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A 50 años del asesinato de Sergio “El Ruso” Karakachoff, el militante radical que adelantó la década del 80 y el triunfo de Alfonsín

Cuando dos hombres de civil llegaron a la guardería donde estaban sus hijas, la suerte de Sergio Karakachoff , estaba jugada. Esa mañana del 9 de septiembre de 1976, la directora las puso a salvo y negó la presencia de Sofía y Matilde. El operativo había comenzado.

A sus 37 años, tuvo una condición singular, el arrojo, eso explica por qué lo asesinaron. "Somos como pajaritos enjaulados. No manejamos los códigos de la clandestinidad y no tenemos nada que ver con la violencia , pero nos tienen marcados”, había advertido "El Ruso", como lo llamaban todos, en los días previos, convencido de su destino trágico.

"Meterán la mano en la jaula y nos atraparán cuando se les ocurra" , había preanunciado.

La jaula fue la casa de su socio y amigo, Domingo Teruggi. Allí fue donde cayó, horas más tarde. Recién el 12, sus cuerpos fueron hallados por un vecino, a la vera de la ruta 36, en el partido de Magdalena.

De nada sirvieron los hábeas corpus , aparecieron despedazados por las torturas y los impactos de bala. Así los encontraron.

Los “enfrentamientos” y asesinatos estaban a la orden del día, y el radicalismo no escapaba a ello. Los secuestros de los exlegisladores del Chubut, Mario Amaya e Hipólito Solari Yrigoyen, habían dejado en claro la impunidad con la que operaban.

A pesar del estado de sitio y de los disparos que se abrieron contra el cortejo, centenares lo llevaron hasta el cementerio platense, se detuvieron frente al comité partidario, y escucharon a Federico Storani quien dijo, aferrado al balcón: “Queremos dejar de lado el profundo sentimiento de quiénes lo conocieron o estuvieron a su lado con los suyos y mantener la imagen que nos da la verdadera talla de nuestro compañero: el respeto de sus adversarios y el temor de sus enemigos”.

Clarín dio cuenta de la presencia de Ricardo Balbín, Raúl Alfonsín, Conrado Storani y Anselmo Marini, en ese orden.

Karakachoff había nacido en 1939, el año en que comenzó la Segunda Guerra. Fanático de Estudiantes; su hermano, Gustavo, fue su fiel compañero en los tablones de 1 y 57. Les tocó el descenso en la adolescencia y la gloria de los 60, así fue creciendo.

A pesar de su casa conservadora, se hizo radical de pibe. “Ir a la escuela en los días de ese peronismo transformaba en antiperonista a cualquier tipo normal, para ser sinceros ”, describió el menor de sus hermanos.

Ingresó al Liceo Naval con uno de los mejores promedios, pero su rebeldía lo dejó fuera antes de completar el año. Partió al Colegio Nacional (la biblioteca, hoy lleva su nombre) dependiente de la Universidad, terminó organizando el centro de estudiantes y fue el primero en presidirlo.

Cursó periodismo en la Escuela Superior y eso se transformó en su herramienta de lucha. En paralelo, hizo Derecho, donde moldeó una agrupación reformista que, adelantada a su tiempo, se presentó con una franja morada en el ángulo superior de la boleta (la misma franja que, tras quitársela a los obispos, el estudiantado transformó en estandarte de la Reforma Universitaria).

Sus conmilitones, esos que tienen más de 80 años, lo recuerdan como un tipo filoso en lo discursivo, provocador en los debates y en las “agarradas”. “Criticón, por momentos”, dijo uno de ellos. “Difícil de soportar, si lo tenías enfrente” , reconstruyó otro. En cambio, para la generación del “salto generacional obligado”, su rasgo es la heroicidad. “Una bandera, un emblema, un símbolo de lucha”, no se cansa de repetir Storani.

Ya abogado, defendió obreros de todas las ramas, allí tallaba con Ricardo Cornaglia. Ese compromiso les abrió las puertas en la CGT de los Argentinos. Participó de la fundación de la Junta Coordinadora Nacional y militó la primera candidatura presidencial de Raúl Alfonsín. Todo eso tuvo su punto cúlmine en los 80, pero él no llegó a verlo.

En la primavera del 74, bajo la batuta de Martha Mercader, volvió a la prensa con el diario La Calle, donde confluían comunistas e intransigentes. La clausura fue inmediata, y hoy no hay vestigios de su existencia en ninguna hemeroteca pública porteña.

Casi cuarenta años después, desde la vereda enfrentada, Cristina Fernández de Kirchner lo identificó como “el mejor cuadro del radicalismo universitario”.

“ Un militante no es un héroe, simplemente quiere vivir, no se conforma con aceptar que otros han decidido ya su vida, su futuro, sus módicas ambiciones y su muerte”, dejo escrito Karakachoff en aquellos días trágicos, hace ya cincuenta años.


Fuente: Clarín


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