
A veces el amor no llega una vez, sino muchas . Se presenta cuando somos adolescentes y todavía no sabemos nombrarlo. Vuelve cuando creemos haberlo olvidado. Desaparece durante años. Regresa en una esquina cualquiera. Y vuelve a irse.
Lo de Sofía y Tomás duró más de 30 años . O, mejor dicho, tardó más de tres décadas en terminar de escribirse. Porque no se puede encontrar el amor evitando la vida. Ellos lo buscaron viviendo. Equivocándose. Alejándose. Volviendo. Y quizás por eso su camino nunca dejó de trazarse.
Ella tenía 13 años y estudiaba en un colegio de monjas de Caballito . Él iba al colegio de curas que quedaba a pocas cuadras. Era mediados de los 90, cuando los chicos todavía se encontraban cara a cara, cuando los teléfonos estaban en el living de las casas y enamorarse significaba esperar una semana entera para volver a ver a alguien. “ Yo era muy tímida . Tan vergonzosa que me ponía colorada si un varón me preguntaba la hora”, recuerda Sofía. Sin embargo, había algo en Tomás que le llamaba la atención. No era el más lindo. Tampoco el más popular. Ni siquiera parecía sentirse cómodo dentro de su propio grupo. Mientras los demás se empujaban y hacían ruido, él observaba. Escuchaba más de lo que hablaba. Y sonreía poco. Quizás por eso Sofía empezó a buscarlo con la mirada cada tarde. Las miradas no se cruzan por casualidad .
Al principio fueron conversaciones breves a la salida del colegio. Luego llegaron las caminatas hasta la parada del colectivo. Y más tarde las fiestas de cumpleaños. Nunca fueron novios. No hubo títulos. Pero todos sabían que algo pasaba entre ellos. “ Si él llegaba, yo estaba contenta. Si no aparecía, me arruinaba la noche ”.
Tomás parecía sentir exactamente lo mismo . La buscaba entre la multitud. Le llevaba chocolates. Le guardaba un lugar cuando salían con amigos. Y se ponía nervioso cada vez que Sofía estaba cerca.
Lo curioso era que ninguno de los dos se animaba a avanzar. Pasaron meses así. Miradas. Cartitas. Llamados breves. Promesas que nunca terminaban de cumplirse. Hasta que llegó el momento del primer beso . O, mejor dicho, del beso que no pudo ser.
Una noche, después de una fiesta, Tomás le dijo que quería hablar con ella. Sofía sabía perfectamente de qué se trataba. Sintió miedo. Vergüenza. Una especie de pánico inexplicable. Así que inventó una excusa y se fue. “ Todavía me acuerdo de su cara. Creo que lo lastimé muchísimo ”, dice todavía arrepentida. Hay pocas sensaciones tan parecidas a la felicidad como dejar de dudar. Y, a esa edad, ellos vivían exactamente al revés: la incertidumbre era más fuerte que el deseo. Si hubieran sabido que no hay alegría como la eliminación de la duda.
A los pocos meses dejaron de verse. No hubo pelea, ni despedida . Simplemente dejaron de buscarse. Y la vida siguió por separado. O eso parecía.
Durante la secundaria se cruzaban. En una fiesta. En una plaza. En algún cumpleaños en común. Cada encuentro volvía a encender algo. Pero siempre aparecía un obstáculo . Cuando ella estaba sola, él estaba de novio. Cuando él volvía a buscarla, ella estaba con otra persona. Nunca coincidían. Era como si el destino se empeñara en correrlos unos centímetros cada vez que intentaban acercarse.
Sofía cumplió 18 años y se enamoró de un estudiante de arquitectura. Era bueno. Divertido. Estable. Todo lo contrario a Tomás. La relación duró varios años. Mientras tanto, Tomás también construyó su propia historia. Tuvo novias. Viajes. Proyectos. Nuevos trabajos. Pero algo seguía incompleto. “ Nunca dejábamos de saber el uno del otro . Siempre aparecía alguien que me contaba algo suyo”.
Un día se enteró de que Tomás se había mudado al sur. Otro día supo que estaba viviendo en Córdoba. Más tarde escuchó que se había enamorado. Que se había separado. Que estaba empezando de nuevo. Y cada noticia le provocaba una sensación difícil de explicar . No eran celos. No exactamente. Era algo más parecido a la nostalgia. Como extrañar el futuro que nunca llegó a tener.
Los años pasaron. Muchos años. Y llegó la adultez. Sofía se casó. Tomás también. Ella tuvo una hija. Él formó una familia . Parecía el final definitivo. Sin embargo, la historia tenía otros planes. Una tarde de otoño, casi 20 años después de aquel primer encuentro, Sofía salió de una reunión de trabajo en el centro porteño. Iba apurada. Pensando en mil cosas. Y de pronto escuchó que alguien pronunciaba su nombre. Se dio vuelta. Era Tomás.
Durante unos segundos ninguno habló. Se quedaron mirándose. Como si estuvieran tratando de reconocer al adolescente escondido detrás de las arrugas y las responsabilidades. “ Lo primero que pensé fue: sigue siendo él ”, revela melancólica.
Fueron a tomar un café. Después otro. Y después otro. Hablaron durante horas. De los años perdidos. De las decisiones tomadas. De las cosas que nunca se habían dicho. Y descubrieron algo inesperado. Nada había desaparecido. La conexión seguía ahí . Intacta. Esperándolos. Antes de que pudiera explicarlo, Sofía sintió que el cuerpo llegaba antes que la cabeza. “Supe que era él antes de verlo bien. Me lo dijo el cuerpo”.
Durante meses volvieron a verse. Al principio como amigos. Luego como algo más. Había una confianza absoluta. Una intimidad que no necesitaba explicaciones. Y una pasión que parecía haberse acumulado durante décadas. “ Era como recuperar algo que siempre había sido mío ”, resume mientras se lleva los puños apretados al pecho. Tal vez la verdadera intimidad no consista en mostrarnos fuertes. Tal vez sea poder rompernos delante de alguien y descubrir que, aún así, nos sentimos a salvo.
Pero otra vez apareció el mismo problema. Los tiempos. Las circunstancias. Las vidas construidas. Ninguno estaba libre ni dispuesto a destruir todo. Y al mismo tiempo no querían alejarse. ¿El amor verdadero fluye solo o hay que ayudarlo?
Vivieron años suspendidos en esa contradicción. Acercándose. Alejándose. Prometiendo que sería la última vez . Volviendo a los pocos días.
Hasta que llegó el cansancio. Porque el amor también agota cuando no encuentra un lugar donde vivir. Una noche, sentados frente al río, Tomás fue quien puso las palabras. “ Nos queremos demasiado para seguir lastimándonos ”. Casi nunca nos rompe un enojo. Nos parte el cansancio de haber sostenido durante demasiado tiempo una historia que no entiende dónde descansar.
Sofía entendió que tenía razón. Y lloró. Lloró por los años perdidos , por los que imaginó que vendrían y por esa versión de ellos que jamás había podido existir.
Se despidieron. Esta vez de verdad. O al menos eso intentaron. Pasaron varios años sin contacto. Sofía se separó. Tomás también. La vida volvió a mover las piezas . Pero ya no eran los mismos. Nunca somos los mismos. Somos instantes.
La urgencia había desaparecido. La obsesión también. “No me reconocía en la mujer intensa que había sido, en esa desesperación por saber cada paso de él”, se sincera. Quedaba algo más profundo . Más sereno. Más difícil de definir. Un cariño inmenso. Una gratitud. La certeza de haber sido importantes el uno para el otro.
Hoy hablan de vez en cuando. A veces intercambian mensajes. A veces pasan meses sin contacto. Ninguno sabe qué ocurrirá mañana. Y, curiosamente, ya no necesitan saberlo. “Antes pensaba que el amor era quedarse —reflexiona Sofía—. Ahora creo que también puede ser dejar ir”. Hace una pausa. Sonríe. Y agrega: “ Tomás fue el gran amor de mi vida . No porque hayamos terminado juntos. Sino porque me acompañó de alguna manera durante cada versión de mí misma”.
Quizás algunas personas llegan para quedarse. Y otras vienen para transformarnos. Para enseñarnos quiénes somos. Para convertirse en una especie de hogar emocional al que volvemos una y otra vez. Aunque nunca vivamos allí. Aunque el destino insista en separarnos. Aunque los años pasen. Al fin y al cabo, ¿Qué es el amor sino cuidar la fragilidad del otro como si fuera propia?
Porque hay amores que terminan. Y hay otros que simplemente cambian de forma. El de Sofía y Tomás pertenece a esa segunda categoría .
A 30 años de aquella primera charla entre una chica de colegio de monjas y un chico de colegio de curas, ninguno de los dos sabe cómo habría sido la vida si hubieran elegido distinto. Pero ambos están seguros de algo. Si pudieran volver atrás, volverían a cruzar esa calle. Volverían a mirarse. Y volverían a elegirse.
Hay historias que no terminan porque alguien vuelva. Simplemente permanecen . Como esas canciones que, aunque dejen de sonar, uno sigue escuchando por dentro.
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Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo

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