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Argentina profundiza sus dudas y agiganta su corazón de campeón

Esa suerte de sauna a cielo abierto fue durante algo más de una hora y media un torrente irrefrenable de sensaciones encontradas. La húmeda y calurosa Miami se llevó el asombro, los nervios, el alivio, la angustia y el desahogo de decenas de miles que nunca olvidaran ese calvario con final feliz. El grito del “Cuti” Romero, cuya combinación con su socio Lisandro Martínez resultaron de lo mejor de una noche despareja, pareció liquidar una contienda en la que el campeón nunca se mostró sólido hasta el epílogo, dándole a los caboverdianos un status que de “entusiastas” los elevó y transformó en competitivos y peligrosos.

El fútbol ha cambiado y con él, cierta paridad llegó para quedarse, pero igualar las distancias que ésta vez resultaron casi invisibles, implica revisar la actuación de un equipo cuyo mérito más grande fue esquivar al destino de una jornada que parecía empujarlo más allá del precipicio.

Lo que hasta ahora eran simples señales de atención ahora ya son banderas rojas. Es genial que se hayan agotado los calificativos para describir lo que es capaz de hacer Messi, pero la escasez de alternativas de ataque definitivamente se ha vuelto un problema. Entenderlo no implica señalar exclusivamente a los atacantes aunque claramente los involucra, porque a veces en el fútbol a diferencia de las matemáticas, la suma de los factores sí altera el producto. El corazón del equipo son sus mediocampistas y el torrente de pases, posesión y velocidad de circulación del balón se observa pastoso y previsible. En un conjunto que por diseño, carece de extremos que puedan desequilibrar en duelos individuales, el seleccionado ha extraviado su fluidez para detectar pasillos que le den juego interior.

Más allá del clima irrespirable de Miami, ni Enzo Fernández ni Alexis Mac Allister asumieron riesgos en sus entregas de balón, ni mostraron su dinámica habitual. Almada tampoco rompió esa inercia de previsibilidad, ni los centrodelanteros se mostraron finos y agresivos. La última solución podían ser los laterales pero sobre todo en el carril derecho la falta de forma tanto de Molina como de Montiel es evidente y al mismo tiempo preocupante.

Ante esta realidad el traje de superhéroe de Messi surgió como una necesidad indispensable y las jugadas de balón detenido maquillaron errores y garantizaron la supervivencia en la Copa del Mundo. Si hasta aquí el equipo había compartido, e incluso cedido, por desconexión o decisión propia la tenencia del balón sin mayores apremios, ésta vez “sufrió mal” el encuentro. Luego de estar dos veces en ventaja y con la posibilidad de manejar los tiempos y el ritmo en un escenario sofocante, no solo entregó la pelota sino también el control del partido. El cansancio físico se combinó con un especie de stress mental, que dio lugar a un visible e inédito desorden posicional y la sensación de abismo se apoderó del ambiente. La mejor noticia fue resolver el problema y encontrar la salida del laberinto.

Como nunca hay dos partidos iguales y aún con poco tiempo para recuperar soldado s, está la certeza de que Scaloni se desvelará buscando soluciones. Su festejo centenario como entrenador de los campeones del mundo, presentó demasiados sobresaltos como para pensar que pueda envejecer bien y ser recordado como una gran celebración. Sin embargo, así como hace tres años y medio una derrota ante Arabia Saudita lo incentivó a buscar soluciones que derivaron en un cambio rotundo, el triunfo ante Cabo Verde puede producir la misma reacción.

Con lo que dijo hay que analizar el partido que pasó. Con lo que calló habrá que sacar conclusiones a partir de los nombres que elija para el compromiso que viene. Sin tampoco caer en extremismos innecesarios el menú le ofrece buenas alternativas: dinámica si piensa en Nicolás González o Giuliano Simeone, equilibrio y buen pie si entiende que llegó la hora de Paredes, frescura para cambiar el ritmo de la mitad de la cancha con Barco o Nicolás Paz y más movilidad en ataque con un Julián Álvarez que aún lejos de su mejor versión, ofrece otras variantes a las que tiene en su catálogo Lautaro Martínez.

Demasiado cerca de los límites, es tiempo de decisiones quirúrgicas y de apariciones claves. No se puede seguir dependiendo solamente de un Messi sobresaliente que le hace cosquillas a la historia. Tiene que aparecer el equipo. Por ahora alcanza con el corazón, el coraje y con una certeza: hacen falta mucho más que dos golpes para destronar al campeón del mundo.

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Fuente: La Nación


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