
Del chico que tonteaba en la playa jamás se supo el nombre ni su destino. Ella, en cambio, sí era conocida: era la secretaria del presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt . Los dos, el chico y la secretaria, fueron responsables, secundarios pero no tanto, de que el mundo entrara en la era atómica. Los dos encarnaron a esos anónimos que siempre ayudan a construir la historia y a menudo la protagonizan, antes de que los ganen las sombras y el olvido.
La energía nuclear iba a decidir el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, con las dos bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero todo empezó antes de que estallara la guerra y cuando ya era previsible.
En marzo de 1939 el mundo estaba al borde del conflicto que se iniciaría seis meses después, en septiembre. Hasta entonces, Gran Bretaña y Francia le habían concedido al Reich de Adolfo Hitler todo lo que el Führer había pedido. Lo último que le concedieron fue el dominio alemán sobre Checoslovaquia. Si Hitler exigía algo más, sería la guerra.
Cuando el Reich invadió Polonia, fue la guerra. Pero en el año que medió entre la entrega de Checoslovaquia y el ataque a Polonia, los alemanes se apropiaron de todas las minas checas de uranio y suspendieron la venta al exterior de ese elemento químico radiactivo y natural.
La decisión alemana de apropiarse de todo el uranio disponible y acumularlo en Alemania, encendió una luz de alarma entre los científicos que, en Estados Unidos, también experimentaban en el desarrollo de la energía nuclear: entendieron con facilidad, si es que ya no lo sabían, que la decisión alemana implicaba que los científicos de Hitler investigaban lo mismo que ellos y que se había iniciado una carrera contra reloj por el desarrollo atómico ante la guerra inminente.
Los dos países buscaban la fisión del átomo: la ruptura del núcleo de un átomo pesado de uranio por el bombardeo con neutrones, que desencadenaría una enorme liberación de energía.
Si en años anteriores la fisión del átomo había estado ceñida al ámbito científico, ahora que en Europa los clarines llamaban al combate la investigación miraba a la fabricación de un arma de un poder que se sospechaba enorme, pero nadie sabía cuán de enorme era.
En Estados Unidos el científico italiano Enrico Fermi llevaba la batuta de la investigación de la reacción atómica en cadena, basado en la teoría y los escritos de Albert Einstein : los dos eran dos refugiados.
Fermi había huido de la Italia fascista de Benito Mussolini y Einstein había escapado de la Alemania nazi en diciembre de 1932, un año antes de la llegada de Hitler al poder: era ahora un prestigioso profesor de la Universidad de Princeton, en New Jersey.
Había más refugiados europeos en el proyecto atómico de Estados Unidos. Junto a Fermi trabajaban tres húngaros: Leo Szilard, Edward Teller y Eugene Paul Wigner . Estaban nacionalizados y habían llegado a Estados Unidos en su huida de la presión soviética y alemana sobre Hungría. Fue Fermi junto a su equipo quienes tuvieron la certeza de que Alemania buscaba lo mismo que ellos y que, además, iba por buen camino.
Si Estados Unidos quería ganar esa carrera, el proyecto de Fermi precisaba más dinero, más equipamiento y más gente. Y además, necesitaba de todo el poder persuasivo de esos hombres de ciencia para convencer a alguien de esa rareza que pretendía desintegrar el átomo para crear una nueva forma de energía de alcances insospechados.
En aquella primavera de 1939, mientras Europa era un polvorín a punto de arder, faltaban todavía dos años y medio para que Japón bombardeara Pearl Harbor y metiera de cabeza a Estados Unidos en la Segunda Guerra. Pero Roosevelt y el poder militar americano sabían ya que irían a la guerra y que su rival a vencer sería Hitler y en Europa.
Fermi y su equipo pensaron, y pensaron bien, que lo único que podía ayudarlos era interesar a Roosevelt y alertarlo sobre el peligro que implicaba que Alemania dispusiera primero de esa nueva arma extraordinaria, una bomba con seguridad, de la que todavía se ignoraba casi todo.
Si había alguien que podía interesar a Roosevelt en el proyecto atómico era Einstein. Era una figura mundial, un Nobel de Física desde hacía dieciocho años y un sabio que había elegido Estados Unidos como su tierra de promisión.
Una carta de Einstein a Roosevelt podía cambiarlo todo, pensaron los científicos de Fermi. Sólo había que convencerlo.
A finales de julio de 1939, a un mes y días del estallido de la guerra, Szilard y Wigner, los dos húngaros del equipo Fermi, se lanzaron a encontrar a Einstein: el inglés de los dos tenía un fuerte acento, y sus oídos intentaban adaptarse al hablar veloz de los americanos y a un idioma, a un decir, que cambiaba día a día.
Llamaron a Princeton donde les dijeron que el profesor estaba de vacaciones, como todo el mundo, en Long Island y en un pueblo llamado Peconic.
No, el profesor Einstein no había dejado su dirección. El oído poco acostumbrado de Szilard no entendió Peconic. O entendió otra cosa. Sí entendió Long Island, y una calurosa mañana de verano los dos científicos llegaron a la isla del sureste neoyorquino sin saber muy bien dónde buscar lo que querían encontrar.
En un mapa carretero, por mera deducción, por recuerdo fonético, por aproximación, por mera fortuna, descubrieron, o quisieron creer que habían descubierto el pueblo de Einstein: Peconic , el último reducto de una bahía bucólica y pacífica.
Pasado el mediodía, bajo un sol de beduinos, Szilard y Wigner trataron de dar con la casa de verano alquilada por Einstein. Ni por asomo dieron con ella; casi no había a quien preguntar, todo el mundo estaba en la playa, y quien no estaba en la playa no conocía a Einstein. Frustrados, los dos profesores húngaros decidieron volver a New York sin saber cuándo podrían hablar con su colega alemán.
Rendidos ante lo inevitable, jugaron una última carta, la de los derrotados: vieron a un chico que tonteaba por la playa, lejos del ruido, de los amigos, de las olas ; un muchachito de trece o catorce años que vio llegar, entre la sorpresa y la diversión, a esos dos caballeros de saco, camisa y moñito al cuello bajo el sol de plomo fundido de la una de la tarde.
No, el chico no conoce a Einstein. Los científicos húngaros le dicen que es un turista importante de New York y el chico, que no es tonto, dice que Peconic y todo Long Island está lleno de turistas de New York, importantes o no.
Szilard dirá después que el muchacho estaba deseoso de ayudar a esos dos palurdos de moñito. ¿Qué tan importante es el turista? Los húngaros le explican que es un hombre ya grande, un físico alemán que… Y los ojos del chico se iluminan: ¿no será un viejo medio pelado, con cara de loco y el poco pelo que le queda revuelto a los costados? Porque si es ése, vive aquí muy cerca, a trescientos metros de la playa.
Minutos después, Szilard y Wigner están frente a Einstein : pantalones cortos, pantuflas y un violín en las manos, el primer instrumento que su madre le regaló a los tres años porque presumía que su hijo, que no hablaba, padecía algún tipo de retraso mental.
Del chico de la playa, que decidió en buena parte el destino de la Segunda Guerra Mundial, nunca se supo más nada.
Szilard, Wigner y Einstein llegaron aquella tarde calurosa a un acuerdo: los húngaros volverían a Peconic esta vez con Teller , que hablaba muy bien alemán e inglés, para que Einstein dictara la carta a Roosevelt en alemán y Teller la escribiera en inglés. Szilard dirá después sobre Einstein: “En cuanto entendió las implicancias del proyecto y el peligro de que Alemania tuviese primero la atómica, estuvo dispuesto a ayudarnos”.
El 2 de agosto de 1939, un mes antes del estallido de la Segunda Guerra, Szilard y Teller regresaron a Peconic, Einstein dictó aquella carta trascendental y firmó después el texto en inglés.
Aquel mensaje, aquel pedido de auxilio es aún hoy una pequeña joya literaria e histórica, un ejemplo de sutileza y diplomacia.
Einstein mencionó los trabajos de Fermi, explicó los alcances del uranio como nueva forma de energía y le sugirió a Roosevelt que ciertos aspectos de la investigación serían “merecedores de atención y de una intervención rápida del gobierno”.
Después, con cuidada pulcritud, explicó los alcances de la investigación en desarrollo: “Es posible pensar en la construcción de nuevas bombas con una potencia muy superior a las actuales. Una sola de estas bombas, trasladada en barco o explotada en puerto, podría destruir sin problemas todo el puerto y parte del territorio circundante”.
Tampoco Einstein tenía conciencia del tremendo poderío que desataría una bomba nuclear que, dice a Roosevelt, sería muy pesada para ser transportada en avión.
Luego, Einstein deslizó otra sutileza y sugirió a Roosevelt que aceptara lo que él le proponía: “Usted puede considerar deseable que su gobierno mantenga un contacto permanente con estos físicos que investigan la reacción en cadena (…) Que nombre a una persona de su confianza como enlace, que destine fondos al proyecto y que consiga, si es posible, la participación de algunos laboratorios industriales privados”.
Y, por último, lanza una alerta a Roosevelt: “Tengo entendido que Alemania ha interrumpido la venta de uranio de las minas de Checoslovaquia, que ahora están en sus manos. La explicación tal vez se deba a que el hijo del subsecretario de estado alemán, Von Weizaker, trabaja en el instituto Kaiser Wilhem, donde en la actualidad están repitiendo algunos de los trabajos con uranio que hacen los americanos”.
Fue la carta de Einstein, y aquel chico que tonteaba por la playa, la que abrió el camino a la energía nuclear , con lo bueno y lo malo que todo aquello cargaba sobre los hombros.
Pero a la misión de los científicos húngaros le faltaba un paso: hacer llegar a Roosevelt el mensaje de Einstein, e interesar al presidente en el proyecto atómico. Tenían que poner ese texto vital en manos de un hombre de confianza del presidente quien, además, tenía que explicarle muy bien qué implicaban aquellas dos páginas firmadas por el sabio alemán.
El incansable Szilard creyó tener al hombre ideal para la misión: era Alexander Sachs , un financista que había hecho aportes sustanciosos a las dos campaña electorales de Roosevelt, y que era también uno de sus asesores. “Alex –le dijo Szilard – el resultado dela guerra depende de esto”. Pero no había guerra todavía. Pasó todo agosto sin que Sachs pudiese dar un paso: todo el mundo estaba de vacaciones, Roosevelt incluido.
El 1 de septiembre de 1939 Hitler invadió Polonia y el 3 Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Hitler . El 11 de octubre, consciente de la importancia del documento que tenía entre manos, Sachs pidió una entrevista con Roosevelt que le fue concedida de inmediato: ambos se vieron en el Salón Oval de la Casa Blanca .
Fue entonces y allí que Sachs cometió el gran error de su vida: tuvo miedo de fallar al comunicar el mensaje; creyó que, más que sus palabras, no había nada más elocuente que la carta de Einstein y la leyó a Roosevelt palabra por palabra.
Sucedió lo inevitable: el presidente entendió poco y nada de aquel lenguaje desconocido; se aburrió, se quedó con la carta y soltó la frase clavada con la que los gobernantes esquivan los enigmas: “Alex, tal vez sea un poco prematuro comprometer al gobierno en esto. Voy a nombrar una comisión investigadora para que me informe”.
Sachs entendió que había perdido su oportunidad, que los alemanes iban a llegar primero en aquella carrera contar los relojes y que iban a contar con aquella bomba poderosísima, capaz de decidir el destino de la guerra flamante.
Al margen, si Alemania no tuvo antes la atómica fue, entre otros factores, porque Hitler no creía en la física: creía en la física aria, que no es lo mismo . Había desmantelado el equipo de físicos judíos que investigaban la fisión atómica y a los que no encarceló o hizo matar, los forzó al exilio.
El historiador William Manchester reveló que un grupo de esos exiliados se fue de Alemania con el agua pesada para enriquecer el uranio cargada en botellas de cerveza color caramelo, para protegerla del sol, y las guardó en los congeladores de las heladeras suizas, el país al que fueron a vivir.
Sachs sabía nada de física y, en medio de su desesperación, hizo lo mismo que habían hecho los científicos húngaros en la playa de Peconic: jugó todo a una última carta.
Ni bien dejó el Salón Oval, le rogó a la secretaria de Roosevelt: “Marguerite, tengo que estar mañana en el desayuno del presidente”. Marguerite era Marguerite LeHand , mano derecha, nunca mejor dicho, de Roosevelt; conocía al presidente mejor que muchos de sus asesores; cuidaba de su dieta y de su salud dado que Roosevelt padecía las consecuencias de un ataque de polio; LeHand era los ojos del presidente en la Casa Blanca y, chismecito del ambiente, se decía que también había tenido un romance con él.
También sabía lo riguroso que era Roosevelt con su agenda. Así que le dijo a Sachs la pura verdad: “Es imposible. El presidente tiene la agenda completa desde las ocho de la mañana. Y, Alex, vas a desentonar con los invitados que van a compartir mañana el desayuno”.
Sachs también le dijo la pura verdad: el desayuno le importaba nada, sólo necesitaba cinco minutos a solas con el presidente y agregó: “Marguerite, la guerra depende de mañana”. Le Hand prometió hacer todo lo posible.
En su impresionante obra histórica y periodística sobre aquellos años decisivos, Manchester, que murió en 2004, afirma que Sachs apenas pudo conciliar el sueño aquella noche en su cama del Hotel Carlton, vecino a la Casa Blanca, que fue albergue de espías en los años calientes de la Guerra Fría, en especial durante la Crisis de los Misiles cubanos en octubre de 1962 .
Fue gracias a los esfuerzos de LeHand y a su poder de convicción que Roosevelt volvió a ver al día siguiente, antes del desayuno y por cinco minutos, al atribulado Sachs.
Con pocas y veloces palabras, Sachs le recordó la carta de Einstein y la probable producción de una bomba de gran poder; luego, con astucia y sutileza, le recordó a Roosevelt la historia de Robert Fulton y la invención del barco de vapor que revolucionaría el mundo del transporte, del turismo, del comercio y de la guerra.
En 1803 Fulton había intentado convencer a Napoleón, que para variar guerreaba con los británicos, sobre las ventajas de su invención. Napoleón entendió nada, tal vez pensó en nombrar una comisión investigadora, y perdió para siempre la oportunidad de derrotar en el mar a sus enemigos.
Roosevelt entendió de inmediato la parábola de Sachs: “Alex, -le dijo- ¿querés decir que hay que evitar que los alemanes nos hagan saltar por el aire?”
Roosevelt contestó la carta de Einstein el 19 de octubre. Le decía que había considerado muy importante su propuesta y que pondría en marcha un equipo liderado por los jefes del Ejército y la Armada para apoyar la investigación. Y lo hizo. Así nació el Proyecto Manhattan que bajo la dirección de Robert Oppenheimer desarrollaría en seis años la primera bomba nuclear.
Así fue cómo entramos en la era atómica : con el aporte de científicos, políticos y militares pero, además, por correspondencia, por azar y por obra de la fortuna.
También gracias a una secretaria atenta y resuelta que conocía como nadie al habitante principal de la Casa Blanca, y gracias a un chico de trece o catorce años, también atento y resuelto, que tonteaba por una playa una tarde de verano y de quien la historia ha perdido todo rastro.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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