
En muchas relaciones , la primera versión que construimos de alguien nace de lo que esa persona muestra, pero también de lo que nosotros esperamos encontrar. El enamoramiento puede llevarnos a completar vacíos, exagerar virtudes y proyectar deseos propios, hasta el punto de confundir a la persona real con la imagen que fuimos armando de ella.
Esa idea aparece en la obra del psicólogo y filósofo Erich Fromm , autor de El arte de amar , quien analizó el amor no solamente como una emoción espontánea, sino como una capacidad que requiere conocimiento , cuidado, responsabilidad y práctica. Desde esa perspectiva surge una frase que resume el problema de la idealización: “No nos enamoramos de una persona, sino de nuestro propio reflejo de ella” .
La idea desde la mirada de la psicología apunta a que, durante las primeras etapas de una relación, muchas veces completamos aquello que todavía desconocemos del otro con nuestros propios deseos .
Podemos interpretar determinados gestos como señales de compatibilidad absoluta, imaginar características que todavía no comprobamos o construir expectativas sobre cómo debería comportarse esa persona en el futuro.
El problema aparece cuando esa representación empieza a chocar con la realidad . La pareja puede actuar de una manera distinta a la imaginada, mostrar defectos que al principio pasaban inadvertidos o simplemente no responder a todas las necesidades emocionales que habíamos depositado en ella. En ese momento puede derrumbarse la imagen que habíamos construido.
Desde esta mirada, una relación madura comienza precisamente cuando el otro deja de funcionar como una proyección perfecta. Conocer realmente a alguien implica descubrir contradicciones, límites, inseguridades y diferencias, y decidir qué hacer con esa realidad en lugar de intentar acomodarla permanentemente a nuestras expectativas.
El apego también puede aumentar esa tensión. Cuando una persona deposita toda su sensación de bienestar en su pareja, cualquier cambio puede interpretarse como una amenaza . Una respuesta diferente, una discusión o un período de distancia pueden sentirse mucho más graves porque además de afectar la relación, también a la seguridad emocional que se había construido alrededor de ella.
Por eso, el dolor después de una ruptura muchas veces incluye algo más que extrañar a una persona concreta. También desaparecen proyectos imaginados, rutinas futuras , expectativas y una determinada idea de quién creíamos que íbamos a ser junto a ella. La pérdida incluye tanto lo que existió como aquello que esperábamos que ocurriera.
Esta diferencia ayuda a entender por qué el enamoramiento intenso y el amor duradero no son exactamente lo mismo. En las primeras etapas pueden intervenir procesos neuroquímicos vinculados con la dopamina, la adrenalina y otros sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, que favorecen la concentración en la pareja y pueden intensificar la idealización. Con el tiempo, una relación estable depende más de la confianza, la seguridad, la comunicación y la capacidad de regular juntos las emociones.
La autora Bell Hooks también desarrolló una mirada parecida al considerar el amor como una práctica y no simplemente como un sentimiento. Desde ese enfoque, amar supone cuidar, respetar, conocer y comprometerse con el crecimiento del otro, incluso cuando la persona real no coincide perfectamente con la imagen creada durante el enamoramiento.
La atracción inicial puede incluir inevitablemente expectativas y proyecciones. La diferencia aparece en lo que ocurre después, es decir si la pareja puede aceptar información nueva y modificar esa imagen, o si intenta mantenerla intacta aun cuando la realidad demuestra otra cosa.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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