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La psicología explica que una persona que olvida el nombre de alguien que le acaban de presentar no es mal educada ni egocéntrica

A casi todos les pasó alguna vez: presentan a una persona , se escucha el nombre , la charla sigue y, minutos después , el nombre ya se esfumó de la memoria . La incomodidad aparece rápido, porque el olvido suele interpretarse como falta de interés o de atención, pero la psicología tiene otra explicación.

Según los expertos, olvidar el nombre de alguien que uno acaba de conocer no es señal de egocentrismo ni de mala educación . En realidad, el cerebro suele estar ocupado en leer gestos , interpretar el contexto y conectar con la otra persona , en vez de archivar una simple etiqueta como el nombre.

Los nombres propios funcionan como etiquetas arbitrarias, con poca información significativa. A diferencia de una profesión, una anécdota o un rasgo distintivo, el nombre por sí solo no aporta datos sobre la persona , y por eso es más difícil de fijar en la memoria .

Esta idea quedó demostrada en el experimento conocido como la paradoja Baker/baker , desarrollado por el psicólogo Andrew W. Ellis y su equipo. En sus pruebas, las personas recordaron mucho mejor la palabra “baker” cuando se presentaba como profesión (“es panadero”) que cuando era un apellido (“se llama Baker”). La razón es que las profesiones activan asociaciones y significados, mientras que los nombres propios apenas generan conexiones en la memoria.

Así, la memoria no trata igual toda la información: los nombres propios suelen olvidarse con más facilidad , incluso cuando el resto del encuentro se recuerda sin problemas.

En una primera charla, buena parte de la atención se destina a interpretar expresiones, tonos de voz y el contexto social. Todo eso compite con la tarea de registrar el nombre. Cuando el cerebro está enfocado en conectar o en causar una buena impresión, es más probable que el nombre pase desapercibido .

Además, recordar un nombre exige una evocación espontánea, mucho más compleja que reconocer una cara. Por eso es habitual identificar a alguien y recordar detalles del encuentro, pero quedarse en blanco al intentar decir su nombre.

Aunque a veces el desinterés existe, la mayoría de las veces olvidar el nombre de alguien recién conocido solo refleja cómo funciona la memoria: el cerebro retuvo el rostro, la charla o la impresión general, pero no logró consolidar un dato especialmente frágil como el nombre propio.

La buena noticia es que este tipo de olvido es humano, frecuente y mucho menos revelador del carácter de lo que solemos pensar.


Fuente: TN


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GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo