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La increíble historia de las tres jóvenes holandesas que seducían nazis y los mataban en un bosque

Tres chicas jóvenes holandesas, tres adolescentes, que deciden pasar a la clandestinidad en medio de la Segunda Guerra Mundial. Integran la resistencia. Al principio fueron muchos los que desconfiaron de ellos, los que supusieron que no iban a estar a la altura. Otros les quisieron explicar que eso no era un juego. Ellas ya lo sabían.

No tenían en claro cuáles serían las consecuencias, cuál podía ser el precio a pagar, pero decidieron que ellas pelearían por su país, enfrentarían a los nazis y a los traidores. Pasaron información, hicieron circular material informativo, trasladaron documentos falsos para que cientos de judíos pudieran escapar, sabotearon puentes.

Pero todo eso les pareció poco. Exigieron más acción. Aprovechando su aspecto frágil y su frescura juvenil idearon un plan para matar enemigos . Los engañarían, los convencerían que habían sido seducidas por ellos y en cuanto se relajaran los matarían. Se calcula que Hannie Schaft y las hermanas Truus y Freddie Oversteegen mataron más de 200 hombres durante la contienda.

Los nazis tomaron Holanda al inicio de la Segunda Guerra Mundial. El 10 de mayo de 1940 el país quedó bajo el mando del Tercer Reich. Casi sin combates. El ataque por sorpresa fue decisivo. El gobierno holandés huyó a Londres y el ejército se rindió muy rápidamente ante la disparidad de fuerzas.

El dominio alemán se mantuvo hasta el final, hasta mayo de 1945. El comisario Arthur Seyss-Inquart gobernó de manera cruel e impiadosa. Buscó y casi logró el exterminio total de los judíos del lugar.

Para el final de la Segunda Guerra, 100.000 judíos holandeses (acaso Anna Frank sea la más célebre) habían sido deportados y asesinados; alrededor del 75% de la población judía de ese país. A eso hay que sumarle, la crisis humanitaria y hambruna que se produjo en los meses finales del conflicto bélico que produjeron muchas otras muertes, más de 20.000.

El sojuzgamiento sobre los holandeses no judíos también fue abrumador. Prohibiciones, censura, estado policial, detenciones y muerte. Los hombres eran obligados a trabajar en fábricas de armamento alemanas. Cada holandés que ocupaba un puesto de operario, decían los nazis, permitía que un alemán luchara en el frente por su país.

Dadas estas condiciones, muy rápidamente creció de manera clandestina un movimiento de resistencia a los ocupantes. Se fueron organizando en las sombras y fijando prioridades con los escasos recursos que contaban. Una de las principales acciones era crear una red para ocultar a los judíos que los alemanes trataban de cazar para deportar.

Truus y Freddie Oversteegen tenían 14 y 16 años cuando Holanda cayó bajo el control nazi. Crecieron bajo la mirada y el influjo de su madre. Una mujer que se oponía a los totalitarismos y que solía militar por las causas más importantes de esos años.

Las chicas ayudaban a repartir proclamas a favor del bando republicano en la Guerra Civil Española, las tres cosían muñecas para mandar a España para los niñas que se habían quedado sin padres, colaboraban con una proto Cruz Roja. Así que cuando su país fue atacado, fue natural para ellas oponerse y convencerse de pasar a la acción. Lo primero que hizo la familia Oversteegen fue recibir, cobijar y hasta esconder a refugiados para que no cayeran en poder de los nazis.

En 1940, Hannie Schaft tenía 19. También había militado en favor de varias causas. No era judía. Le resultaba inconcebible lo que los nazis hacían con los judíos. Desde muy temprano se había convencido de que los eran trasladados ya no regresarían. Estudiaba derecho en la facultad porque pretendía un mundo más justo. Cuando los nazis obligaron a los estudiantes a jurar lealtad al Tercer Reich, Hannie se opuso y fue expulsada de la universidad.

Cuando ingresaron en la Resistencia las tres fueron incorporadas en la misma célula. Nadie esperaba demasiado de ellas. No se las veía especialmente valientes ni osadas. Pero la guerra y sus atrocidades las transformaron. Sellaron un pacto entre ellas: harían lo que hiciera falta para derrotar al enemigo y a los traidores.

La Resistencia era cosa de hombres, casi no había mujeres. Cuando Hannie, Truus y Freddie, se acercaron fueron, al principio, miradas con desconfianza. Les dieron tareas menores. Repartir panfletos, pegar proclamas rebeldes en paredes y árboles. De a poco fueron integradas a la red de asistencia a los refugiados y judíos que permanecían ocultos. Las chicas seguían sin conformarse, querían tener más participación, más acción.

Aprendieron a usar armas, a hacer tareas de espionaje y muy rápidamente pasaron a la acción. La primera misión peligrosa fue la de sabotear unos trenes y poner explosivos en un puente. Superaron la prueba con éxito.

La Resistencia no sólo luchaba contra los nazis. También lo hacía contra sus compatriotas colaboracionistas. Muchas veces esos holandeses eran el principal objetivo de las tres jóvenes.

El ambiente represivo hacía muy complicado tanto la comunicación con los líderes de la Resistencia como llevar adelante las misiones encomendadas. No había posibilidad de dudar. Y había que ser muy cauto para no despertar sospechas.

Las requisas por las calles eran habituales y a quien encontraran con armas, panfletos, documentos falsos y hasta con una cantidad de comida sospechosa (se presuponía que estaba llevando a un desquite para asistir a alguien que se mantenía oculto) podía ser detenido, torturado y asesinado .

Ese ambiente de tensión y sospecha constante jugó en favor de que los jefes de la Resistencia permitieran que las chicas entraran en acción. Su juventud, su aspecto inocente y hasta frágil, las hacía pasar desapercibidas. Además estaban necesitados de gente con coraje, a la que el miedo no detuviera, sin importar su género.

La primera acción violenta de las tres fue contra un holandés que delataba los escondites de los judíos para permitir que fueron atrapados por las fuerzas nazis. Hannie Schaft y las hermanas Oversteegen lo siguieron por la calle unas cuadras.

Cuando el hombre comenzó a cruzar un parque se apuraron para ponerse a su lado. Con una sonrisa tensa, Hannie lo llamó por su nombre. El hombre se frenó y le preguntó si se conocían, cómo sabía su nombre. Hannie sólo quería cerciorarse que era la persona que buscaban. Sacó un arma del bolsillo del abrigo y disparó contra él. El hombre cayó sobre el césped y dejó un lago de sangre oscura a su alrededor. Ese fue el primer enemigo que asesinaron.

Después fue Freddie, la menor de las Oversteegen, la que ultimó a una mujer que había confeccionado la lista de todos los judíos de Haarlem -la zona de Ámsterdam en la que ellas vivían- para que fueran enviados por los nazis a los campos de concentración.

Cuando muchos años después se conoció la historia de las tres jóvenes, las hermanas Oversteegen reconocieron los hechos. Si se les preguntaba el motivo de haber actuado de esa manera respondían que sintieron el deber de hacerlo para proteger a su gente y su tierra y que ellas fueran mujeres jóvenes no cambiaba nada: “Nadie le pregunta a un soldado por qué dispara” , concluían.

Las tres chicas desarrollaron una habilidad para atraer a los hombres. Vencieron su inexperiencia y su timidez al darse cuenta de que su belleza y juventud les permitían engañarlos. Mataron soldados y oficiales nazis pero principalmente a holandeses que ocupaban puestos de poder en el país ocupado, que eran funcionales a los alemanes; el objetivo principal eran los que delataban a los judíos para que fueran deportados y a los que detenían a compatriotas.

Una de sus principales estrategias era seguir a los hombres señalados hasta una taberna y entablar conversación con ellos. Flirteaban con esos hombres bastante más grandes con ellos. Al rato, ya ganada la confianza, los invitaban a seguir la charla en un bosque cercano en las afueras de la ciudad.

Los hombres, en ese punto, se apresuraban a pagar los tragos y salían con ellas. Pero apenas se alejaban un poco del lugar, apenas lograban que no hubiera testigos, las chicas —en un momento de descuido del hombre alucinado con su suerte y ya convencido de que esa noche consumaría— sacaban un arma y le disparaban.

Cuando le preguntaron a Freddie qué se sentía en ese momento, dejó muy claro que el peso de matar a alguien se acarreaba siempre en el alma y en la conciencia, aunque siguiera totalmente convencida de que era lo que debían hacer, lo que correspondía. “Cada vez que disparaba y mataba a alguien, lo primero que pensaba era: “Por favor, levántate” .

Hannie Schaft y sus acciones comenzaron a hacerse conocidas. Ella, en relación a las hermanas Oversteegen tenía una gran desventaja: era pelirroja. Eso la hacía más fácil de detectar. Ya con la guerra avanzada, se tiñó el pelo de morocho y se puso anteojos anchos y gruesos, que tapaban buena parte de su cara y le daban un aspecto de nerd, que la volvían, en apariencia, menos peligrosa.

Los oficiales nazis ordenaron a sus soldados que encontraran a las tres chicas. Patrullaron todas las zonas en las que sospechaban solían moverse los miembros de la Resistencia. Pero no dieron con ellas. El principal objetivo era Hannie. Pusieron en marcha un plan alternativo: detuvieron a sus padres. E hicieron circular la noticia del apresamiento, con la aclaración de que la pareja sería liberada apenas la hija se entregara. Hannie continuó en la clandestinidad. Los padres recuperaron la libertad recién 9 meses después.

Hannie fue, finalmente, detenida a principios de abril de 1945. El pelo negro, tras semanas sin tintura, ya dejaba paso al rojo natural. El 17 de abril la sacaron de la celda infecta en la que la tenían incomunicada y la obligaron a caminar por un descampado. Llevaba una pollera azul y un suéter colorado. ¡Camine y no se dé vuelta!, le gritaron. A los pocos metros, uno de los hombres apuntó y le disparó a la cabeza desde atrás. La bala rebotó contra su cráneo y no ingresó. El otro soldado nazi, aprovechando que ella había quedado conmovida, siempre desde atrás, acercó su pistola a centímetros de la nuca y volvió a disparar. Esa vez sí, la bala perforó el cráneo y Hannie murió en el acto. La Segunda Guerra terminó dos semanas después.

Truus y Freddie Oversteegen vivieron muchos años más. Décadas después fueron reconocidas como heroínas de guerra e integraron la junta directiva de la Fundación Hannie Schaft.

Las tres demostraron que la guerra no es solo asunto de hombres.


Fuente: TN


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