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Se hizo viral mostrando la vida cotidiana de su hijo adolescente con autismo y el resultado la sorprendió

A Valentín Álvarez le gusta caminar, andar en bicicleta, jugar con los perros y meterse al agua cuando hace calor. También le fascinan las cosas que giran. Puede quedarse mirando un ventilador durante horas, buscar un lavarropas que esté funcionando o detenerse frente a cualquier objeto que despierte esa curiosidad. Tiene 20 años, retraso madurativo y autismo , pero cuando habla de Papá Noel o espera que la coneja de Pascua le traiga su huevo de chocolate, aparece otro Valentín: el de la inocencia intacta, el que parece tener tres años aunque el cuerpo ya sea el de un joven.

Es ese Valentín el que millones de personas conocieron en las redes sociales. No porque Maite Acosta , su mamá, haya decidido construir un personaje para mostrar en TikTok o Instagram. Todo lo contrario. Los videos que publica nacen de escenas tan sencillas como una caminata, una conversación, un paseo en bicicleta, una comida o algún comentario inesperado de su hijo. No hay guion, actuación ni puesta en escena . Está Valentín, está Maite y está la vida cotidiana de una familia de Toay, La Pampa , un pueblo de unos 20 mil habitantes donde durante años todos conocieron al chico que podía desaparecer en cuestión de segundos.

Algunos de esos videos superaron las tres millones de reproducciones . Otros llegaron desde Colombia, Chile, Uruguay, España e incluso Miami. Pero si uno se queda solamente con la cifra, se pierde lo más importante. Lo que conmueve no es únicamente Valentín. Es la relación entre ellos . La manera en que Maite le habla, le responde, le explica, intenta mantener una conversación y encuentra siempre una forma de acompañarlo. Es la paciencia que construyó durante dos décadas. Es la ternura de un hijo que, a pesar de haber crecido, conserva una inocencia que parece no tener fecha de vencimiento.

Maite tiene 49 años. Además de Valentín, es mamá de Sol, de 27, que estudia Derecho y vive en Córdoba. En Toay, a 630 kilómetros de distancia, quedaron Maite, Valentín y Darío, el papá del joven. Allí transcurrió toda una historia familiar marcada por terapias, diagnósticos, corridas, sustos y aprendizajes.

Cuando Valentín tenía alrededor de un año y medio, Maite empezó a notar que algo era diferente . Ya había sido mamá de Sol y había conocido las etapas normales de un bebé. Valentín, en cambio, parecía vivir en su propio mundo. Era tranquilo, casi nunca lloraba, pero tampoco respondía como ella esperaba. “ Me di cuenta enseguida de que algo no estaba bien . A esa edad no hacía cosas normales de un bebé de un año y medio. Él estaba en su mundo. Yo le decía ‘qué linda manito’ y él siempre serio”, recuerda.

Consultó con el pediatra y llegó la derivación a neurología. Después de una resonancia, llegaron las primeras explicaciones sobre aquel diagnóstico que entonces se denominaba TGD y que ella apenas conocía. No había internet como ahora ni información disponible en segundos. Maite tampoco se lanzó inmediatamente a buscar libros o testimonios. Su prioridad fue otra: empezar las terapias que le habían indicado: fonoaudiología, terapia ocupacional, estimulación temprana. Todo comenzó de golpe.

Pero el diagnóstico no le permitió imaginar cómo sería la vida que tenían por delante. Llegó unos días después, durante una caminata con su marido. Darío había estado leyendo sobre el tema en una computadora y le dijo algo que a Maite todavía le quedó grabado: “Vos no tenés idea de lo que se nos viene con Valentín. Nos va a cambiar la vida ”.

Ella se enojó. Darío insistió. Él ya había empezado a comprender una realidad que a Maite le llevaría años aceptar. Porque una cosa es escuchar un diagnóstico y otra muy distinta es descubrirlo a medida que el hijo crece .

Mientras nacían los primos de Valentín y empezaban a hablar, caminar, ir al colegio y hacer las cosas propias de cada edad, ella seguía llevando a su hijo de una terapia a otra. “ Yo nunca terminé de aceptar realmente lo que tenía Valentín . Cuando el retraso madurativo se va acentuando, a medida que él va creciendo, ahí te vas dando cuenta”, explica.

Entre los tres y los 13 años llegó la etapa más difícil. Fueron alrededor de 10 años sin un día de paz . Valentín era extremadamente hiperactivo y podía salir corriendo sin medir ningún peligro. Maite buscó respuestas en distintos lugares: primero en La Pampa, después en el Hospital Garrahan y finalmente en Fleni, donde estuvieron 10 días para que diferentes terapeutas lo evaluaran. La junta médica terminó confirmando aquello que ella, en el fondo, todavía quería que fuera diferente .

Después vino otra decisión difícil: la medicación . Maite siempre había sido reacia a medicar a su hijo. Pero llegó un momento en que salir de la casa se volvió prácticamente imposible. Un supermercado, una plaza o una simple caminata podían convertirse en una persecución. Valentín corría sin parar, sin rumbo, y ella tenía que ir detrás de él .

Hasta que un día le dieron la medicación por primera vez y la experiencia fue totalmente distinta: “ Logramos entrar al supermercado con el nene de la mano ”, cuenta.

En medio de esa infancia desbordada hubo otro factor que terminó siendo decisivo: Toay. El pueblo.

Todos conocían a Valentín. Todos tenían el teléfono de Maite. Todos sabían que podía escaparse y que había que avisar inmediatamente si lo veían. Las puertas, las ventanas y los portones permanecían cerrados, pero a veces ni siquiera eso alcanzaba .

Una vez, una mujer que lo cuidaba lo llevó al cumpleaños de su nieta. En medio de la celebración, Valentín se escapó . Maite recibió el llamado y comenzó una búsqueda desesperada junto a Darío. Hacía viento, había tormenta y el cansancio ya no le permitía ni pensar con claridad. Avisaron a la Policía y recorrieron el pueblo con dos vehículos.

Finalmente llegó la noticia: lo habían encontrado en un campo, a 22 kilómetros de Toay . Había llegado corriendo hasta allí.

Hubo otros episodios. Una vez, mientras bajaban a un compañero de un centro terapéutico, Valentín se subió a una camioneta, la puso en marcha y chocó contra un tapial y una moto . Por suerte, nadie resultó herido.

El peligro estaba siempre presente. Incluso hoy, con 20 años, puede cruzar una calle sin mirar o quedarse parado en medio de ella sin registrar que puede venir un vehículo. Por eso, durante años, Maite vivió con todos los sentidos puestos en su hijo: “ Nosotros no tenemos vida con él, nuestra vida es él ”, resume.

Pero esa frase, que podría sonar dura fuera de contexto, adquiere otra dimensión cuando se la escucha hablar de Valentín. Porque la misma mujer que cuenta las noches sin dormir, los años de persecuciones y el agotamiento también es la que se queda mirando a su hijo sentado a su lado, escuchando música, feliz por las cosas más pequeñas .

Hoy Valentín ya no se escapa de la casa como cuando era chico. Hay más tranquilidad . Pero la dependencia continúa. Maite lo baña, lo cambia, lo higieniza, le corta la comida y le cepilla los dientes. Durante años tuvo que levantarse de madrugada para llevarlo al baño porque el control de esfínteres también fue un proceso largo.

“Yo tengo un niño de tres años con 20 años de edad. Es un niño eterno, mi hijo ”, dice. Y quizás ahí esté la clave para entender por qué los videos que publica tienen tanta llegada.

Todo comenzó casi de casualidad. Una prima filmó a Valentín y subió un video a TikTok. Las visualizaciones comenzaron a multiplicarse y aparecieron las preguntas. Maite empezó entonces a mostrar pequeños fragmentos de la vida de su hijo .

Qué come. Qué le gusta. Cómo habla. Cómo pasa las tardes. Sus caminatas. Los perros. El agua en verano. Sus conversaciones.

Las preguntas se multiplicaron . Muchas madres querían saber a qué edad había comenzado a hablar porque tenían hijos con autismo no verbal. Otras preguntaban si dormía bien, si usaba pañales, qué medicación tomaba.

Maite comenzó a responderles y descubrió que detrás de cada pantalla había familias que estaban atravesando exactamente lo mismo que ellos atravesaron años atrás .

“Del otro lado hay muchas familias que necesitan respuestas ”, explica. A veces las notificaciones llegaban durante toda la madrugada. Maite tuvo que desactivarlas porque el teléfono no dejaba de sonar, pero la mayoría de los mensajes tenían algo en común: amor.

Valentín genera ternura: tiene la contextura de un joven de 20 años, pero la inocencia de un niño pequeño . Sigue esperando a Papá Noel y habla del conejo de Pascua. Se entusiasma con aquello que gira. Se alegra con una salida, un paseo o un dulce de batata.

“Él al día de hoy está esperando a Papá Noel para que le traiga sus regalitos. En Pascua, la coneja de Pascua, porque le trae su huevo de Pascua. Esa inocencia que él tiene”, cuenta Maite.

Es esa inocencia la que atraviesa la pantalla. Pero también la atraviesa la manera en que Maite se relaciona con él . No intenta esconderlo ni convertirlo en algo que no es. Tampoco fabrica escenas para conseguir más reproducciones: “Con Valentín no podés predecir nada, ni armar nada. Él es así y así se muestra”, dice.

Los videos son auténticos . Si Maite está tranquila y ve algo que le parece lindo, toma el celular y filma. Si Valentín está haciendo algo que quiere compartir, lo muestra. Pero hay un límite: no expone sus momentos de enojo o sufrimiento . Prefiere enseñar aquello que considera más luminoso de su hijo.

Y aunque tiene miles de seguidores, nunca convirtió esa exposición en un negocio . Le ofrecieron recaudar dinero, le pidieron el alias de Valentín y le dijeron que podía aprovechar la cantidad de personas que lo siguen. Nunca quiso hacerlo.

Sí recibió regalos que llegaron espontáneamente: auriculares, un dulce de batata porque saben que es uno de los favoritos de Valentín. Pero ella no pide. “ No estoy exponiendo a mi hijo para lucrar con él ”, aclara. Lo que busca es otra cosa: que una familia que acaba de recibir un diagnóstico pueda mirar del otro lado y sentir que no está sola.

Hay, sin embargo, una parte de la historia que Maite reserva para las conversaciones en confianza. Es la que aparece cuando le dicen que Valentín es “una bendición”. Ella no lo siente así. Lo dice con una honestidad que puede incomodar, pero que también la vuelve profundamente humana: “Una bendición es tener un hijo sano, un hijo normal. Mi hijo no es una bendición para mí” , sostiene.

Lo ama profundamente. Lo cuida y sabe que lo hará durante toda su vida. Pero también reconoce que su existencia está organizada alrededor de él, que no puede irse de vacaciones sin pensar en su hijo, que no puede salir tranquila, que incluso cuando consigue alejarse unos días, su cabeza permanece en Toay.

Y, al mismo tiempo, sabe que Valentín es feliz : “Es un niño muy, pero muy mimado, contenido y feliz. Él siempre está alegre. Se levanta y se acuesta con la mejor cara de felicidad”, dice.

Quizás por eso, después de 20 años, Maite sigue haciendo lo mismo que hizo desde el comienzo : observarlo, acompañarlo, explicarle el mundo y encontrar la manera de que él pueda habitarlo a su manera.

En Toay todos conocen a Valentín. Muchos lo conocieron cuando era aquel nene que desaparecía y obligaba a todo un pueblo a salir a buscarlo. Hoy miles de personas lo conocen desde una pantalla , desde lugares tan distantes como Colombia o España.

Pero quienes realmente conocen su historia saben que detrás de cada video hay mucho más que una escena tierna. Hay una madre que pasó dos décadas aprendiendo a entender a su hijo. Hay un joven cuya inocencia permanece intacta. Y hay una relación construida a fuerza de paciencia, amor y presencia .


Fuente: TN


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