
Hay amores que dejan fotografías. Otros, cartas. Algunos sobreviven en diarios íntimos o en recuerdos familiares. El vínculo entre Sor Juana Inés de la Cruz y María Luisa Manrique de Lara quedó suspendido en algo difícil de descifrar: poemas.
Poemas llenos de admiración, deseo, añoranza y una intensidad emocional que atravesó los siglos. Poemas escritos por una monja. Y dedicados a otra mujer. Por eso, más de trescientos años después, la historia sigue generando debate. ¿Qué sintió Sor Juana por la virreina?
Tal vez nunca se sepa. Pero para comprender por qué esa pregunta sigue vigente , hay que regresar al siglo XVII, a una época en la que las mujeres tenían prohibido estudiar, opinar y pensar por sí mismas. Y donde una niña nacida fuera del matrimonio estaba destinada a convertirse en una excepción imposible.
La Nueva España era mucho más que el actual México. Desde la Ciudad de México, la Corona española gobernaba uno de los territorios más vastos de su imperio: un virreinato que se extendía por gran parte de Norteamérica, incluía las islas del Caribe y mantenía un vínculo administrativo con las Filipinas. En ese inmenso escenario colonial, donde la Iglesia y la monarquía marcaban cada aspecto de la vida cotidiana, una mujer que se atreviera a pensar por sí misma ya era una revolución .
Sor Juana Inés de la Cruz nació el 12 de noviembre de 1651 en San Miguel Nepantla, una pequeña localidad de la Nueva España. Su nombre era Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana. Desde muy pequeña mostró una inteligencia extraordinaria. Aprendió a leer a los tres años casi en secreto. A los seis ya quería asistir a la universidad, algo impensable para una mujer. Más adelante confesaría que llegó a imaginarse disfrazada de hombre para poder estudiar .
El conocimiento la obsesionaba . Leía todo lo que encontraba. Memorizaba libros enteros. Aprendía latín en pocos meses. Interrogaba a sacerdotes, eruditos y maestros. Mientras otras niñas eran educadas para convertirse en esposas, ella soñaba con bibliotecas. Su talento pronto llamó la atención de la aristocracia local. A los 16 años fue presentada en la corte virreinal de Ciudad de México, donde deslumbró.
Existe una anécdota famosa. El virrey reunió a decenas de teólogos, filósofos, matemáticos y humanistas para poner a prueba a la joven prodigio. Juana respondió preguntas sobre múltiples disciplinas durante horas. Salió victoriosa.
Pero ni siquiera semejante demostración de inteligencia podía modificar una realidad básica: una mujer brillante seguía siendo una mujer. Y las opciones eran pocas. Casarse. O ingresar a un convento.
Juana eligió el convento. No porque sintiera una vocación religiosa arrolladora. Al menos no exclusivamente. Lo eligió porque era el único espacio donde podría seguir leyendo, estudiando y escribiendo . Años después admitiría que no encontraba otra manera de conservar su libertad intelectual.
En 1669 ingresó definitivamente al convento de San Jerónimo. Allí pasó gran parte de su vida. Su celda era famosa . Poseía una de las bibliotecas privadas más importantes del continente, además de instrumentos musicales, globos terráqueos, aparatos científicos y colecciones de manuscritos.
Mientras Europa vivía la revolución científica y filosófica, una mujer encerrada en un convento americano intentaba participar de esa conversación universal. Y lo lograba. Sus poemas circulaban por toda Nueva España. Sus obras teatrales eran representadas. Su fama crecía . Pero el acontecimiento que marcaría su vida estaba todavía por llegar.
En 1680 arribaron a México los nuevos virreyes de Nueva España: Tomás Antonio de la Cerda y María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga . Condesa de Paredes. Aristócrata española. Culta. Refinada. Amante de las artes. Y apenas unos años mayor que Sor Juana.
El encuentro entre ambas produjo una conexión inmediata . La virreina quedó fascinada por aquella monja capaz de escribir versos brillantes, discutir filosofía y sostener conversaciones que pocos hombres podían igualar.
Sor Juana, por su parte, encontró en María Luisa algo excepcional . Una mujer que la entendía. Que admiraba su inteligencia. Que protegía su trabajo. Que impulsaba su carrera. La virreina comenzó a convertirse en su principal mecenas. La invitaba a la corte. Promovía sus escritos. La defendía frente a las críticas. Y, sobre todo, la escuchaba. Con el tiempo nació entre ellas una relación demasiado cercana. Una afinidad que quedó registrada en la literatura.
En los poemas de Sor Juana, María Luisa aparece bajo un nombre simbólico: Lysi . Era una práctica habitual del Barroco utilizar nombres literarios para referirse a personas reales. Pero detrás del recurso poético se desplegó algo que sigue sorprendiendo a los lectores modernos.
Verso tras verso, Sor Juana describía a Lysi como la mujer más hermosa, más admirable y más deseada de su universo emocional. Le dedicó sonetos, romances y composiciones enteras. La llamó “divina”. La comparó con el sol. La convirtió en musa. Y escribió líneas que todavía hoy generan discusiones, como: “Ser mujer ni estar ausente no es de amarte impedimento”.
La frase aparece en uno de los poemas más citados de toda su obra. Para algunos investigadores se trata simplemente de una expresión barroca de admiración . Para otros, revela sentimientos mucho más profundos. Lo cierto es que la intensidad resulta difícil de ignorar. Sor Juana escribió sobre María Luisa con una pasión que rara vez dedicó a cualquier otra persona.
Hay que entender el contexto. En el siglo XVII existía una tradición literaria de exaltación afectiva entre mujeres. Las expresiones emocionales podían ser mucho más intensas de lo que serían siglos después. El lenguaje amoroso no necesariamente implicaba una relación romántica o sexual. Sin embargo, algunos textos de Sor Juana parecen ir más allá de las convenciones de la época.
La frontera es difusa. Y justo allí reside el misterio. No existen cartas íntimas que confirmen una relación amorosa ni testimonios directos . No hay confesiones. Lo que sí hay son poemas. Y en ellos Sor Juana parece debatirse entre la admiración intelectual, la fascinación personal y una forma de amor que quizá ni siquiera tenía un nombre disponible en su tiempo.
Mientras tanto, la relación seguía creciendo. María Luisa no era solo una destinataria privilegiada. También era una protectora fundamental . La sociedad colonial observaba con una mezcla de fascinación y recelo a aquella monja famosa. Su inteligencia despertaba admiración. Pero también incomodidad.
Muchos religiosos consideraban que una mujer no debía ocupar semejante espacio intelectual. Las críticas comenzaron a acumularse. En ese contexto, el respaldo de la virreina era invaluable. María Luisa utilizó su influencia para promover la obra de Sor Juana y garantizar que sus escritos circularan. Gracias a ella, la poeta encontró lectores más allá de las paredes del convento. Y gracias a ella, años después, su obra sobreviviría.
Pero toda historia de amor, amistad o devoción enfrenta la prueba de la distancia. En 1686, el mandato virreinal llegó a su fin. María Luisa y su esposo debían regresar a España . La despedida fue devastadora para Sor Juana. Los poemas escritos durante ese período revelan nostalgia, tristeza y una sensación de pérdida que atraviesa cada línea. De pronto, la mujer que había iluminado su mundo cotidiano desaparecía del horizonte. La virreina cruzaba el océano. La monja permanecía detrás de los muros del convento. Separadas por miles de kilómetros. Unidas únicamente por la memoria y las palabras.
Sin embargo, la distancia no terminó con el vínculo . Desde España, María Luisa continuó apoyando a Sor Juana. De hecho, desempeñó un papel decisivo en la publicación de sus obras. En 1689 apareció en Madrid el primer gran volumen de escritos de la monja mexicana. La publicación fue posible gracias al patrocinio y la intervención de la ex virreina. Aquello representó un acontecimiento extraordinario. Una mujer americana alcanzaba reconocimiento literario en Europa . Era un logro inmenso. Y María Luisa había sido una pieza clave para hacerlo posible. La admiración seguía viva. Aunque el océano se hubiera interpuesto entre ambas.
Mientras tanto, la situación de Sor Juana comenzaba a complicarse . La Iglesia se volvía cada vez menos tolerante con su protagonismo intelectual. Los sectores conservadores observaban con creciente desconfianza a aquella religiosa que escribía sobre filosofía, ciencia y teología.
El conflicto estalló en 1690. Sor Juana publicó una crítica intelectual a un prestigioso sermón religioso. La reacción fue feroz. Las autoridades eclesiásticas le exigieron obediencia. Humildad. Silencio. Lo que estaba en juego no era solo una discusión teológica. Era el derecho de una mujer a pensar .
La presión aumentó durante los años siguientes. Finalmente, Sor Juana comenzó a retirarse de la vida intelectual . Vendió buena parte de su biblioteca. Se desprendió de sus instrumentos científicos. Abandonó proyectos literarios. Firmó documentos de penitencia.
Para muchos historiadores fue una derrota. Para otros, una estrategia de supervivencia. Nadie sabe cuánto hubo de convicción y cuánto de imposición. Lo cierto es que la voz más brillante de América empezó a apagarse . Al menos en público.
En 1695 una epidemia golpeó el convento de San Jerónimo. Las monjas enfermaban una tras otra. Sor Juana decidió cuidar a las afectadas. Atendió a sus compañeras hasta el final. Terminó contagiándose. Murió el 17 de abril de 1695. Tenía apenas 43 años. Su muerte cerró una vida extraordinaria . Pero no respondió las preguntas.
Tres siglos después, la figura de Sor Juana sigue creciendo . Es considerada una de las escritoras más importantes de la lengua española. Una pionera del feminismo. Una defensora temprana del derecho de las mujeres al conocimiento. Y una de las voces más originales de toda la literatura barroca.
Junto con ese reconocimiento reapareció el interés por su vínculo con María Luisa. Cada generación vuelve a leer los poemas. Cada generación encuentra matices nuevos . Algunos ven una amistad excepcional. Otros, una historia de amor imposible. Otros prefieren aceptar que quizá ambas categorías resultan insuficientes. Porque las relaciones humanas rara vez caben en definiciones simples.
Tal vez el verdadero secreto entre Sor Juana y María Luisa nunca pueda resolverse. Quizá las cartas decisivas se perdieron para siempre. Quizá jamás existieron. Quizá el silencio terminó protegiendo algo que no podía decirse.
Lo que sí sobrevivió fueron los versos . Y en ellos todavía resuena una emoción que el tiempo no consiguió borrar. Una monja encerrada en un convento. Una virreina llegada desde España. Dos mujeres extraordinarias en un mundo construido para limitar a las mujeres. Y una pregunta que continúa atravesando los siglos. ¿Qué sintió realmente Sor Juana por Lysi?
La respuesta tal vez permanezca oculta para siempre. Pero hay algo que resulta imposible negar. Nadie escribe con semejante intensidad sobre alguien que le resulta indiferente .
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Fuente:
TN
GENERAL JUAN MADARIAGA El Tiempo
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