
Un ciudadano paga con el teléfono, atraviesa una cámara de reconocimiento facial o entrega sus datos biométricos para realizar un trámite. Ninguna de esas acciones resulta extraordinaria y forman parte de la vida cotidiana de millones de personas. Para el filósofo Giorgio Agamben , detrás de esa normalización existe una transformación profunda en la relación entre los individuos, la tecnología y el poder.
El filósofo italiano desarrolló esta mirada en ¿Qué es un dispositivo? , un ensayo publicado originalmente en 2006 y posteriormente incluido en inglés en una colección de textos. Allí aparece una de sus frases más conocidas. Agamben sostiene que, a los ojos de la autoridad, “ nada se parece más a un terrorista que el hombre ordinario ”.
El planteo apunta a una paradoja. Cuanto más se desarrollan mecanismos capaces de registrar movimientos, hábitos, comunicaciones e identidades, mayor es también la necesidad de clasificar y vigilar incluso a quienes no han cometido ningún delito.
Agamben escribió el ensayo en un contexto marcado por las consecuencias de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y por la expansión de políticas de seguridad y controles biométricos en distintos países. Para él, esas transformaciones mostraban hasta qué punto técnicas originalmente asociadas con la identificación de criminales podían extenderse después a toda la población.
El concepto de dispositivo ocupa un lugar central en esa interpretación. Agamben parte de una noción desarrollada previamente por Michel Michel Foucault , pero la amplía de una manera considerable. No piensa solamente en cámaras, teléfonos o computadoras.
Para el filósofo, puede considerarse dispositivo prácticamente cualquier elemento capaz de capturar, orientar, controlar o modelar comportamientos, opiniones y gestos. Dentro de esa categoría incluye instituciones como la escuela o la prisión, pero también objetos y prácticas como la escritura, los cigarrillos, las computadoras, los teléfonos celulares e incluso el propio lenguaje.
La cuestión principal no es entonces si la tecnología es buena o mala, sino qué tipo de relación produce entre las personas y las estructuras que administran sus acciones . Cada nuevo sistema puede facilitar actividades cotidianas, pero también generar información sobre quiénes somos, dónde estamos y qué hacemos.
Es dentro de esa lógica donde cobra sentido la referencia al “hombre ordinario”. En el mismo pasaje, Agamben describe al ciudadano aparentemente inofensivo de las democracias postindustriales como alguien cuya salud, trabajo, entretenimiento y deseos quedan progresivamente registrados y administrados por distintos dispositivos . Al mismo tiempo, ese ciudadano puede empezar a ser considerado un potencial riesgo precisamente porque debe ser identificado y controlado.
La preocupación se relaciona con otro concepto fundamental de su pensamiento, el de la “nuda vida”. Desde Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida , publicado en 1995, Agamben analiza situaciones en las que el individuo puede quedar reducido a su existencia biológica mientras las decisiones sobre sus derechos y su protección dependen del poder soberano.
Su obra posterior continuó explorando esa tensión entre libertad y control. La vigilancia, los estados de excepción, las fronteras y la identificación biométrica fueron convirtiéndose en ejemplos concretos de una pregunta mucho más amplia sobre cuánto poder puede acumular una autoridad sobre la vida cotidiana.
La frase adquirió además una nueva lectura con la expansión de los teléfonos inteligentes, las redes sociales y las enormes bases de datos digitales. Muchas de estas tecnologías no existían con el alcance actual cuando Agamben escribió el ensayo, aunque el texto ya señalaba específicamente a los celulares y los mecanismos biométricos como ejemplos de dispositivos contemporáneos.
Agamben, nacido en Roma en 1942, se formó inicialmente en Derecho y posteriormente orientó su carrera hacia la filosofía . Participó de seminarios impartidos por Martin Heidegger y desarrolló una obra influenciada también por autores como Walter Benjamin y Michel Foucault.
Su pensamiento generó tanto influencia como fuertes controversias, especialmente por sus críticas a distintas políticas estatales de seguridad y, décadas después, a varias medidas adoptadas durante la pandemia de Covid-19 . Más allá de esas disputas, su reflexión sobre los dispositivos sigue planteando una pregunta que conserva vigencia. Cuanto más capaces somos de registrar la vida de una persona, más difícil resulta determinar dónde termina la seguridad y dónde empieza una forma permanente de vigilancia.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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