen será siempre la de una persona que intentó ayudar a otra ”.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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